La cultura y la política como metas nacionales (2)
La ausencia de una información veraz ha sido, entre otros puntos, causa de esa persistente incompetencia que impide nuestra consolidación como país adulto. Sin ella, y utilizada de manera antojadiza la poca que emana por parte de quienes dirigen la cosa pública, es casi imposible orientar a la mayoría de los panameños sobre los caminos que debiéramos tomar para fortalecer las estructuras de nuestra Nación.
El otro aspecto que ha tenido una gran incidencia en mantener esa incertidumbre general es la falta de voluntad para establecer un gran plan nacional basado en los objetivos que establezcamos todos de común acuerdo. Esa intención - es decir, la tenacidad para instituir mejores fines y así lograr mejores tiempos - también ha carecido de una fuerza esencial, motivadora y con la cual impulsar los adecuados objetivos donde se sustente, a corto plazo, el Estado panameño.
Si estos dos asuntos, que considero vitales para optar por auténticas soluciones colectivas, no fundamentan los planteamientos políticos del país pregunto: ¿en qué forma se podrá exigir coherencia a la hora de definir intenciones si nuestros principales retos y fuentes de beneficio siguen atrofiando de raíz nuestra identidad por la forma como los mismos se manejan? Gran culpa de este miedo medular radica en la exclusión, dentro del discurso de partido, tanto de un amplio conocimiento de los mismos como de un verdadero propósito para integrarlos dentro del desarrollo substancial de la nacionalidad panameña.
Es inconcebible que hoy - casi diez meses después de esa gran cita que tuvimos con la historia y el destino del país - sigamos dando tumbos por las fallas a las que me referí con anterioridad, y cuya pronta corrección se convierte en un acto de importancia extraordinaria para culminar con éxito esa metamorfosis que lleva casi quinientos años en proceso.
Frente a esta patética realidad vuelvo a preguntar: ¿cómo podemos entonces demandar una definición cultural a este pueblo que, a través de todas sus generaciones y desde el nacimiento mismo de la República, ha sostenido un conflicto entre su genuina razón de ser y esa posición "pro mundi beneficio" que atrofia diariamente nuestras posibilidades para constituirnos como nación adulta y soberana? ¿Acaso se podrá esbozar una idea coherente sobre el desarrollo nacional si persistimos en mantener ociosas las riberas del Canal - aparte de aventurarnos con premura inusitada en un proyecto inmenso, y por ende peligroso, para la ampliación de dicha vía - especialmente cuando aún no hemos palpado los grandes beneficios que pudiéramos obtener de ella si racionalizáramos su aprovechamiento en aras del país entero?
Por principio no acepto ese comentario majadero - y tan comúnmente empleado - de que somos diferentes, indolentes e incapaces. Tanto el talento como el deseo para ejecutar proyectos de verdadera repercusión socioeconómica han existido siempre en nuestro medio. Lo que nos ha faltado, sistemáticamente, es una verdadera voluntad para ejecutar los muchos planes que demanda el mejoramiento nacional y establecer, de una vez por todas, la esencia y metas que amalgamen a todos los habitantes de la República de Panamá.
Mal podremos construir nuestro destino, y por ende consolidar la cultura y la política panameña, si sobre el país sigue flotando el espanto de la envidia y el horror del egoísmo. Ya es hora de acordar qué hacer para eliminar esa malsana postura que impide optar por mejores tiempos.
No esperemos que otros pueblos definan lo que nosotros pareciéramos postergar intencionalmente día tras día. La inclusión desmedida de otros intereses, tanto foráneos como locales, pero con propósitos muy particulares y ajenos para con el necesario bienestar general, pudieran contaminar aún más el proceso que nos ocupa.
Esta tarea es solo nuestra, y más vale que así lo realicemos si de veras pretendemos llegar a ser una nación madura por empeño de todos los que aquí habitamos.
El otro aspecto que ha tenido una gran incidencia en mantener esa incertidumbre general es la falta de voluntad para establecer un gran plan nacional basado en los objetivos que establezcamos todos de común acuerdo. Esa intención - es decir, la tenacidad para instituir mejores fines y así lograr mejores tiempos - también ha carecido de una fuerza esencial, motivadora y con la cual impulsar los adecuados objetivos donde se sustente, a corto plazo, el Estado panameño.
Si estos dos asuntos, que considero vitales para optar por auténticas soluciones colectivas, no fundamentan los planteamientos políticos del país pregunto: ¿en qué forma se podrá exigir coherencia a la hora de definir intenciones si nuestros principales retos y fuentes de beneficio siguen atrofiando de raíz nuestra identidad por la forma como los mismos se manejan? Gran culpa de este miedo medular radica en la exclusión, dentro del discurso de partido, tanto de un amplio conocimiento de los mismos como de un verdadero propósito para integrarlos dentro del desarrollo substancial de la nacionalidad panameña.
Es inconcebible que hoy - casi diez meses después de esa gran cita que tuvimos con la historia y el destino del país - sigamos dando tumbos por las fallas a las que me referí con anterioridad, y cuya pronta corrección se convierte en un acto de importancia extraordinaria para culminar con éxito esa metamorfosis que lleva casi quinientos años en proceso.
Frente a esta patética realidad vuelvo a preguntar: ¿cómo podemos entonces demandar una definición cultural a este pueblo que, a través de todas sus generaciones y desde el nacimiento mismo de la República, ha sostenido un conflicto entre su genuina razón de ser y esa posición "pro mundi beneficio" que atrofia diariamente nuestras posibilidades para constituirnos como nación adulta y soberana? ¿Acaso se podrá esbozar una idea coherente sobre el desarrollo nacional si persistimos en mantener ociosas las riberas del Canal - aparte de aventurarnos con premura inusitada en un proyecto inmenso, y por ende peligroso, para la ampliación de dicha vía - especialmente cuando aún no hemos palpado los grandes beneficios que pudiéramos obtener de ella si racionalizáramos su aprovechamiento en aras del país entero?
Por principio no acepto ese comentario majadero - y tan comúnmente empleado - de que somos diferentes, indolentes e incapaces. Tanto el talento como el deseo para ejecutar proyectos de verdadera repercusión socioeconómica han existido siempre en nuestro medio. Lo que nos ha faltado, sistemáticamente, es una verdadera voluntad para ejecutar los muchos planes que demanda el mejoramiento nacional y establecer, de una vez por todas, la esencia y metas que amalgamen a todos los habitantes de la República de Panamá.
Mal podremos construir nuestro destino, y por ende consolidar la cultura y la política panameña, si sobre el país sigue flotando el espanto de la envidia y el horror del egoísmo. Ya es hora de acordar qué hacer para eliminar esa malsana postura que impide optar por mejores tiempos.
No esperemos que otros pueblos definan lo que nosotros pareciéramos postergar intencionalmente día tras día. La inclusión desmedida de otros intereses, tanto foráneos como locales, pero con propósitos muy particulares y ajenos para con el necesario bienestar general, pudieran contaminar aún más el proceso que nos ocupa.
Esta tarea es solo nuestra, y más vale que así lo realicemos si de veras pretendemos llegar a ser una nación madura por empeño de todos los que aquí habitamos.