La estrategia suicida de Irak
Después de leer el informe de diez páginas de la misión de inspectores de armas en Irak, detallando que no se dio sustancial asistencia a su trabajo y que se levantó nuevas barreras burocráticas para entorpecerlo, Bill Clinton decidió que no había tiempo que perder. Convocó a sus asesores militares y civiles en asuntos de seguridad y luego de comprender que no cambiaba la táctica obstruccionista que Saddam Hussein despliega desde 1991 contra los inspectores de armas bioquímicas, se dio la orden en suspenso desde hace buen tiempo de poner en acción la Operación Zorro del Desierto.
Centenares de misiles fueron disparados desde los portaviones norteamericanos en el Golfo Pérsico, para atajar la amenaza alucinante del dictador iraquí, empeñado en la fabricación de armas biológicas y químicas que podrían diezmar a los habitantes de los países vecinos. Los dirigentes políticos de Estados Unidos e Inglaterra emprendieron el ataque contra Irak, sin esperar una reunión formal del Consejo de Seguridad de la ONU, convencidos de que el dictador iraquí ha estado burlándose de las Naciones Unidas, obstaculizando las inspecciones en sus territorios que, aparentemente, había acordado. Fue una decisión pragmática de los aliados actuar al margen de Naciones Unidas, poniéndose en evidencia el fracaso de las gestiones personales del Secretario General Kofi Anan y la certidumbre de que no existiría consenso para la autorización del operativo. Comprobándolo así, Rusia, China y Francia se opusieron al lanzamiento de los ataques y condenaron, por razones diversas, el bombardeo de blancos militares de Bagdad.
Rusia y China se oponen a la intervención militar porque conceptúan que se está creando un precedente peligroso de acción extranjera en asuntos de otros países, aunque los rusos invadieron Chechenia y los chinos el Tibet, sin pedirle permiso a ningún país. Francia mantiene una tradicional línea de apoyo a la comunidad de países islámicos y no se aparta de esa posición para no granjearse la enemistad de los árabes. Japón, Australia, Canadá, entre otros países, respaldaron las acciones militares contra Irak.
Mientras el frente occidental muestra grietas, Irak defiende contra viento y marea la continuación de la estrategia militar de producir armas biológicas y químicas que ya fueron utilizadas en el conflicto bélico con Irán y contra los guerrilleros kurdos. Los obstáculos levantados contra los inspectores de la ONU forma parte del plan del gobierno para ganar tiempo en la fabricación de las armas prohibidas. En cerca de diez años, el régimen de Saddam Hussein ha trazado una línea zigzagueante, aceptando bajo presiones el trabajo de los inspectores antes de que éstos entraran a su territorio, para después clavar barreras infranqueables cuando los inspectores intentaban ponerse en acción. Jugando a balancearse al filo del abismo, Hussein fingía que aceptaba las inspecciones in situ para evitar las amenazas de represalias militares. En cada ocasión sus estratagemas no han surtido efecto, al llegar su carencia de seriedad ante los compromisos a límites caricaturescos.
Mientras las bombas caían sobre Bagdad, en el cielo de Washington surgían nubes oscuras para el porvenir político de Clinton. Los republicanos piensan que se trata de una maniobra para deflacionar el proceso de enjuiciamiento político, negándose a apoyar los ataques contra objetivos militares iraquíes. Al respecto hay quienes creen que si Clinton actuó con cálculo político creando un conflicto artificial, igual tacha podría lanzarse contra los republicanos a los que pareciera interesarles más la destitución del presidente demócrata manipulando motivaciones de privacidad sexual, que poner atajo al estallido de un conflicto de grandes proporciones en el Medio Oriente. De alguna manera los adversarios de Clinton están dispuestos a perseguirlo hasta las últimas consecuencias.
Centenares de misiles fueron disparados desde los portaviones norteamericanos en el Golfo Pérsico, para atajar la amenaza alucinante del dictador iraquí, empeñado en la fabricación de armas biológicas y químicas que podrían diezmar a los habitantes de los países vecinos. Los dirigentes políticos de Estados Unidos e Inglaterra emprendieron el ataque contra Irak, sin esperar una reunión formal del Consejo de Seguridad de la ONU, convencidos de que el dictador iraquí ha estado burlándose de las Naciones Unidas, obstaculizando las inspecciones en sus territorios que, aparentemente, había acordado. Fue una decisión pragmática de los aliados actuar al margen de Naciones Unidas, poniéndose en evidencia el fracaso de las gestiones personales del Secretario General Kofi Anan y la certidumbre de que no existiría consenso para la autorización del operativo. Comprobándolo así, Rusia, China y Francia se opusieron al lanzamiento de los ataques y condenaron, por razones diversas, el bombardeo de blancos militares de Bagdad.
Rusia y China se oponen a la intervención militar porque conceptúan que se está creando un precedente peligroso de acción extranjera en asuntos de otros países, aunque los rusos invadieron Chechenia y los chinos el Tibet, sin pedirle permiso a ningún país. Francia mantiene una tradicional línea de apoyo a la comunidad de países islámicos y no se aparta de esa posición para no granjearse la enemistad de los árabes. Japón, Australia, Canadá, entre otros países, respaldaron las acciones militares contra Irak.
Mientras el frente occidental muestra grietas, Irak defiende contra viento y marea la continuación de la estrategia militar de producir armas biológicas y químicas que ya fueron utilizadas en el conflicto bélico con Irán y contra los guerrilleros kurdos. Los obstáculos levantados contra los inspectores de la ONU forma parte del plan del gobierno para ganar tiempo en la fabricación de las armas prohibidas. En cerca de diez años, el régimen de Saddam Hussein ha trazado una línea zigzagueante, aceptando bajo presiones el trabajo de los inspectores antes de que éstos entraran a su territorio, para después clavar barreras infranqueables cuando los inspectores intentaban ponerse en acción. Jugando a balancearse al filo del abismo, Hussein fingía que aceptaba las inspecciones in situ para evitar las amenazas de represalias militares. En cada ocasión sus estratagemas no han surtido efecto, al llegar su carencia de seriedad ante los compromisos a límites caricaturescos.
Mientras las bombas caían sobre Bagdad, en el cielo de Washington surgían nubes oscuras para el porvenir político de Clinton. Los republicanos piensan que se trata de una maniobra para deflacionar el proceso de enjuiciamiento político, negándose a apoyar los ataques contra objetivos militares iraquíes. Al respecto hay quienes creen que si Clinton actuó con cálculo político creando un conflicto artificial, igual tacha podría lanzarse contra los republicanos a los que pareciera interesarles más la destitución del presidente demócrata manipulando motivaciones de privacidad sexual, que poner atajo al estallido de un conflicto de grandes proporciones en el Medio Oriente. De alguna manera los adversarios de Clinton están dispuestos a perseguirlo hasta las últimas consecuencias.