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Historias de miedo


Desde los inicios de la República, los tempranos temores y prejuicios acerca de la policía y el ejército han hecho que casi toda la narrativa literaria, los análisis, las reflexiones y discusiones sobre el tema de los "hombres armados" en Panamá, se hayan convertido en auténticas historias de miedo y de horror que han servido, con eficacia, para ahuyentar o inhibir cualquier intento serio por abordar con responsabilidad y compromiso esta temática.
Términos como "militarismo", "civilismo", "militar", "policía", "uniformado", "seguridad", "defensa nacional", etc., así como los rutinarios actos cívicos y patrióticos de carácter masivo (marchas, himnos, uniformados, etc.) se han transformado, virtualmente, en indiscutibles contraseñas semánticas referidas exclusivamente a evocar afectivamente, símbolos negativos del pasado, al punto de que se ha perdido el rigor intelectual y la capacidad para entender tanto los puntos de partida, como los de llegada de un asunto que amerita una perspectiva integral.
Esto es particularmente cierto en el caso del especioso concepto de "militarismo en Panamá", el cual ha sido asimilado acríticamente a nociones preconcebidas que responden a otras particularidades históricas, desconociéndose nuestra propia especificidad como pueblo y como nación. Los tipos "puros" o clásicos de militarismo, entendiéndolo como un fenómeno que permea a toda la sociedad, lo encontramos en los ejemplarizantes casos de Alemania y Japón. En estos casos, los ejércitos no eran el brazo armado del Estado, ni estaban al servicio del Estado, ellos eran el Estado.
Este no es precisamente, el caso de Panamá. Por razones que nuestra historia ha sabido explicar a lo largo de más de 183 años, el Estado panameño ha podido esquivar la seria responsabilidad de garantizar su propia seguridad y la de sus ciudadanos, particularmente en lo concerniente a la existencia de un ejército propio, delegando, hipotecando o cediendo total o parcialmente esa responsabilidad (e incluso su soberanía) a un tercero. Sin embargo, a pesar de que el actual aquelarre "antimilitarista" puede explicarse en función de esos antecedentes, lo cierto es que nuestra propia historia no nos muestra como un país de tradición anti-militar. En todo caso, podríamos autodefinirnos como "militarmente neutrales", pero no antimilitaristas. Y no podía ser de otra manera. La ostensible presencia de tropas militares extranjeras y de equipos en las riberas del Canal por casi 96 años, y su impacto sobre el imaginario popular, difícilmente nos podrían situar como antimilitares. Lo que si ha sido propio del pueblo panameño ha sido su fervor antibelicista y pacifista, esto es, de lucha permanente por la construcción de la paz y la democracia real, como lo demostró en su momento el Frente Patriótico de la Juventud durante y después de la II Guerra Mundial, y hoy, las nuevas generaciones de demócratas y antiguerreristas.
No se a qué oscuros designios responden estos aspavientos de antimilitarismo redivivo, en un país y en un momento, en el cual todos sabemos que no existe la menor posibilidad de restaurar las experiencias militaristas de décadas anteriores, ni en Panamá ni en el continente. Más provecho obtendríamos si nos comprometiéramos en iniciar una gran cruzada pacifista con el objeto de poner fin al armamentismo galopante de las grandes potencias, así como a las cruentas guerras de Irak, Afganistán y el Medio Oriente.
(ciriaco7@hotmail.com)
No es posible que se tenga un promedio de 5 millones de dólares al año disponibles, para hacer lo que le plazca al Presidente, en un país que tiene muchas necesidades y pocos recursos financieros, bien podría limitarse a 1 millón de dólares, por año, pero bien determinado su uso, para que no sea de uso obligatorio.
Presidente usted tiene la oportunidad de oro de demostrar lo que expresó durante su campaña política.
"Cuando los hombres decentes no participan en política, los indecentes se aprovechan de ella y entonces los decentes tendrán que callar". Gandhi
(cdabadia@cwpanama.net)

101 años de Panamá América

 
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