default

Hablando de democracia en Cuba: 1. Iberoamérica antes dos modelos de democracia


Desde 1995 he visitado Cuba con mi esposa Teresita varias veces, tanto por razones familiares, como por el mero gusto de visitar "la tierra más fermosa que ojos humanos vieron" según habría dicho Colón. En el curso de esos años, los organismos de los Obispos Católicos de Cuba me solicitaron de dictase algunas conferencias al público que responde a sus invitaciones. Una fue sobre la ética cristiana de cara a la globalización, otra fue sobre la proyección social de la fe cristiana y la última, el 24 de enero recién pasado en Pinar del Río, sobre "Democracia: formación cívica y participación ciudadana". Por razones evidentes, ésta representó para mí el reto más grande, decidido que estoy a hablar de Cuba con honradez, diciendo lo que pienso, y a la vez con respeto por las personas y sobre todo por la identidad del pueblo cubano. A continuación, comparto las principales ideas de mi conferencia:
El tema planteado sobre la formación cívica y la participación ciudadana en democracia suscita inmediatamente una pregunta subyacente: ¿Qué entendemos por democracia? La respuesta a esta pregunta es la clave del tema. En efecto, si consideramos la democracia según el modelo llamado "popular", que prevaleció especialmente en los países de Europa del Este y actualmente ha quedado restringido a unos pocos países, la formación cívica se concibe sobre la base de una sola ideología política, tendiendo entonces a confundirse con la formación política de un partido único. Es, por lo tanto, equivalente a un proceso de adoctrinamiento. Además, en este caso, la participación ciudadana se concibe bajo un liderazgo también único, confundiéndose así con una actividad de apoyo a las decisiones del liderazgo y de correa de transmisión de las instancias superiores de poder hacia la población. Equivale por ello a la llamada movilización de masas.
Si, por lo contrario, consideramos la democracia según el modelo pluralista que ha prevalecido originalmente en el mundo occidental y desde allí se ha extendido cada vez más a través del mundo, la formación cívica se diferencia de la formación política de diversos partidos y permite evaluar esta última, gracias a un diálogo entre alternativas ideológicas. Constituye así un proceso de formación. En este caso la participación ciudadana responde a múltiples fuentes de iniciativa, guardando un carácter crítico, lo cual no quiere decir necesariamente negativo, sino que resulta del propio discernimiento y del libre albedrío de los ciudadanos y, por lo tanto, no los obliga a circunscribirse a las perspectivas del poder establecido.
Regresemos por lo tanto a la pregunta clave: ¿Qué entendemos por democracia? Etimológicamente el término significa en griego "poder del pueblo" y designa una forma de ese gobierno o una particular organización de ese poder público que toda sociedad necesita para que la pluralidad de sus miembros, con su inevitable y enriquecedora diversidad de situaciones humanas, condiciones socioeconómicas, enfoques espirituales y talantes morales, pueda tomar una decisión unificada de acción en favor de lo que concibe como su bien común. Sólo por extensión podemos hablar también de la democracia como una forma de vida y entonces hemos de tomar conciencia que en este segundo sentido debe aplicarse analógica y no unívocamente.
Si la aplicáramos unívocamente, caeríamos en el absurdo. Hablaríamos, por ejemplo, de democracia económica, suponiendo que las decisiones de inversión, producción, distribución y consumo, se podrían concebir sobre la base del modelo político de una elección. O si habláramos de democracia cultural, imaginaríamos que las decisiones intelectuales o académicas de investigación, descubrimiento, formulación y docencia se podrían concebir a la manera como toman los políticos sus decisiones. O también si habláramos de democracia religiosa, pretenderíamos que las decisiones de fe, de moral, y de ordenación religiosas se podrían tomarse por motivaciones políticas. Entonces ya no estaríamos lidiando con democracia, sino con "democratismo", que consiste en la extensión unívoca indebida de la democracia tal que se da en política a otras dimensiones de la vida humana.
