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La educación de la niñez y de la juventud


Los panameños todos (gobernantes y gobernados), tenemos que abrir de una vez los canales y concretar los impulsos, los sistemas, los servicios, las posibilidades para que todo niño sea una esperanza más, una seguridad mayor de realización y de avance en la vida del país, y no la amenaza de lo que pudo ser muy bueno y se convirtió en una rémora difícil de vencer, y al fin y al cabo en cuestión lacerante para el destino de nuestra nación.

Tenemos la certidumbre que el educador panameño no es ni quiere ser un autómata repetidor de lecciones a tiempo cronometrado, sino una inteligencia ávida de mayores conocimientos y un corazón desbordante de amor, para la creación de todo lo bueno y de todo lo noble de que son capaces los niños y los jóvenes panameños. Tenemos que abrirle a nuestros hijos y a nuestros alumnos, la visión clara del mundo nuevo y que no será construido a través de la violencia y de la sangre, que no será realizado a través de la mezquindad y del odio, que no podrá lograrse con el menosprecio de valores fundamentales como los que el cristianismo ha defendido y representa en la dignidad, en la libertad, y en la integridad del ser humano, sino que podrá ser construido y logrado y realizado en la medida en que la fuerza del entusiasmo sea canalizada a través de nobles objetivos, en forma constructiva, leal, generosa, depurando de mezquindad y de odio el corazón del hombre.

Entre la educación oficial y la educación particular no hay fronteras, no hay fosos insalvables, no hay ni puede haber hostilidad, sino que debe existir la conciencia de una tarea común. La educación es una gran empresa que nos compromete a todos los panameños; que compromete al Gobierno por la responsabilidad que incumbe al Estado, que compromete a quienes en virtud de un ideal superior, dedican su vida con abnegación y generosidad, al noble ejercicio docente; que compromete también a los padres de familia, sin cuya colaboración todos los esfuerzos educativos se estrellarían.

Debemos tener bien claro que lo que se invierte en educación, cuando la educación es provechosa, cuando la educación tiene éxito, cuando despierta y promueve las capacidades potenciales de los individuos, no son gastos perdidos, son gastos de inversión y estos gastos crecen necesariamente. Percibimos que la inmensa mayoría de los panameños siente legítima satisfacción por ver su juventud sana de cuerpo, sana de espíritu, decidida firmemente a entregarse al estudio incansable y a la cooperación en la obra del desarrollo que nos está exigiendo, con un mandato imperativo, el actual momento nacional. ¡El concepto de juventud, señalado con observación aguda, representa un concepto nuevo, característico de nuestra civilización!

101 años de Panamá América

 
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