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Es la corrupción, señores


En realidad, no lo había dicho Clinton, sino que era la frase que esgrimía uno de sus jefes de campaña, James Carville. Pero tuvo un gran efecto, porque apuntaba en la dirección correcta. George Bush padre pagó, entonces, el precio de aquella recesión y Clinton aprovechó a plenitud su slogan. Era la economía el factor principal.
Pues bien, el caso panameño actual es parecido, pero exactamente a la inversa. Podemos usar la misma frase al revés, aunque eludiendo el insulto gratuito y dándole una forma más diplomática: "Es la corrupción, señores". Allí está la raíz de la incertidumbre que vuelve a ganar terreno y amenaza con frustrar las expectativas optimistas que teníamos todos los panameños al final del milenio pasado con motivo de la reversión del Canal de Panamá y de las expectativas de un "cambio" de una nueva administración.
Hasta allí, muy bien. Pero lo que el país ha vivido en estos últimos 18 meses, con la sarta de denuncias de actos de corrupción que involucra a funcionarios públicos y allegados a las altas esferas del gobierno, merecen comentarios sin titubeos. Para empresarios, banqueros, analistas, inversores, en fin, para los ciudadanos que viven la realidad, no cabe duda de que se aplica a la perfección la expresión: "Es la corrupción, señores".
Pero conviene agregar algo más. No se trata de suponer automáticamente que todo el gobierno está infestado de corrupción. Por el contrario, hay en él muchos buenos funcionarios, celosos del honesto desempeño de sus tareas. Pero también hay muchos que no, cuyas malsanas prácticas deben investigarse y erradicarse hasta enviarlos a la cárcel.
Las malas decisiones repercuten con enorme impacto en la economía y en la confianza de ciudadanos e inversores. Para no detenernos en ningún caso en particular, vale la pena citar dos ejemplos de los últimos días. Uno de ellos es el contrabando de carne importada desde Uruguay. El resultado final es malo para todos: para el país, para los productores y para los propios funcionarios del área. Y al final, todos sabemos que a ningún puerto se arrima un contenedor si no tiene el visto bueno de un "padrino" o una generosa "coima".
El otro caso, el fraude cometido por jueces, dueños de mueblerías y financieras, que habrían logrado embargos y descuentos por la suma de 82 millones de dólares, a empleados públicos, y lesiones al Estado por un monto de 2.5 millones de dólares. Ya la magistrada presidente de la Corte Suprema reconoció que la corrupción no es ajena al Organo Judicial.
Es muy cierto que en todas las facetas de la vida nacional intervienen los políticos y corruptos, pero sólo habrá progreso, confianza y crecimiento cuando se combata la corrupción. Por eso decimos, "Es la corrupción, señora" la que nos impide salir del atolladero en que nos encontramos. Haga algo urgente, ¡por favor!


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