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La campaña de trapos sucios, "ensuciados" e inventados


Hace un par de años oí a un extranjero, medio sociólogo, dividir la población panameña en cuatro grupos, los que nacieron después de 1968; los que nada recuerdan ni de política ni de políticos, porque su memoria tiene un límite de seis meses; los que el militarismo dejó con una incurable hiperestesia que modifica la realidad pasada y la presente, y los que no se enteran de nada porque viven en la realidad mixtificada de los servicios nacionales e internacionales de televisión con sus mundos inventados, o sea, en un absoluto despiste.

Ha pasado más de un año de campaña electoral, cosa que nunca había ocurrido en este país. Hasta hoy los gastos de proselitismo televisado deben sumar decenas de millones de dólares en insultos, acusaciones, persecuciones, denuncias reales y denuncias inventadas, testimonios falsos e inventados para el electorado que todavía cree en lo que oye por radio o ve en la televisión.

Hace 41 años, en la campaña electoral hubo medios escritos y radiales y un canal de televisión recién nacido, dedicados a injuriar a diestra y siniestra, a inventar crímenes horrendos y toda clase de delitos o debilidades vergonzantes, a divulgar intimidades deshonrosas o regar mentiras escandalosas, y lograron que se perdiera todo respeto por la autoridad y por la legitimidad de los poderes del Estado.

No dejaron nada que inspirara respeto y quedó abonado el terreno para el golpe militar. Con poquísimas excepciones, nadie levantó un dedo. El gobierno militar echó raíces sin movilización social importante hasta 20 años después. Recordé esas circunstancias releyendo Hombres en tiempos difíciles de Hannah Arendt, la alemana conocida por sus obras sobre el origen del totalitarismo y sobre la irracionalidad, y volví a encontrar su terrible advertencia: "Si la autoridad gubernamental no se basa en el respeto, sólo es posible gobernar por la fuerza o el temor del uso de la fuerza".

Tal vez convenga que los que ahora manejan algunos medios y los partidos y sus dueños y sus candidatos pongan en una balanza las ambiciones y los odios y los rencores y la codicia generalizada frente a la endeble semblanza de democracia en que vivimos. No se puede jugar ni con muertos ni con adulterios ni con bisexualismo ni con esposas maltratadas ni farsas de narcotraficantes que comienzan todas con las palabras "a mí me dijeron". Es mejor no jugar con la mínima dosis de respeto que todavía queda en medio del desorden y la anarquía.

101 años de Panamá América

 
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