En el día de Colón
En esta fecha, en que la provincia de Colón se viste de gala para celebrar el 102 aniversario de la separación definitiva de Panamá de Colombia, con la presencia del presidente de la República, Martín Torrijos Espino y su Gabinete, no puedo menos de recordar al prócer Porfirio Meléndez y a su querida hija, la señorita Aminta Meléndez, también Prócer de la Independencia de Panamá. Su vida y su obra merecen ser conocidas por todos los panameños, especialmente por la juventud estudiosa, no sólo en lo que respecta a su decisiva participación en el hacer realidad nuestra patria, sino también en lo que ella significó en vida como ciudadana ejemplar y guía moral de la vida colonense. No era extraño que, de cuando en vez, siempre que fuera oportuno, se dirigiera a los presidentes de la República para llamar su atención en la búsqueda de soluciones a los problemas nacionales e indicando derroteros para la rectificación y la justicia.
Como tributo de homenaje a mi provincia natal en tan significativa ocasión, me permito reproducir fragmento de "El Libro de Oro del Colegio Abel Bravo", del cual soy autor, publicado en 1992 con motivo de la celebración del Cincuentenario de dicho plantel educativo. Hablaba entonces históricamente de "La ciudad de Colón" en los términos siguientes: "Erigida sobre la Isla de Manzanillo y comunicada con tierra firme por un relleno, se inauguró oficialmente el 27 de febrero de 1852. Colón surgió como ciudad ferroviaria, como estación de ferrocarril encargado de transbordar del Atlántico al Pacífico, y viceversa, a los aventureros codiciosos del oro californiano, a los buscavidas de todas las latitudes que acudían a las tierras de leyenda de California desde 1848.
Su fundación se hizo por una necesidad de los Estados Unidos de unir, como punto de enlace, a través de Panamá, el este industrial norteamericano con las nuevas tierras del oeste, en un momento en que no podía hacer esta unión cruzando su propio territorio por la hostilidad de las tribus indias y las inmensas zonas inexplorables.
La Compañía del Ferrocarril Transístmico que adquirió los derechos a perpetuidad sobre Manzanillo, mediante el contrato Stephens-Paredes en 1850, tuvo a su cargo la limpieza, acondicionamiento del terreno y demás trabajos necesarios en la isla agreste donde se estableció Colón y que fue bautizada con el nombre de Aspinwall, que era el de uno de los directores de la sociedad ferroviaria a la que debía su existencia. También fue conocida por los ingleses como Navy Bay.
Sólo el tesón de los colombianos, aferrados a la gran ilusión del nombre de Cristóbal Colón, el osado navegante español, primer visitante de la bahía de Limón, de las tierras en que se asienta la ciudad, logró que el nombre de Aspinwall cediera su puesto al de Colón, en recuerdo del inmortal descubridor de América.
Pero esta modificación de nombre no afectó en lo más mínimo a la naturaleza íntima de la ciudad, que continuó siendo, por encima de todo, una estación de paso, un mundo de comunicaciones terrestres y marítimas.
Como lugar de tránsito, hubo influencia de aventureros de todas las naciones -de paso hacia las minas auríferas de California- con el consiguiente auge del bandolerismo, que fue la razón de este pasado turbulento que hoy, en menor escala, se repite a pesar de los esfuerzos de gobiernos y personas bien intencionadas por estimular las virtudes y desalentar los vicios sociales de nuestra época".
¡Con sentimiento muy profundo de colonense raizal, educador por dedicación fundamental, saludo patrióticamente a las autoridades provinciales y municipales de Colón y a todos los buenos colonenses, porque todavía quedan muchos, que son precisamente la gran mayoría!
Alto, rubio, miserable y con cara de pocos amigos, la gente del barrio lo convirtió en el personaje más célebre y más comentado de la vecindad.
Como era el único establecimiento comercial de la Calle le dio a esta el nombre de la Bajada del Ñopo para distinguirla de la Salsipuedes y de la Manuel Jaén.
En esos buenos tiempos de la ingenuidad panameña, a los rubios se les llamaba ñopos y de aquí el nombre.
Cuentan que don José López sólo se bañaba y cambiaba de ropa dos veces al año: una para el primero de enero y la otra para el primero de julio.
Estas dos fechas provocaban conmoción en la calle y en esos días la tienda del español vendía más y más.
Tal vez la historia no se fije en algunas pequeñeces que forman parte del diario acontecer de un pueblo, el interesante conocer que el pueblo santanero, "el barrio del Tiburcio", como se le dio en llamar a los tiempos prerepublicanos, por estar habitado de la gente humilde, de plebeyos, contó con una calle llamada "de las Carretillas".
