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La Cruzada Civilista, la Iglesia y la Invasión


En los últimos días en los medios escritos y televisivos se viene tratando la experiencia vivida en Panamá, la cruenta e injusta invasión de 1989. La juventud no ha vivido ese episodio por lo que se insiste en que debe ser contado para que no se repita. Vamos hacernos eco de esta idea.

Cuatro días después de las Declaraciones del entonces Coronel Díaz Herrera –que imputaba al General Noriega una serie de delitos, es creada el 10 de junio de 1987 la Cruzada Civilista que incluía diversos sectores de la sociedad civil, opuestos al oficialismo (militarizado) del momento y que actuarían como grupos de presión dentro del momento político que vivía el país.

Aurelio Barría, uno de sus fundadores, relata en un Suplemento del 9 de junio de 1990 que, al regresar de Filipinas de participar en compañía del Padre Fernando Guardia y del magistrado Luis Carlos Cohen, como observadores en las elecciones parlamentarias, motivó una serie de reuniones, después de las Declaraciones de Díaz Herrera, que culminan con la integración de la Cruzada Civilista. Esta contaría, desde sus inicios, con el apoyo espiritual de la alta jerarquía de la iglesia.

La iglesia había articulado diversas versiones del conflicto. En Comunicado de la Conferencia Episcopal de 8 de abril de 1988, la iglesia se oponía a las medidas económicas impuestas por Estados Unidos las cuales eran entendidas como “violatorias a la soberanía” e “injustas para el pueblo”, además de rechazar toda forma de intervención militar. Más adelante, el momento empuja, en otra dirección, a personeros influyentes de la iglesia. En el instante mismo de la creación de la Cruzada Civilista, por ejemplo, hicieron acto de presencia Monseñor McGrath, Monseñor Brown y el Padre Guardia, quienes dieron bendición a los cruzados. Después lo harán a la invasión, en un acto sin precedente, dando reconocimiento a lo llamaron un “acto de liberación” cuando en verdad había sido un experimento de la geopolítica norteamericana que acabó con la vida de miles de panameños de todas las edades.

La Cruzada Civilista agitaba pañuelos blancos en Calle 50. No hay duda que buena parte de los participantes reproducían la angustia y zozobra; otros, que dirigían, sabían que ello que era parte de la lucha por el poder para rescatar lo que llamaban “la verdadera democracia” entendida como la salida de Noriega y la instauración de un gobierno bajo la dirección de la Alianza Democrática de Oposición que encabezaba Guillermo Endara.

La Cruzada había sido “exitosa” ya que fortalecía los mecanismos de presión de sectores medios profesionales y politizaba el accionar de la comunidad empresarial lo que coadyuvó, posiblemente sin proponérselo, con los planes de desestabilización que impulsaba el gobierno norteamericano. Recordemos que los empresarios también llegaron a oponerse a las medidas económicas de EE.UU.

Una apreciación sobre la experiencia de la Cruzada, de su actuar, nos la proporciona John Dinger en su obra “Nuestro Hombre en Panamá” al señalar lo siguiente: “a sus dirigentes --se refiere a los dirigentes de la Cruzada, les faltó agallas para desencadenar un movimiento popular de gran aliento… En lugar de ello, la oposición cayó en la rutina de promover esporádicas manifestaciones y en seguida retirarse a su refugio de Miami a implorar la intervención norteamericana.

La intervención llegó a cuatro días de navidad. Santa Claus verde olivo cargaba con las armas más sofisticadas con tiros al blanco de los cuerpos de los panameños. El resultado, la muerte y la destrucción.

101 años de Panamá América

 
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