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En Adviento: "Dominus Jesus"


Leí en estos días con gran interés y con creciente asombro la entrevista que le hicieron a Leonardo Boff, brasileño, uno de los más destacados teólogos de la liberación, sobre el documento intitulado "Dominus Jesus" acerca del ecumenismo. Este documento fue preparado por el Cardinal Ratzinger, Prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, el antiguo temible y temido Santo Oficio, documento que fue ratificado por Su Santidad Juan Pablo II y publicado a inicios del mes de agosto.
El asombro me lo produjo la reacción apasionadamente negativa de Boff. En efecto, habla de que el documento es fruto del "sistema romano, férreo, implacable, cruel y sin piedad", que hace vislumbrar un "futuro aterrador" con respecto al diálogo ecuménico. Afirma que es "expresión suprema del totalitarismo" del Vaticano, que convierte cualquier iniciativa vaticana en el área del ecumenismo en "una farsa" que prepara "una trampa". Y termina por presentar al "`tímido´ cardenal José Ratzinger ... como exterminador del futuro del ecumenismo y (quien) enaltece el capitalismo jerárquico romano".
Después de una crítica tan incondicional en el fondo y tan mordaz en la forma, uno se imagina que el texto de Ratzinger debe ser una monstruosidad teológica y lo comienza a leer pensando encontrarse en cada línea con alguna expresión teratológica. ¿Pero qué es lo que encuentra?
Como su título lo indica el documento parte de la convicción de que Jesús es el Señor de la creación, de la historia, de cada persona y de todos los pueblos, porque l es el Hijo de Dios hecho hombre. De semejante convicción, que es la quintaesencia del cristianismo, resulta la misión evangelizadora de la Iglesia, de la que forma parte el diálogo interreligioso. Este anuncio perenne de la Iglesia se encuentra afectado, de acuerdo con el Cardenal, por una mentalidad relativista contemporánea, que deniega el carácter singular y eminente de la fe cristiana en Jesucristo.
El contraste entre "la fe teologal" cristiana y las otras "creencias religiosas" es manifiesto para Ratzinger. La revelación de Jesucristo tiene un carácter definitivo y completo, no un carácter limitado, incompleto e imperfecto, aunque el Espíritu de la verdad nos llevará a la plenitud de toda la revelación. Ello quiere decir que ha de darse una explicitación de la revelación a través de la historia de la Iglesia y la experiencia de los creyentes. Para el Cardenal los textos que nos transmiten la revelación cristiana son en sentido estricto "inspirados", mientras que los textos de otras religiones sin ser inspirados en igual sentido "reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están en ellos presentes". Jesucristo como Verbo de Dios hecho carne nos ofrece a través del Espíritu el medio universal y único de salvación. Sin embargo, esta acción salvífica "se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad."
Con respecto a la Iglesia, el texto de Ratzinguer afirma a la vez dos principios: por una parte, la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, en continuidad histórica con los Apóstoles; sin embargo, por otro lado, fuera de la estructura visible de esta última pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad, ya sea en las Iglesias (unidas a la Iglesia católica por la sucesión apostólica y la eucaristía validamente consagrada) y en las comunidades eclesiales (que no mantienen ni la sucesión apostólica ni la eucaristía válidamente consagrada, pero tienen el mismo bautismo). La Iglesia "a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos. De este modo, según el Cardenal, hemos de afirman conjuntamente que existe "la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y que la Iglesia es necesaria en orden a esta misma salvación". ¿nicamente la Iglesia y en menor grado las Iglesias cuentan con "sacramentos" en sentido estricto, en los cuales Dios actúa a partir de lo actuado ("ex opere operato"), pero las demás tradiciones religiosas contienen "elementos de religiosidad que proceden de Dios...(y) que pueden asumir un papel de preparación evangélica".
Para Ratzinger "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" De allí que una parte importante de la misión evangelizadora de la Iglesia sea el diálogo interreligioso. Ahora bien, todo diálogo presupone la paridad entre las partes, pero esta paridad se refiere a la igualdad de la dignidad de las personas que dialogan, no a los contenidos doctrinales. En efecto, para el cristiano la persona de Jesucristo -el mismo Dios hecho hombre- es incomparable a los fundadores de otras religiones y esta convicción constituye el núcleo distintivo e irrenunciable del cristianismo.