Esta calle la encontramos en la actual calle "F", una pequeña callejuela entre las calles 14 Oeste (antigua Calle de las Chancletas o Carrera de Veraguas) y la Calle 16 oeste. Y se le llamó "de las Carretillas" porque en un solar ubicado entre las Calles 14 y 15 se guardaron más de 30 carretillas de madera, primitivo vehículo de madera, rodante que fue muy popular hasta hace poco.
Como tributo de homenaje a mi provincia natal en tan significativa ocasión, me permito reproducir fragmento de "El Libro de Oro del Colegio Abel Bravo", del cual soy autor, publicado en 1992 con motivo de la celebración del Cincuentenario de dicho plantel educativo. Hablaba entonces históricamente de "La ciudad de Colón" en los términos siguientes: "Erigida sobre la Isla de Manzanillo y comunicada con tierra firme por un relleno, se inauguró oficialmente el 27 de febrero de 1852. Colón surgió como ciudad ferroviaria, como estación de ferrocarril encargado de transbordar del Atlántico al Pacífico, y viceversa, a los aventureros codiciosos del oro californiano, a los buscavidas de todas las latitudes que acudían a las tierras de leyenda de California desde 1848.
Su fundación se hizo por una necesidad de los Estados Unidos de unir, como punto de enlace, a través de Panamá, el este industrial norteamericano con las nuevas tierras del oeste, en un momento en que no podía hacer esta unión cruzando su propio territorio por la hostilidad de las tribus indias y las inmensas zonas inexplorables.
La Compañía del Ferrocarril Transístmico que adquirió los derechos a perpetuidad sobre Manzanillo, mediante el contrato Stephens-Paredes en 1850, tuvo a su cargo la limpieza, acondicionamiento del terreno y demás trabajos necesarios en la isla agreste donde se estableció Colón y que fue bautizada con el nombre de Aspinwall, que era el de uno de los directores de la sociedad ferroviaria a la que debía su existencia. También fue conocida por los ingleses como Navy Bay.
Sólo el tesón de los colombianos, aferrados a la gran ilusión del nombre de Cristóbal Colón, el osado navegante español, primer visitante de la bahía de Limón, de las tierras en que se asienta la ciudad, logró que el nombre de Aspinwall cediera su puesto al de Colón, en recuerdo del inmortal descubridor de América.
Pero esta modificación de nombre no afectó en lo más mínimo a la naturaleza íntima de la ciudad, que continuó siendo, por encima de todo, una estación de paso, un mundo de comunicaciones terrestres y marítimas.
Como lugar de tránsito, hubo influencia de aventureros de todas las naciones -de paso hacia las minas auríferas de California- con el consiguiente auge del bandolerismo, que fue la razón de este pasado turbulento que hoy, en menor escala, se repite a pesar de los esfuerzos de gobiernos y personas bien intencionadas por estimular las virtudes y desalentar los vicios sociales de nuestra época".
¡Con sentimiento muy profundo de colonense raizal, educador por dedicación fundamental, saludo patrióticamente a las autoridades provinciales y municipales de Colón y a todos los buenos colonenses, porque todavía quedan muchos, que son precisamente la gran mayoría!
Alto, rubio, miserable y con cara de pocos amigos, la gente del barrio lo convirtió en el personaje más célebre y más comentado de la vecindad.
Como era el único establecimiento comercial de la Calle le dio a esta el nombre de la Bajada del Ñopo para distinguirla de la Salsipuedes y de la Manuel Jaén.
En esos buenos tiempos de la ingenuidad panameña, a los rubios se les llamaba ñopos y de aquí el nombre.
Cuentan que don José López sólo se bañaba y cambiaba de ropa dos veces al año: una para el primero de enero y la otra para el primero de julio.
Estas dos fechas provocaban conmoción en la calle y en esos días la tienda del español vendía más y más.
Tal vez la historia no se fije en algunas pequeñeces que forman parte del diario acontecer de un pueblo, el interesante conocer que el pueblo santanero, "el barrio del Tiburcio", como se le dio en llamar a los tiempos prerepublicanos, por estar habitado de la gente humilde, de plebeyos, contó con una calle llamada "de las Carretillas".
Esta calle la encontramos en la actual calle "F", una pequeña callejuela entre las calles 14 Oeste (antigua Calle de las Chancletas o Carrera de Veraguas) y la Calle 16 oeste. Y se le llamó "de las Carretillas" porque en un solar ubicado entre las Calles 14 y 15 se guardaron más de 30 carretillas de madera, primitivo vehículo de madera, rodante que fue muy popular hasta hace poco.