Haití: ¿Alcanzará algún día la democracia y la paz?
Para sorpresa de nadie, el presidente Jean Bertrand Aristide renunció a su cargo y abandonó a su sufrida nación el pasado domingo, al igual que antes lo hicieron Baby Doc y Raúl Cedrás. La diferencia entre estos casos es que los dos primeros habían alcanzado el poder por la fuerza, mientras que el ex sacerdote católico, principal responsable de la caída de la dictadura duvaleriana, ha sido el primer presidente libre y democráticamente electo en los doscientos años de existencia de la República de Haití.
La salida de Aristide se produce diez años después de la intervención militar ordenada por el presidente Clinton en 1994, que lo restituyó en el poder que había ganado mediante una elección democrática en 1991 y del que había sido derrocado por el golpe de estado de Raúl Cedrás.
¿Qué ocurrió durante en el período 1994-2004 para que la situación del triunfante Aristide de 1994, recibido por las masas depauperadas de su país como su última tabla de salvación, se deteriorara hasta el punto de verse obligado a abandonar su país? Cuando la calma retorne a Haití, que esperamos sea pronto, habrá espacio para examinar con detenimiento todos los factores que propiciaron ese desenlace y deslindar, si cupiera, responsabilidades políticas. Sin embargo, algunas apreciaciones pueden adelantarse en la coyuntura presente.
La Organización de los Estados Americanos y la Comunidad del Caribe (CARICOM) tuvieron hasta un cierto punto considerable protagonismo en los esfuerzos para buscar una salida a la crisis haitiana, pero sus gestiones nunca lograron los resultados deseables y su protagonismo fue diluyéndose gradualmente. El último intento realizado, basado en la propuesta de la CARICOM de integrar un gobierno de conciliación nacional en el que Aristide compartiría el poder con sus opositores, que fue aceptado por el acosado presidente, fue tajantemente rechazado por éstos.
Ante ese rechazo, y ante la falta de eco a los llamados de auxilio del presidente Aristide, sólo era cuestión de días para que se produjera su salida del cargo.
Si lo que ha ocurrido en Haití es lo mejor para reencausarlo por el sendero democrático o para resolver, o por lo menos paliar, la tragedia humana de los 8 millones de personas que habitan en la nación más empobrecida del continente, no tendremos que esperar mucho tiempo para comprobarlo. Entre otras razones, la capacidad de Aristide para sostenerse en el poder se erosionó con vertiginosa rapidez como producto de la falta de recursos que le negó la comunidad internacional y que no le permitieron enfrentar la demanda de urgentes soluciones sociales en una nación en la que más del ochenta por ciento de la población subsiste en la pobreza extrema.
Por lo pronto, con prescindencia de la evaluación de las responsabilidades políticas y los factores que paulatinamente llevaron a Haití al estado de caos que hoy vive, se impone que la comunidad internacional restablezca la paz interna, pero sobretodo que se vuelque en una masiva e inmediata ayuda humanitaria. De lo contrario, poco podrá esperarse de los acomodos políticos que pudieran ponerse en práctica.
La salida de Aristide se produce diez años después de la intervención militar ordenada por el presidente Clinton en 1994, que lo restituyó en el poder que había ganado mediante una elección democrática en 1991 y del que había sido derrocado por el golpe de estado de Raúl Cedrás.
¿Qué ocurrió durante en el período 1994-2004 para que la situación del triunfante Aristide de 1994, recibido por las masas depauperadas de su país como su última tabla de salvación, se deteriorara hasta el punto de verse obligado a abandonar su país? Cuando la calma retorne a Haití, que esperamos sea pronto, habrá espacio para examinar con detenimiento todos los factores que propiciaron ese desenlace y deslindar, si cupiera, responsabilidades políticas. Sin embargo, algunas apreciaciones pueden adelantarse en la coyuntura presente.
La Organización de los Estados Americanos y la Comunidad del Caribe (CARICOM) tuvieron hasta un cierto punto considerable protagonismo en los esfuerzos para buscar una salida a la crisis haitiana, pero sus gestiones nunca lograron los resultados deseables y su protagonismo fue diluyéndose gradualmente. El último intento realizado, basado en la propuesta de la CARICOM de integrar un gobierno de conciliación nacional en el que Aristide compartiría el poder con sus opositores, que fue aceptado por el acosado presidente, fue tajantemente rechazado por éstos.
Ante ese rechazo, y ante la falta de eco a los llamados de auxilio del presidente Aristide, sólo era cuestión de días para que se produjera su salida del cargo.
Si lo que ha ocurrido en Haití es lo mejor para reencausarlo por el sendero democrático o para resolver, o por lo menos paliar, la tragedia humana de los 8 millones de personas que habitan en la nación más empobrecida del continente, no tendremos que esperar mucho tiempo para comprobarlo. Entre otras razones, la capacidad de Aristide para sostenerse en el poder se erosionó con vertiginosa rapidez como producto de la falta de recursos que le negó la comunidad internacional y que no le permitieron enfrentar la demanda de urgentes soluciones sociales en una nación en la que más del ochenta por ciento de la población subsiste en la pobreza extrema.
Por lo pronto, con prescindencia de la evaluación de las responsabilidades políticas y los factores que paulatinamente llevaron a Haití al estado de caos que hoy vive, se impone que la comunidad internacional restablezca la paz interna, pero sobretodo que se vuelque en una masiva e inmediata ayuda humanitaria. De lo contrario, poco podrá esperarse de los acomodos políticos que pudieran ponerse en práctica.