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La crisis mediática, desde el pensamiento de Carlos Castillo Peraza


Mi amigo Carlos Castillo Peraza era uno de los escritores políticos más penetrantes e irónicos que he leído. Destrañaba el sentido, tanto el razonable como el absurdo, de los acontecimientos políticos. Después de su muerte repentina, sus amigos le hemos insistido a su esposa, Julieta López, y al PAN, del que fue Presidente, que se publicara una antología de sus escritos. En respuesta, Julieta me pidió que le propusiera algunos de sus textos que más me impresionaban.
Me puse, por ello, a releer su libro Disiento, una reflexión veraz y mordaz sobre México bajo el PRI y lo que él llama "las (malas) transiciones de la transición" hacia la democracia, que se consumó después de su muerte gracias a la elección de Vicente Fox. A medida que lo releía, recordaba las críticas equivalentes de Václav Havel a su país y dilucidaba aspectos de nuestra propia realidad panameña.
La transición hacia la democracia en México y en Panamá, ambas, ha sido paradójica, pero diferentes: en México se vivió la paradoja de una transición bajo la prolongación del régimen autoritario que la desvirtuaba, antes de que se iniciara su etapa culminante con la reciente alternancia presidencial; mientras que en Panamá, después de un intento frustrado de transición, se vivió la paradoja de una transición definitiva una vez ya establecida la democracia. Los textos de Castillo Peraza me ayudaron a descubrir las analogías entre las dos.
La primera analogía se percibe gracias a la siguiente observación de Castillo Peraza: "hemos transitado de la univerbocracia a la poligocracia". Transitamos del pasado dictatorial, cuando el poder lo detenía el único mandamás, quien era también el único que podía hablar, hacia la democracia actual, en la cual el poder se distribuye entre múltiples parlantes. Pasamos así de la palabra suprema y única del monopolizador del poder a las palabras contradictorias y múltiples de los competidores por y en el poder.
Con este cambio, que es benéfico, se dan dos condiciones muy cuestionables. "Como lo que debió ser información pública, afirma Castillo Peraza, se consideró y trató como información privada, ahora toda información privada se vuelve de efectos públicos". Destaca así la indiscriminada invasión de la privacidad y el irrespeto flagrante al honor de las personas, a golpe de injurias y calumnias, que proliferan a medida que la democratización avanza. Luego añade: "Sin pasar por la gloria que importara lo que se dice y no quien lo dice -veníamos de un México en que sólo importaba quien lo decía, que era el Presidente- llegamos a un infierno de que ya no tiene relevancia ni lo que se dice ni quien lo diga. Lo que cuenta es decir. Y los decires multiplicados al infinito, sin ton ni son, nos tienen en una sociedad al mismo tiempo silenciosa por estrepitosa, y arruinada, incierta, confundida, angustiada, desesperanzada en y por su propio estrépito... Transitamos de la desinformación de Estado al estado de desinformación."
La descripción es dura, pero certera. Con el avance de la transición se experimenta el bullicio de los medios de información y la confusión de la opinión pública, pues se opina en todas las direcciones y en todo momento con marcada irresponsabilidad, sin respeto por los hechos históricos, sin cuidado por la objetividad y la veracidad y sin atisbo de estudio y reflexión previos. Se genera de este modo una carencia de sentido, que equivale a un silencio de la palabra que es transmisora de razón y razonabilidad.
En estas últimas semanas, vivimos en Panamá una crisis, algunos de cuyos síntomas denuncié por anticipado, aunque muchos rehusaban reconocerlos: la crisis en uno de los periódicos más influyentes, que en menor grado alcanza a varios otros medios y afecta a la opinión pública. Fieles al prejuicio de la Declaración de Chapultepec, de acuerdo con la cual los medios de comunicación en nuestra América habrían de seguir antes que nada en la lucha por la libertad de expresión frente a los peligros que provienen del entorno político, sus directivos desconocieron el reto de la responsabilidad en el ejercicio de dicha libertad, que se les planteaba a partir de su realidad interna. A fuer de negarlo han terminado viéndose traumatizados por sus consecuencias.
