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La democracia mecánica


El hecho político fundamental en nuestra América pasa por la injusta deuda social con que la política regional compromete el presente y el futuro de varias generaciones que, desde las tinieblas de la historia, viven al margen del progreso. La democracia mecánica, la electorera, los considera como un pueblo aparte, una raza perdida en la blasfemia de la pobreza. Son las huestes del miedo. Miedo que provoca golpes de Estado y produce gobiernos imprudentes y timoratos.

La legión que crece y se multiplica como los agujeros de ozono, por la avaricia de los egoístas y la desidia de los indiferentes, pareciera ser asimilada no ya como una lacra de la humanidad y una falla del sistema, sino como un mal necesario, predecible y científicamente bendecido por las leyes “competitivas” de un mercado electoral que financia candidatos sin tomar en cuenta la calidad de la oferta.

Sin regulación estatal, el mercado libre es un cáncer de la economía real que, viviendo de ella, hace vida aparte y anida en las universidades, desde donde se reproduce y propaga creando ciudadanos robots para que compren, gasten y se endeuden. Hasta que un Estado mínimo, manipulable y utilitario, los enajene o les obligue a pagar con intereses usurarios la deuda contraída. Mientras, a los acreedores que los sedujeron con el engaño de una libertad sometida a la desmedida ambición de mercantilistas sin escrúpulos, el Estado les terminará pagando hasta el mínimo riesgo en que hayan incurrido con sus fechorías. Porque en el orden de valores de la sociedad mercantil neocapitalista, es ley que las grandes empresas no pueden quebrar, aunque para ello, prescindan de sus obreros y las eximan de impuestos y los que quiebren sean los ciudadanos que han depositado los ahorros de toda una vida en empresas deshonestas y mal administradas, cuyos ejecutivos cobran regalías según sea el tamaño de la estafa cometida.

De la naranja mecánica neocapitalista que los falsos gurúes exprimen en periódicos y conferencias, continuaremos obteniendo clavos sin remache. Se me hace insostenible e irritante, leer a columnistas de esos "kominterns" neoliberales que son los cenáculos y las agencias periodísticas donde se agrupan, petardeando cualquier otra idea que “avive el seso y despierte” a los crédulos, fáciles de engatusar, con premisas garrafales como la publicada en el Panamá América el 15 de enero, donde se afirma que “la pobreza es la condición natural del ser humano”.

Son estos insólitos gurús, los que proponen la supremacía del individuo sobre la sociedad. Admiten el valor supremo de la ganancia ilimitada sobre el rédito de un beneficio justamente distribuido. Jerarquizan la producción eficiente sobre el derecho inalienable al trabajo. Ponen precio al sueldo según la oferta y la demanda, considerando el empleo como “mercado laboral”, es decir, según sea el nivel del desempleo por ellos provocado y sostenido. Alaban la competencia feroz en desmedro de la cooperación productiva. Entienden el mercado como un ente autónomo, casi mágico, independiente de la ambición de los seres humanos que lo conforman y distorsionan. Son los gestores de la democracia mecánica, que cuando no pueden con el dinero, fabrican golpes de Estado preventivos.

101 años de Panamá América

 
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