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La boda real


A los panameños debió habernos sorprendido el espectáculo que culminó ayer, que fue ganando gradualmente la atención pública gracias a una densa cobertura noticiosa, cuya intensidad iba creciendo a medida que se acercaba el gran día. Una señal de que algo grande se aproximaba, fue el anuncio oficial del viaje de la presidenta de la República, Mireya Moscoso, quien había sido invitada por los reyes de España, Don Juan Carlos de Borbón y Doña Sofía a concurrir a la boda de su hijo, el heredero de la Corona, el príncipe Felipe de Borbón con Litizia Ortiz.
Nuestra mandataria saldría del país en medio de una crisis provocada por los altos precios del petróleo y por escándalos que azotan a la Corte Suprema de Justicia. En apretada agenda, emprendió un largo y agotador periplo que la llevó, en primer término, a la toma de posesión, por segunda vez, del presidente de Taiwán, Chen Shu Bian, para luego seguir hacia Madrid, España, a asistir a la boda.
La mayoría no podía menos que enjugar los ojos para despertar de un sueño. ¿Estamos en el siglo XXI? El despliegue de todo aquel lujo y esplendor, del desfilar de tanta realeza procedente de todos los rincones del planeta hizo palidecer todo lo visto, leído e imaginado ante lo que veíamos. Dos toneladas de flores decoraban el interior de la iglesia, sin contar las muchas más que adornaban la ruta del paseo de los recién casados y los miles de millones de euros que debió costar.
¿Exageración de lujo en un mundo sumido en pobreza? Sí, es cierto. Nuestra propia presidenta vistió una creación original de una costosa modista norteamericana. Pero la magnitud del compromiso lo ameritaba, aún en medio del anuncio de una huelga del transporte y de encontrarnos a las puertas de una crisis institucional. España es la Madre Patria, la llevamos en nuestras sangre, nos guste o no. Y, como dijo el tenor Plácido Domingo, "es un acontecimiento que se produce una vez cada cien años". La mayoría de nosotros no volverá a ver jamás otra boda real en España.
Si nos ayuda a comprender, lo de ayer simboliza la continuidad del poder real y de la existencia misma del estado español, en su naturaleza de monarquía constitucional. El rey encarna al Estado, por designio de Dios; y el Presidente, la jefatura del gobierno, por el voto popular, cada cual en su esfera.
La boda del príncipe de Asturias con una plebeya y divorciada entraña un paso más hacia la modernidad y nuestro tiempo. El amor sigue rompiendo barreras, y puede que un día nos regale también la paz mundial.

101 años de Panamá América

 
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