Evita Perón, 50 años después
Muchos políticos se han paseado por la pasarela equívoca de la fama en Argentina. Algunos brillaron con el breve fulgor de los fuegos artificiales. Otros, el pueblo no quiere ni recordarlos. Ninguno de estos mitos argentinos desafía la prueba del tiempo como Eva Duarte de Perón. Cincuenta años después de su muerte, todavía perdura en la memoria colectiva en medio de polémicas y debates que no cesan.
En medio de la peor crisis argentina del siglo, los humildes que recibieron la atención de sus programas sociales y que hoy padecen hambre y desocupación, la añoran como si estuviera viva y reclaman el regreso de las doradas épocas de bifes baratos y aumentos de salario dictados en la plaza pública al calor de las concentraciones populares. El culto por Evita no tiene ribetes políticos. Está más allá de las ideologías, porque el peronismo actual ha fracasado en la conducción de un país otrora rico en cuyas pampas engordaban las reses y el trigo florecía casi sin esfuerzo.
La nostalgia por Evita tiene raíces místicas que se alimentan a medida que se agudiza la crisis y la gente se refugia en el recuerdo de los viejos tiempos. A mayor escasez material, mayor necesidad de alimento espiritual. La burguesía argentina la despreciaba porque no toleraba que una ex actriz mundana, concubina de un coronel con arrestos populistas fuera la primera dama de la nación. Pero los que hoy peinan canas la evocan como la mujer que les dio educación gratuita y les llenó la cabeza con sueños hoy diluidos por la dura realidad de un pueblo que tuvo un paso efímero por la modernización globalizadora.
Por irónica coincidencia fue un político peronista, Carlos Saúl Menem, quien dolarizó la economía para que otro político peronista, Ernesto Duhalde, no les permitiera sacar de los bancos los dólares que habían ahorrado con tanto esfuerzo.
Figura protagónica de una comedia musical representada en el mundo entero, personaje de novelas, fuente de discordias interminables, Evita aviva una idolatría que no cesa. Se transmiten sus discursos. Sus retratos se pegan en las paredes de los barrios populares. Se cuentan y repiten pasajes de su vida, con visos de leyenda. Eva Perón lloró por Argentina cuando supo que su mal era incurable. Pero los argentinos de hoy saben que los dirigentes argentinos no merecen sus lágrimas.
Mi apoyo a "la reelección" obviamente no fue al neoliberalismo, sino a la reelección como institución, que pensaba y aún pienso es una institución beneficiosa, tal cual como dejé debidamente estatuido en los escritos de aquella época.
(egrimal@cableonda.net)
En medio de la peor crisis argentina del siglo, los humildes que recibieron la atención de sus programas sociales y que hoy padecen hambre y desocupación, la añoran como si estuviera viva y reclaman el regreso de las doradas épocas de bifes baratos y aumentos de salario dictados en la plaza pública al calor de las concentraciones populares. El culto por Evita no tiene ribetes políticos. Está más allá de las ideologías, porque el peronismo actual ha fracasado en la conducción de un país otrora rico en cuyas pampas engordaban las reses y el trigo florecía casi sin esfuerzo.
La nostalgia por Evita tiene raíces místicas que se alimentan a medida que se agudiza la crisis y la gente se refugia en el recuerdo de los viejos tiempos. A mayor escasez material, mayor necesidad de alimento espiritual. La burguesía argentina la despreciaba porque no toleraba que una ex actriz mundana, concubina de un coronel con arrestos populistas fuera la primera dama de la nación. Pero los que hoy peinan canas la evocan como la mujer que les dio educación gratuita y les llenó la cabeza con sueños hoy diluidos por la dura realidad de un pueblo que tuvo un paso efímero por la modernización globalizadora.
Por irónica coincidencia fue un político peronista, Carlos Saúl Menem, quien dolarizó la economía para que otro político peronista, Ernesto Duhalde, no les permitiera sacar de los bancos los dólares que habían ahorrado con tanto esfuerzo.
Figura protagónica de una comedia musical representada en el mundo entero, personaje de novelas, fuente de discordias interminables, Evita aviva una idolatría que no cesa. Se transmiten sus discursos. Sus retratos se pegan en las paredes de los barrios populares. Se cuentan y repiten pasajes de su vida, con visos de leyenda. Eva Perón lloró por Argentina cuando supo que su mal era incurable. Pero los argentinos de hoy saben que los dirigentes argentinos no merecen sus lágrimas.
Mi apoyo a "la reelección" obviamente no fue al neoliberalismo, sino a la reelección como institución, que pensaba y aún pienso es una institución beneficiosa, tal cual como dejé debidamente estatuido en los escritos de aquella época.
(egrimal@cableonda.net)