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Heridas que no terminan de sanar


Las revelaciones sobre la muerte del cabo Andrés García Torres en 1970 echan sal a las heridas abiertas por 21 años de dictadura militar. El manto de impunidad que cubre tantos de sus (des) hechos tiene mucho que ver con esa morosa cicatrización.

Un pequeño y escuálido policía desarmado frente a un recién graduado atlético militar, con un pie de diferencia sobre él, que dispara a pesar de ir acompañado de tres policías que lo hubiesen dominado fácilmente; al que abandonan, dejándolo desangrarse. La familia arguye que nunca tomaron declaración a ninguno de los testigos del hecho; ni a los muchos que presenciaron la infamia. Propio de esa época, el "incidente" se trata como algo interno de la Fuerza Pública.

La campaña política de algunos se ha centrado precisamente en recordarnos esa época signada por una rampante impunidad, ilustrada ahora oscuramente por el caso de García. En cada esquina nos recuerdan que "son torrijistas de corazón" o "que lo son de verdad", como quien se hace acreedor al Premio Nobel de la Paz; el 11 de su símbolo -por lo que representa- se hace cada vez más ofensivo. Orientadores de la opinión pública, como El Panamá América, cumplieron un papel muy importante en la conmemoración cuadragésima del golpe del ’68 al reflejar esa época dantesca que tanto daño hizo.

El PRD y sus émulos arnulfistas han mejorado el infierno encargándose de que a ningún rapaz poderoso le caiga el peso de la justicia, extendiendo la impunidad como la mala hierba, de la mano de abogados con ingeniosas conexiones para liberar a quien sea.

Pérez Balladares y Moscoso despilfarraron fondos públicos con las partidas discrecionales. Tuvieron su HP-1430, que se hundió ??"junto con las preguntas al respecto…. Ahora tienen su SAN 100, con las muertes que nunca debió ocasionar una nave que simplemente no debía alzar vuelo. La traviesa hermana, convertida en Primera Dama, hizo un chan-chu-yón con las donaciones de Taiwán; el escándalo actual de las estatuas, en poder de un despacho que no debería existir, nos ha dejado a todos de piedra. Lo que vemos hoy es la consecuencia de esa impunidad que desde el ’68 crece como un cáncer y que, con la globalización, ha tomado ribetes preocupantes, convirtiendo el aparato del Estado en soporte de actividades criminales de quienes se enriquecen como nunca por sus conexiones con el poder de turno.

Sólo poniéndole fin a esa impunidad lograríamos sanar tantas heridas viejas y profundas producidas por tanto encubrimiento y tanta hipocresía. Por eso, antes de que nos terminemos de hundir, urge un cambio profundo en la forma de dirigir los destinos del país.

101 años de Panamá América

 
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