Ello no impide, sin embargo, que la democracia política reclame una convergencia entre el espíritu de sus normas y el espíritu, no la letra, de las normas propias de las otras dimensiones de la vida humana. Por otra parte, cuando hablamos de democracia no podemos sensatamente entender cualquiera forma de "poder del pueblo". Para el mundo iberoamericano, que abarca a los países hispanohablantes y lusohablantes de Europa y toda América Latina, incluyendo a Cuba, el sentido de democracia en nuestro tiempo lo dejan claro las Cumbres de jefes de Estado y de Gobiernos de Iberoamérica, bajo la firma de todas sus máximas autoridades sin excepción alguna. El Presidente Fidel Castro ha asistido a diez de doce cumbres, excusándose de la Cumbre XI de Lima del 2001 y de la Cumbre XII de Bávaro (República Dominicana) del 2002.
En la Declaración de la Cumbre I de Guadalajara en 1991, bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, se identificaron las bases de la comunidad iberoamericana en los siguientes términos:
"3 ... Nuestra comunidad se asienta en la democracia, el respeto a los derechos humanos y en las libertades fundamentales. En este marco, se reafirman los principios de soberanía y no-intervención y se reconoce el derecho de cada pueblo a construir libremente en la paz, estabilidad y justicia, su sistema político y sus instituciones."
Sobresale la importancia de que los valores de la democracia, los derechos humanos y las libertades fundamentales sean mencionados primero y que los principios de soberanía y de no-intervención, y además que el derecho de cada pueblo a construir libremente su sistema político, se reafirmen "en este marco", es decir dentro del marco de dichos valores. Ello nos trae a la memoria la afirmación de Oswaldo Payá Sardiñas en su elocuente discurso, que constituye un emocionante testimonio de vida espiritual, al recibir este año del Parlamento Europeo el premio Sájarov 2002 a la libertad de conciencia: "El Padre Félix Varela nos enseñó que la independencia y la soberanía nacional son inseparables del ejercicio de los derechos fundamentales."
En efecto, en sus Observaciones sobre La Constitución Política de la Monarquía Española, obra publicada en 1821, el Padre Varela, sacerdote y pensador que según los cubanos fue "quien los enseñó a pensar", incluso de su independencia, rechazó la tesis de que la soberanía reside en los Reyes que la habrían recibido de Dios, advirtiendo que "jamás se diga que un Dios justo y piadoso ha querido privar a los hombres de los derechos que él mismo le dio por naturaleza, y que erigiendo un tirano, los ha hecho esclavos". Para él la soberanía reside en la nación. Se deriva de la igualdad de derechos y libertad de todos los hombres por su naturaleza, a una parte de la cual renuncian voluntariamente para poder constituir la autoridad que ha de darle la dirección necesaria a la sociedad y ha de conservar a los ciudadanos "en sus mutuos derechos". Pero esta soberanía y esta autoridad son limitadas "pues el hombre tiene derechos imprescriptibles de que no puede privarlo la nación sin ser un tirano más horrible." No sería aventurado decir que sobre este punto Iberoamérica, como conjunto, es discípula del Padre Varela.
En la Declaración de la Cumbre II de Madrid en 1992, los jefes de Estado y Gobierno iberoamericanos, bajo la presidencia de Felipe González, fueron más precisos acerca de lo que entienden por democracia. Al reafirmar su compromiso con "la democracia representativa" y reiterar los principios antes expuestos, afirman:
"2.- ...Nuestro propósito es una sociedad libre, abierta y pluralista, con pleno ejercicio de las libertades individuales, sin perseguidos ni excluidos y dirigida a la consecución del progreso y de la justicia social.
3.- El diálogo y la negociación entre todos los poderes y la colaboración de todos los sectores sociales, sin injerencias externas, son la mejor forma de fortalecer los sistemas democráticos y evitar involuciones que conducen al autoritarismo."
Desde esta perspectiva, expresamos "nuestro rechazo a cualquier forma o intento de alterar el orden institucional de la democracia en los países iberoamericanos."
Este texto subraya la democracia representativa y el pluralismo como características de una sociedad libre y abierta, en la que se respeten plenamente los derechos individuales, de manera que se evite toda persecución y que se trabaje por un progreso con justicia social. Por lo demás, se expresa una preocupación por posibles "involuciones que conducen al autoritarismo" y por la necesidad de defender las instituciones democráticas sin "soluciones de fuerza".
(ariyan@sinfo.net)

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América