Es preferible no tener tratado que un mal tratado
Pocos han abogado por tantos años y con más insistencia que yo por el libre comercio. ¿Por qué me opongo, entonces, al TLC Centroamericano? Simplemente porque no es un paso hacia el libre comercio como ingenuamente creen sus promotores y como nos quieren hacer creer. Es un paso al comercio manipulado por intereses de unos pocos privilegiados, cuya estrategia es dejar establecida la protección de sus mercados por medio de un tratado, para que así sea sumamente difícil quitarles después esos privilegios.
Los privilegios están establecidos en lo que le llaman Listas de Exclusiones. Allí aparecen los productos que no estarán sujetos a libre competencia del exterior, para que productores nacionales puedan cobrar más caro que el precio mundial. El argumento usual es que hay que proteger los empleos de las industrias nacionales. Pero esto, como veremos abajo, es una posición equivocada. En cambio, decretar la eliminación gradual de las excepciones, en forma predeterminada en el mismo tratado, sí sería un paso conducente al eventual libre comercio.
Los mercados de los países protegidos por sus aduanas son pequeños en parte debido a que el poder adquisitivo de los consumidores nacionales se ve mermado por la obligada compra, a precios altos, de los productos protegidos. Si se hace el cálculo, la suma supera muchos cientos de millones de dólares al año. El cálculo es fácil: multiplique la diferencia entre el precio mundial y el precio protegido por el volumen de ventas del producto. Son cifras impresionantes. Pero más sorprende aún es el silencio de esa mayoría de productores que no están protegidos, pero que por apoyar a los que sí lo están, empequeñecen sus propios mercados y el desarrollo de sus industrias.
222 Todo el mundo reconoce que tener aduanas es empobrecedor. Eliminarlas es el objeto mismo de la Organización Mundial de Comercio.
Nos informa el economista Rigoberto Stewart de Costa Rica que solamente la protección de los arroceros de su país cuesta más de 70 millones de dólares al año. Con esa suma podrían pagar con creces la utilidad de los productores protegidos y emplear esas tierras mal utilizadas para producir riqueza, en lugar de pobreza. Cuántas otras cosas se podrían producir para satisfacer la demanda destruida por la protección arancelaria en nuestros países.
Es evidente que la gente no comprende que la principal víctima de nuestras aduanas es nuestra propia gente. Para comenzar, es difícil tener industrias que puedan competir con las de Estados Unidos. Los productores norteamericanos trabajan con inventarios mínimos, rápida entrega de insumos y repuestos, no tienen que incurrir gastos de tramitación, ni impuestos, ni mordidas aduaneras. Nuestras mismas aduanas nos impiden ser competitivos y causan "costos muertos", invisibles, por la desviación antieconómica de recursos y costos de oportunidad.
Pocos se dan cuenta tampoco del daño que las aduanas causan a nuestros exportadores y que los impuestos de exportación equivalen a una depreciación de nuestra moneda. Es cierto que las aduanas de otros países nos causan daños también, pero no por eso debemos hacernos más daño nosotros mismos.
Todo el mundo reconoce que tener aduanas es empobrecedor. Eliminarlas es el objeto mismo de la Organización Mundial de Comercio. Tener aduanas y comercio regulado por tratados nos empobrece.
*Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
(c)www.aipenet.com
Los privilegios están establecidos en lo que le llaman Listas de Exclusiones. Allí aparecen los productos que no estarán sujetos a libre competencia del exterior, para que productores nacionales puedan cobrar más caro que el precio mundial. El argumento usual es que hay que proteger los empleos de las industrias nacionales. Pero esto, como veremos abajo, es una posición equivocada. En cambio, decretar la eliminación gradual de las excepciones, en forma predeterminada en el mismo tratado, sí sería un paso conducente al eventual libre comercio.
Los mercados de los países protegidos por sus aduanas son pequeños en parte debido a que el poder adquisitivo de los consumidores nacionales se ve mermado por la obligada compra, a precios altos, de los productos protegidos. Si se hace el cálculo, la suma supera muchos cientos de millones de dólares al año. El cálculo es fácil: multiplique la diferencia entre el precio mundial y el precio protegido por el volumen de ventas del producto. Son cifras impresionantes. Pero más sorprende aún es el silencio de esa mayoría de productores que no están protegidos, pero que por apoyar a los que sí lo están, empequeñecen sus propios mercados y el desarrollo de sus industrias.
222 Todo el mundo reconoce que tener aduanas es empobrecedor. Eliminarlas es el objeto mismo de la Organización Mundial de Comercio.
Nos informa el economista Rigoberto Stewart de Costa Rica que solamente la protección de los arroceros de su país cuesta más de 70 millones de dólares al año. Con esa suma podrían pagar con creces la utilidad de los productores protegidos y emplear esas tierras mal utilizadas para producir riqueza, en lugar de pobreza. Cuántas otras cosas se podrían producir para satisfacer la demanda destruida por la protección arancelaria en nuestros países.
Es evidente que la gente no comprende que la principal víctima de nuestras aduanas es nuestra propia gente. Para comenzar, es difícil tener industrias que puedan competir con las de Estados Unidos. Los productores norteamericanos trabajan con inventarios mínimos, rápida entrega de insumos y repuestos, no tienen que incurrir gastos de tramitación, ni impuestos, ni mordidas aduaneras. Nuestras mismas aduanas nos impiden ser competitivos y causan "costos muertos", invisibles, por la desviación antieconómica de recursos y costos de oportunidad.
Pocos se dan cuenta tampoco del daño que las aduanas causan a nuestros exportadores y que los impuestos de exportación equivalen a una depreciación de nuestra moneda. Es cierto que las aduanas de otros países nos causan daños también, pero no por eso debemos hacernos más daño nosotros mismos.
Todo el mundo reconoce que tener aduanas es empobrecedor. Eliminarlas es el objeto mismo de la Organización Mundial de Comercio. Tener aduanas y comercio regulado por tratados nos empobrece.
*Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
(c)www.aipenet.com