Héroes olvidados
El de ayer fue día de recordación y meditación por los caídos en la invasión norteamericana del 20 de diciembre de 1989. Fue un acontecimiento doloroso y traumático, cuyas consecuencias, tanto como sus causas, no superamos en los nueve años transcurridos.
Muchos cayeron mientras libraban combate contra la fuerza invasora; pero otros lo fueron a manos de malhechores que dotados de armas y entrenamiento, supuestamente para defender al país, las emplearon para robar y saquear. Varios más fueron presa del fuego cruzado, como los chorrilleros.
Pero el Mayor Giroldi y el puñado de jóvenes oficiales que el 3 de octubre se alzó en armas contra el dictador Manuel Antonio Noriega, que fueron al sacrificio supremo por su propia voluntad, para librarnos del tirano, no tienen a nadie que los recuerde, salvo sus parientes y allegados. Parece existir respecto a ellos un acuerdo tácito de ambos bandos para cubrirlos con un denso manto de olvido. Unos los considerarán traidores y otros, cuña del mismo mal.
Ellos dieron su vida, dejando en la viudez, luto y dolor, a sus esposas, madres, padres e hijos. Para ellos no hay homenajes, ni lágrimas, ni aplausos, ni condenas, sólo olvido.
La de ellos fue una decisión conciente. Sabían que las posibilidades de conservar la vida eran remotas habida consideración de lo reducido de sus fuerzas y su muy inferior poder de fuego.
Pero la coordinación, profesionalismo y valentía que desplegaron aquel día aciago, los condujo por momentos a saborear no solo la victoria sino también lo imposible, lo que no pudo Estados Unidos con su poderoso ejército: capturar vivo a Noriega sin provocar ninguna víctima inocente y sin dañar nada.
Analistas, historiadores y políticos norteamericanos, incluyendo a los senadores Jesse Helms, Edward Kennedy y Christopher Dodd, además de la exembajadora Jean Kirkpatrick, criticaron en su momento al presidente George Bush por haber negado apoyo a Giroldi, quien se cansó de esperar en aquellos angustiosos momentos que el ejército estadounidense, de antemano advertido del golpe, se llevara al dictador y pusiera fin al asedio de dos años; y que de paso, bloqueara el avance de los refuerzos de Noriega que, recuperados de su inicial sorpresa, marchaban hacia el Cuartel Central por tierra y aire.
Si Bush no hubiera vacilado ese día y tampoco lo hubiera hecho el mismo Giroldi al momento de la verdad, la historia habría sido otra y el país habría tenido acaso la oportunidad de brindarse su propia solución, evitando la sangrienta y desastrosa invasión que ocurrió dos meses después.
Lo demás es historia sabida. Giroldi y los suyos, con Eric Murillo y León Tejada, entre ellos, fueron asesinados por los esbirros de Noriega, entre cantos patrióticos y gritos de " traidores, ni un paso atrás". Hoy, el país entero los ha matado otra vez con su olvido. "Que Dios y la Patria nos protejan", sentenció su proclama radial ese día.
Muchos cayeron mientras libraban combate contra la fuerza invasora; pero otros lo fueron a manos de malhechores que dotados de armas y entrenamiento, supuestamente para defender al país, las emplearon para robar y saquear. Varios más fueron presa del fuego cruzado, como los chorrilleros.
Pero el Mayor Giroldi y el puñado de jóvenes oficiales que el 3 de octubre se alzó en armas contra el dictador Manuel Antonio Noriega, que fueron al sacrificio supremo por su propia voluntad, para librarnos del tirano, no tienen a nadie que los recuerde, salvo sus parientes y allegados. Parece existir respecto a ellos un acuerdo tácito de ambos bandos para cubrirlos con un denso manto de olvido. Unos los considerarán traidores y otros, cuña del mismo mal.
Ellos dieron su vida, dejando en la viudez, luto y dolor, a sus esposas, madres, padres e hijos. Para ellos no hay homenajes, ni lágrimas, ni aplausos, ni condenas, sólo olvido.
La de ellos fue una decisión conciente. Sabían que las posibilidades de conservar la vida eran remotas habida consideración de lo reducido de sus fuerzas y su muy inferior poder de fuego.
Pero la coordinación, profesionalismo y valentía que desplegaron aquel día aciago, los condujo por momentos a saborear no solo la victoria sino también lo imposible, lo que no pudo Estados Unidos con su poderoso ejército: capturar vivo a Noriega sin provocar ninguna víctima inocente y sin dañar nada.
Analistas, historiadores y políticos norteamericanos, incluyendo a los senadores Jesse Helms, Edward Kennedy y Christopher Dodd, además de la exembajadora Jean Kirkpatrick, criticaron en su momento al presidente George Bush por haber negado apoyo a Giroldi, quien se cansó de esperar en aquellos angustiosos momentos que el ejército estadounidense, de antemano advertido del golpe, se llevara al dictador y pusiera fin al asedio de dos años; y que de paso, bloqueara el avance de los refuerzos de Noriega que, recuperados de su inicial sorpresa, marchaban hacia el Cuartel Central por tierra y aire.
Si Bush no hubiera vacilado ese día y tampoco lo hubiera hecho el mismo Giroldi al momento de la verdad, la historia habría sido otra y el país habría tenido acaso la oportunidad de brindarse su propia solución, evitando la sangrienta y desastrosa invasión que ocurrió dos meses después.
Lo demás es historia sabida. Giroldi y los suyos, con Eric Murillo y León Tejada, entre ellos, fueron asesinados por los esbirros de Noriega, entre cantos patrióticos y gritos de " traidores, ni un paso atrás". Hoy, el país entero los ha matado otra vez con su olvido. "Que Dios y la Patria nos protejan", sentenció su proclama radial ese día.