La Alcaldía 20 años atrás
Cuando el Presidente Endara después del 20 de diciembre me designó Alcalde de la Ciudad de Panamá no tenía idea de donde me había metido. Veinte años después me produce enorme satisfacción visitar el Mercado de Mariscos de El Marañón, obra ideada durante mi gestión y ver que aún algunos vendedores de productos del mar me siguen llamando “señor Alcalde”.
La Alcaldía en el 89 era como una cueva de rufianes. Encontré de todo allí, hasta cuartos especiales donde se hacía de todo menos trabajar (esa costumbre de los cuartitos en la Asamblea tiene sus antecedentes). Desde el primer momento me propuse mudar ese muladar, aunque las circunstancias de aquellos momentos impidieron esa inversión. La verdad es que ese lugar, convertido en oficinas a pesar que había sido ideado como edificio de estacionamientos, estaba lleno de ratas, con goteras ante el más mínimo aguacero, con cables eléctricos enredados entre sí; peligroso por la Oficina de Seguridad de los Bomberos. Finalmente la mudanza ocurrió bajo el mandato del alcalde Juan Carlos Navarro.
En el 89 también la situación financiera era muy precaria porque los militares se llevaban la plata del Municipio, donde había un oficial que “cuidaba” de la institución. La última quincena de ese año escasamente se pudo cancelar; los fondos dejados en Tesorería casi ni alcanzaban. Ya para cuando terminamos nuestra labor las cuentas alcaldicias contaban con más de 7 millones en negro.
Con un equipo excelente que encontré en la institución, sumados a los que entraron conmigo, impuse una mística de trabajo y de relaciones humanas que no se había visto en la municipalidad, donde a muchos los obligaban a estar en los Batallones de la Dignidad. Se brindó respeto al funcionario y por eso respondió tan bien. Recuerdo una ocasión que al leer un fallo de Ingeniería Municipal me percaté de lo bien que estaba escrito. Al preguntarle al Jefe Legal quien lo había preparado, me trajo a la licenciada Lenis Bustamante, con diez años de servicio y que devengaba 400 dólares. Inmediatamente ordené su ajuste salarial a mil balboas.
La consulta y el asesoramiento que encontramos en un técnico municipal como era Héctor Pinilla (q.e.p.d), así como el profesionalismo que comenzó a ser la tónica de trabajo en la Alcaldía, sirvió de mecanismo inspirador para que la familia municipal funcionara eficientemente de la mano de los representantes de corregimiento y para servicio de la comunidad. No había espacio, estando Carles de Contralor, para gastos superfluos e innecesarios.
Ciertamente allí había gente de todas las corrientes políticas. Otros que hacían lo posible por no trabajar. Pero poco a poco, con firmeza y dando el ejemplo el Municipio comenzó a caminar. Lo más importante es tener en cuenta que el Municipio se debe a la gente, a los contribuyentes. Nunca perdía ese norte; era la clave de éxito.
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