La controversia que se ha desatado pareciera que fuera la pugna entre dos políticos: por una parte, un ex - presidente de la Junta Directiva, quien desde fuera de ella, como asesor de una Presidenta arnulfista, continúa ejerciendo un predominio manipulador por persona interpuesta; por la otra parte, un ex - vicepresidente de la misma Junta, quien en el pasado toleró el personalismo desaforado del primero, a quien el primero otorgó el título de presidente honorario de la Junta, cuando al segundo lo nombraron Embajador en Washington, y a quien el primero también le expresó "ese calor fraterno de la amistad profunda y legítima" y le auguró "una Cancillería más de Estado que de gobierno", cuando al segundo lo nombraron Ministro de Relaciones Exteriores, pero a quien ahora los adláteres del primero descalifican por simpatizar con el PRD. Sin embargo, antes que una pugna de política nacional se trata de una pugna por el poder mediático como fuente de protagonismo e influencia. Con ella se da al mismo tiempo un conflicto entre una visión intolerante y ensimismada, producto de casi veinte años de usufructo exclusivo de dicho poder y obsesionada con el pasado, y una visión más flexible y tolerante, más tentativa y abierta al futuro. Esto sucede en una democracia cuya dinámica de información y de formación de la opinión pública está desorbitada por un ejercicio salvaje de la libertad de expresión sin la responsabilidad que lo civilice.
Lo que Castillo Peraza señalaba en México, lo estamos viviendo a nuestra manera en Panamá: un profundo desajuste en los medios y en la opinión pública, que él denomina el infierno de la poligocracia.
De esta patología social podemos identificar una causa. Castillo Peraza escribía: "En efecto, las noticias nuestras de cada día nos abruman no tanto por la información que nos traen sino porque no las creemos. Se diría que los informadores lo saben o lo intuyen, puesto que cada mañana nos desayunamos con una novedad más escandalosa que la anterior. No la creemos. Tan es así que de inmediato acudimos a abrevar en las aguas que acto seguido la ponen en duda". Este ambiente tiene una consecuencia: "Imposible asumir el pasado en tal atmósfera asfixiante, en semejantes arenas movedizas del presente. Pero no es viable el futuro sin algo parecido a ese pacto con el ayer que comienza con el reconocimiento de la propia responsabilidad en los errores... Es preciso asumir la propia responsabilidad en relación con el pasado para poder recomenzar, para tener desde dónde iniciar un porvenir, para recuperar el derecho y el deber de creer, de esperar, de soñar."
Aquí tocamos al meollo de la crisis mediática y de opinión que vivimos. Hay quienes no quieren reconocer su parte de responsabilidad por el pasado. Hay quienes fueron cómplices de lo que provocó la dictadura o de la dictadura misma. Hay quienes flaquearon en la lucha contra la dictadura y otros que casi no participaron en ella. Hay quienes obstaculizaron con su radicalismo la construcción de la democracia sin ejército. Hay quienes se vincularon al gobierno recién pasado, aunque escondiéndolo. Hay quienes plantean las exigencias de la justicia en términos que impiden la reconciliación. Hay quienes le dijeron al país en las pasadas elecciones que no era necesario que un candidato o candidata tuviera una preparación académica moderna para gobernar, rehuyendo ahora su responsabilidad por el actual estancamiento del país. Sin embargo, algunas de estas personas en el ejercicio de su poder mediático asumen una actitud de jueces intolerantes y sectarios de sus conciudadanos. De ellos cabe decir lo que Castillo Peraza apunta con tanta profundidad: "No quieren perdonar porque no pueden perdonarse".
Para encubrir esta triste condición los detentores del poder mediático se han puesto la máscara de independientes. En la lucha contra la dictadura la sociedad civil aceptó gustosa el sacrificio y la combatividad de algunos partidos. Pero al avanzar la transición hacia la democracia se ha comenzado a "erigir al ciudadano sin partido en monumento de objetividad, imparcialidad, racional libertad y decencia, y contrastarlo con quien milita en un partido político quien, por ese solo hecho, es presentado como titular de la parcialidad, la sumisión irracional y la probable indecencia". Se repite que para presidir la Junta Directiva del diario selectivamente libre de Panamá, se necesita un independiente, no un político.
Pero quien fungió como Director de dicho diario durante largos años ha advertido: "Quienes así opinan, ignoran por completo la historia (del diario). Su primera junta directiva estuvo integrada (por cinco miembros). Todos tenían activa participación política y cuando se creó el malogrado Partido Acción Popular

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