Fidel, un precio demasiado alto
Haber encarcelado a setenta disidentes y fusilado a tres piratas marinos frustrados, según Fidel Castro, fue el precio a pagar para evitar una confrontación militar con Estados Unidos causada por una crisis migratoria acicateada por la CIA. Las drásticas medidas acabaron de un tajo con una creciente ola de secuestro de aeronaves y embarcaciones que ponía frente a frente, al borde de la confrontación, a soldados de uno y otro extremo del estrecho de Cayo Hueso, pero desde entonces vienen deteriorando la imagen internacional del gobierno al punto de la degradación.
Si fue o no una jugada de la CIA, no es relevante, sino el alto precio que paga el régimen, que se incrementa como con intereses de usura, y lo pone al borde del abismo. Es muy probable que por evitar una colisión militar con su archienemigo y vecino, Castro haya arriesgado una confrontación diplomática con Occidente, que terminará con él en el suelo.
En efecto, vinieron las críticas de intelectuales y líderes de todo el mundo por causa del incremento de la represión y la reanudación de los fusilamientos. Castro dice que odia la pena capital, pero durante su régimen ha fusilado a centenares.
Aun así, cuando parecía que capeaba el temporal, se le vino encima la condena de la Unión Europea, iniciada por Italia y España, primeros en lanzar piedras. Su reacción, calificándolos de siervos del imperialismo, fue demasiado. La condena diplomática ha sido contundente, pero esta vez, acompañada con medidas concretas y con el primer esfuerzo de coordinación con Estados Unidos contra el gobierno cubano.
¿A dónde conducirá todo esto? No lo sabemos. Es posible que Castro haga, como tantas veces, “pecho a tierra”, para dejar que el tiempo conjure el peligro. Sólo que esta vez el mundo ha cambiado y regímenes como el suyo no encajan en lugar alguno dentro del esquema de una aldea global donde dictaduras como las de Sadam y gobiernos fundamentalistas como los de Irán son intolerables hasta para sus propios pueblos.
Si los europeos se unen a los norteamericanos en la aplicación de medidas de aislamiento comercial y diplomático con miras a forzar la salida de Castro y la democratización de la isla, el fin estará cercano. No hace falta mucho esfuerzo imaginarlos planificar y negociar - como en Irak - las condiciones de la reconstrucción y, sobre todo, el difícil tema de los derechos de los exiliados versus los derechos adquiridos por los residentes en el país.
Y en ese proceso, que se nos antoja inevitable, no nos queda sino hacer votos para que el proceso de la democratización tenga lugar por vía negociada y pacífica respetando los derechos y la dignidad del pueblo cubano.
Si fue o no una jugada de la CIA, no es relevante, sino el alto precio que paga el régimen, que se incrementa como con intereses de usura, y lo pone al borde del abismo. Es muy probable que por evitar una colisión militar con su archienemigo y vecino, Castro haya arriesgado una confrontación diplomática con Occidente, que terminará con él en el suelo.
En efecto, vinieron las críticas de intelectuales y líderes de todo el mundo por causa del incremento de la represión y la reanudación de los fusilamientos. Castro dice que odia la pena capital, pero durante su régimen ha fusilado a centenares.
Aun así, cuando parecía que capeaba el temporal, se le vino encima la condena de la Unión Europea, iniciada por Italia y España, primeros en lanzar piedras. Su reacción, calificándolos de siervos del imperialismo, fue demasiado. La condena diplomática ha sido contundente, pero esta vez, acompañada con medidas concretas y con el primer esfuerzo de coordinación con Estados Unidos contra el gobierno cubano.
¿A dónde conducirá todo esto? No lo sabemos. Es posible que Castro haga, como tantas veces, “pecho a tierra”, para dejar que el tiempo conjure el peligro. Sólo que esta vez el mundo ha cambiado y regímenes como el suyo no encajan en lugar alguno dentro del esquema de una aldea global donde dictaduras como las de Sadam y gobiernos fundamentalistas como los de Irán son intolerables hasta para sus propios pueblos.
Si los europeos se unen a los norteamericanos en la aplicación de medidas de aislamiento comercial y diplomático con miras a forzar la salida de Castro y la democratización de la isla, el fin estará cercano. No hace falta mucho esfuerzo imaginarlos planificar y negociar - como en Irak - las condiciones de la reconstrucción y, sobre todo, el difícil tema de los derechos de los exiliados versus los derechos adquiridos por los residentes en el país.
Y en ese proceso, que se nos antoja inevitable, no nos queda sino hacer votos para que el proceso de la democratización tenga lugar por vía negociada y pacífica respetando los derechos y la dignidad del pueblo cubano.