Guerra sin victoria
El problema es que no existe un país, un territorio o un grupo étnico contra el cual se puedan dirigir los misiles o los soldados. Afganistán, Irán, Siria, Libia y Sudán están entre los países que históricamente han protegido a terroristas y permitido sus actividades. Ellos, sin embargo, cuentan con más de 180 millones de habitantes que no se consideran en guerra con los Estados Unidos, pero que sin duda reaccionarán adversa y violentamente a cualquier acto militar en su territorio, aunque sea bajo un paraguas multilateral.
El principal sospechoso de los atentados, Osama bin Laden, actualmente en Afganistán, no es presidente ni dictador de país o territorio alguno. Se trata de un millonario saudita que interpreta antojadizamente el Corán para fomentar una "guerra santa" contra los Estados Unidos, al cual considera un opresor e invasor de la Tierra Santa Arabe.
Ni el cambio del gobierno Talibán en Afganistán ni la detención de bin Laden garantiza que no habrá otros actos terroristas y que reinará la tranquilidad en el mundo. El grupo que lidera bin Laden, conocido como Al Qaeda, podría contar con miles de miembros alrededor del mundo, quienes promoverían más horror y destrucción indiscriminada. Amén de los otros grupos terroristas que se sumarían al conflicto por el sólo hecho de aprovechar la publicidad.
Hablar de guerra, en el sentido figurado de la palabra, se justifica dada la magnitud de los daños causados, física y sicológicamente. Es una respuesta razonable a la furia que reina debido a los ataques. Sin embargo, librar una guerra contra un enemigo sin cara, ubicación territorial ni respeto a los principios civilizados más elementales generaría más violencia y desesperación. A la postre, ninguna de las partes resultará victoriosa y las acciones tomadas en esa guerra dejarán heridas mayores y más profundas que podrían ser imposibles de superar por generaciones.
El principal sospechoso de los atentados, Osama bin Laden, actualmente en Afganistán, no es presidente ni dictador de país o territorio alguno. Se trata de un millonario saudita que interpreta antojadizamente el Corán para fomentar una "guerra santa" contra los Estados Unidos, al cual considera un opresor e invasor de la Tierra Santa Arabe.
Ni el cambio del gobierno Talibán en Afganistán ni la detención de bin Laden garantiza que no habrá otros actos terroristas y que reinará la tranquilidad en el mundo. El grupo que lidera bin Laden, conocido como Al Qaeda, podría contar con miles de miembros alrededor del mundo, quienes promoverían más horror y destrucción indiscriminada. Amén de los otros grupos terroristas que se sumarían al conflicto por el sólo hecho de aprovechar la publicidad.
Hablar de guerra, en el sentido figurado de la palabra, se justifica dada la magnitud de los daños causados, física y sicológicamente. Es una respuesta razonable a la furia que reina debido a los ataques. Sin embargo, librar una guerra contra un enemigo sin cara, ubicación territorial ni respeto a los principios civilizados más elementales generaría más violencia y desesperación. A la postre, ninguna de las partes resultará victoriosa y las acciones tomadas en esa guerra dejarán heridas mayores y más profundas que podrían ser imposibles de superar por generaciones.