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Fortalezas y debilidades


Hacer inventario, así sea breve, de las fortalezas y debilidades de los candidatos presidenciales podría ayudarnos a anticipar sus posibilidades de éxito y la tarea de decidir por quién votar. Empecemos por Martín Torrijos, de la opositora alianza entre el Partido Revolucionario Democrático (PRD) y el Partido del Pueblo (PP). Su fortaleza radica en la juventud, con toque de ingenuidad, que contrasta con la curtida piel de sus adversarios. Eso le hace ganar preferencias en el voto joven que si bien no es mayoritario, es decisivo.
Las debilidades de Torrijos devienen irónicamente de sus fortalezas. La juventud proyecta inexperiencia y fragilidad frente a desafíos enormes que encontrará en los apetitos originados en el seno de su propio partido y en los que enfrentará la Nación, empezando con la modernización del Canal y siguiendo con el Seguro Social.
Guillermo Endara, del partido Solidaridad, tiene en la experiencia previa de un buen y honesto gobierno, su principal credencial; mientras sus debilidades derivan, igual que Torrijos, de su misma fortaleza, que no garantiza los cambios renovados que requiere el país de cara a un nuevo siglo.
José Miguel Alemán, del oficialista partido Arnulfista, tiene en la juventud su fortaleza, ventaja que comparte con Torrijos, con la diferencia que obra como su debilidad, el tener que cargar a cuestas el desgaste de cuatro años y medio de gobierno, en el que es natural hallar más insatisfacciones que logros, a más de que ello no contribuye al cambio para una mayoría de votantes que enfrenta cada ejercicio electoral con actitud de "año nuevo, vida nueva".
Por último, Ricardo Martinelli, verdadera tercera fuerza en una carrera de cuatro, tiene en su exitosa carrera empresarial su fortaleza, la que ha procurado proyectar hacia un eventual mandato presidencial repleto de cambios y novedosas iniciativas. Pero adolece de credibilidad y, más que eso, su mayor debilidad es la percepción de que no ganará, lo cual aleja a muchos votantes que van a las urnas con mentalidad de apostador. El lo sabe y por eso ha puesto todo su talento y experiencia en una campaña que ha sido reconocida como la mejor.
Sumando y restando, ¿quién queda mejor o menos mal parado? Otra vez, Torrijos y Martinelli, en ese orden. Pero es cuestión de gusto y apreciación.
No bastará con rechazar el terrorismo de manera meramente teórica. Es imprescindible trabajar por una cultura de paz, de respeto al fuero ajeno, de tolerancia hacia otras posiciones, otros credos, otras tablas valorativas. Y muy especialmente, colocar sobre toda la escala de nuestros valores y prioridades, la vida sagrada del hombre, centro de toda la creación y de los reinos naturales.
Hace falta igualmente la determinación valiente e inclaudicable de todos los gobiernos del mundo civilizado para extirpar la amenazante lacra del terrorismo y perseguirlo sin tregua.
Además, la cooperación internacional, el acuerdo entre los Estados para crear un cuerpo de leyes que traspase fronteras y pueda ser aplicado sin contemplaciones allí donde el terror asoma su rostro siniestro y sangriento.
El terrorismo ha de ser mirado como un delito que jamás prescriba, un genocidio traidor, una maldad perpetrada con saña enfermiza.
Es imposible vivir bajo el signo cruel del terror. En el fondo, el terrorismo lleva las semillas de su propia aniquilación. Su debilidad consiste en que su carta de presentación manchada de sangre es su negación ya que defiende lo indefendible y por qué medios...
El desprecio olímpico a la existencia que distingue al terrorista se coloca exactamente al otro extremo, el de la barbarie, y desdice de las admirables conquistas de la ciencia, de la técnica, de la cultural.
Cualquier forma de terrorismo es un retroceso gigantesco en el anhelo de solidaridad nacional e internacional, una mueca que escarnece el avance dos veces milenario de la civilización occidental. La sangre vertida no quedará impune. ¡El terrorismo no pasará, nunca vencerá.

101 años de Panamá América

 
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