Debo decir con toda franqueza que encuentro en la doctrina que expone el Cardinal Ratzinger lo medular de la fe que siempre he profesado. Profesar la fe cristiana es hacer personal la afirmación de San Juan :"Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo como Salvador del mundo. Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios" (1 Juan 4, 14-15). Y como consecuencia la fe es proclamar en la vida la afirmación de San Pedro: "Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hechos, 4, 12). Tal profesión de fe, en vez de enorgullecer al creyente, le debe inspirar una radical humildad, porque la fe para él es don y responsabilidad, no mérito y privilegio.
Todo lo que la doctrina católica enseña acerca de la Iglesia, del carácter teologal de su fe, de la inspiración de sus libros sagrados, de su acción sacramental, de su necesidad como medio de salvación y de la calidad excepcional de su doctrina incluso en el díálogo interreligioso, viene del vínculo indisoluble que Jesús estableció entre la Iglesia y sí mismo. A pesar de las incomprensiones, debilidades, ambiciones, conflictos y hasta traiciones - que ya se dieron desde la primera comunidad de la Iglesia entre los apóstoles y discípulos, estando Jesús aún vivo- la Iglesia de Cristo subsiste en le Iglesia católica.
Pero no cabe la menor duda que siguiendo la sana doctrina, Ratzinger ha reconocido de múltiples maneras lo que el Concilio Vaticano II proclamó: "La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas (otras) religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (Nostra aetate, 2). De allí el reconocimiento clave de acuerdo con el cual "esta acción salvífica de Jesucristo se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad" De allí también que Ratzinger invite a la teología "a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación". En resumen, si la mediación de Cristo es única y necesaria, no es menos verdad que es una "mediación participada", por muchos y de diversas maneras.
Por ello cuando Boff afirma que para Ratizinger "Cristo es el único camino y la Iglesia es el peaje exclusivo" endurece y tergiversa la posición del Cardenal. Cuando dice que "la historia queda petrificada hasta el juicio final (y) no va ha haber absolutamente ninguna novedad en términos de revelación, tiene razón si por ello entiende algo nuevo que invalide el papel absolutamente central e indispensable de Jesucristo. Pero no la tiene si considera que el Epíritu ha de llevar a la Iglesia y a los creyentes a la plenitud de la revelación y en ello indudablemente ha habido y hay novedad. Pienso que la verdadera sinceridad en el diálogo interreligioso no consiste en sugerir una horizontalidad igualitaria de contenidos de fe, que ningún verdadero creyente vive realmente en su mente y en su corazón, sino en exigir la igualdad en la dignidad de las personas, en el respeto a la diferencia axiológica de los contenidos de fe, que evidentemente no es la misma para los diferentes creyentes. Ni tan siquiera estoy seguro que esta igualdad de contenido se da subjetivamente para las partes en un diálogo racional de índole filosófica.
Boff llega a excesos lamentables, como cuando compara el discurso de lo que él llama el romanismo con el "de todos los totalitarismos contemporáneos, del fascismo nazi, del estalinismo, del sectarismo religioso, de los regímenes latinoamericanos de seguridad nacional, del fundamentalismo del mercado y del pensamiento único neoliberal". Pienso que Boff incurre en la intransigencia de quien se encierra en un sistema de pensamiento para el cual el otro ( en su caso Ratzinger y el Vaticano) es sólo el enemigo que rechaza y nunca el amigo de quien aprende.
Tiene, sin embargo, una crítica válida al texto del Cardinal Ratzinger, cuando le reprocha que "no anuncia la centralidad del amor ni predica la importancia decisiva de los pobres": Hay referencias al amor en el texto de Ratzinger, pero no hay reflexión sobre la centralidad del amor, ni hay mención a los pobres. Pero cabe recordar que el problema que Ratzinger aborda no es el de la totalidad de la doctrina cristiana, sino el de "determinadas posiciones erróneas o ambiguas" que resultan de ciertas "teorías de tipo relativista", en el orden de la verdad de la fe y que por ello concentra su atención en temas más estrictamente intelectuales. Queda, sin embargo, el reproche válido de que la verdad en el cristianismo está envuelta en la dialéctica del amor, sin por ello perder su transcendencia como verdad, y que en esa misma medida la actitud y la acción con el pobre no son separables ni de la caridad, ni de la fe.
Mucho más nos habría aportado Leonardo Boff si hubiera concentrado su exposición en estos dos temas. Habría podido completar y si necesario corregir cierta unilateralidad de Ratzinger. Tal que nos llegó su entrevista, lamentamos su tono de diatriba y más aún la falta de una afirmación clara, contundente e inequívoca del Señorío de Jesús y de la misión que indiscutiblemente encomendó a su Iglesia.

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