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La gallina de los huevos de oro y el tajo de la guillotina negra


¿Por qué regalar a otros el mayor conjunto de proyectos que se ha presentado después de la construcción del Canal?
DESDE LOS primeros tiempos de la colonia, cuando ya el hombre había aprendido a navegar grandes distancias y el comercio comenzaba a ser una actividad importante, el descubrimiento de las riquezas de América y el insaciable apetito de piedras y metales preciosos que reinaba en el mundo hicieron que la configuración del istmo de Panamá en el mapa de América se perfilara con grandes perspectivas.
No fue necesario esperar a que los franceses mostachudos o los presidentes amantes de la caza de bestias salvajes se dieran cuenta de la riqueza que la ruta por Panamá encerraba. Ya desde hacía siglos, cuando decapitaban reyes, quemaban brujas y herejes (cerca de un millón según los últimos cálculos) y cuando las ansias incontenibles de poderío de los nobles europeos arrasaban pueblos enteros mientras la intolerancia religiosa se encargaba de acabar con los sobrevivientes, Panamá iba más y más convirtiéndose en la fórmula para acortar distancias y aumentar el lucro en el comercio internacional como Carlos V previó. Incluso Simón Bolívar en un vuelo de lirismo quiso comparar a Panamá con lo que había sido el Istmo de Corinto para los griegos, sin especificar cuáles griegos ni de qué siglos ni indicar durante cuál de las quebradizas épocas de paz entre las numerosas ciudades-estados de la antigüedad cumplió la franja corintiana esa misión.
Antes de entrar a hablar de la guillotina damocliana que pende sobre el destino nacional, quiero recordar que, al sopesar los pros y los contras de la construcción del Canal, Justo Arosemena escribió que todo dependería de que creara riqueza permanente y no riqueza volátil. Todos sabemos lo que ha creado, pero muchos ignoran lo que puede crear y pocos piensan en lo que se pueden escamotear los eternos "juegavivos".
Se ha hablado mucho de que PEMEX, la empresa petrolera mejicana, y otras empresas petroleras de segunda categoría tienen interés en construir una refinería en Panamá, y tanta gente se ha entusiasmado que me parece oportuno decir algunas verdades sobre lo que eso significaría, conforme a la medida de mis escasos conocimientos ciertos y mis pocas viejas experiencias.
En 1962 era yo Ministro Consejero en la Embajada de Panamá en Londres, y varias fueron las ocasiones en que me tocó actuar de Encargado de Negocios ad interim. En una de ellas, por instrucciones del canciller Galileo Solís, salí a buscar votos para Panamá que quería un puesto en la OACI. (Por cierto, inútiles fueron los votos que conseguí porque, cuando llegó la fecha de la elección, Panamá no había pagado la cuota y no era elegible). Sin embargo, en una de esas gestiones en busca de votos, sostuve una larga conversación con el Califa Al Guneim, uno de los hombres más poderosos de Kuwait, quien me dijo entonces que Kuwait estaba dispuesta a pagar una refinería en Panamá si refinaban petróleo kuwaití. Como suele ocurrir, el asunto se quedó en cartas metidas en escritorios.
Ahora bien, en 1989, una de las más poderosas empresas del Japón, por intermedio mío y en mi presencia, le entregó al Ministro de Planificación un ofrecimiento de financiar el ciento por ciento de una refinería de mil ochocientos millones de dólares (de entonces) para refinar petróleo crudo mejicano y exportar combustóleos para uso en calefacción de hogares y de establecimientos industriales en el este de Estados Unidos, producir nafta para aprovisionar aviones en Tocumen y France Field, bunker para abastecer a los barcos que transitaban por el Canal y, además, toda la gama de combustibles de consumo local que podrían venderse a precios bajos gracias a las grandes ganancias que las otras refinaciones producirían. Además, como ñapa vendrían puertos en ambos océanos, redes de carreteras, y un par de negocios grandes más, y mejor todavía, esa empresa sí tiene los procesos descontaminantes necesarios para el crudo mejicano.
La oferta seguramente sigue en pie porque se basaba en legislación japonesa para fomentar la exportación de fábricas, y sin el peligro que ahora surge del hecho de que PEMEX no tenga procesos para la eliminación del alto contenido de azufre del petróleo mejicano cuya refinación con los procesos de PEMEX han a México contaminado por todas partes. Ese peligro para nosotros consiste en que el azufre y demás contaminantes podrían acabar con los bosques de la cuenca hidrográfica del Canal, o sea que nos quedamos sin Canal porque no habría lluvia en cantidades suficientes, y sin la famosa biodiversidad que tanto pregonan las agencias de turismo. Además, si se hiciera en Puerto Armuelles, como han dicho los periódicos, se acabarían tanto el banano de ambas costas como el auge turístico de Bocas del Toro porque el escogimiento de Puerto Armuelles implica el propósito de usar el oleoducto para el trasiego del petróleo refinado que, para los efectos de contaminar, da lo mismo.
¿Cuándo aprenderemos a mirar con "las luces largas" de que hablaba Omar Torrijos? ¿Vamos a seguir viéndolo todo con los espejuelos estadounidenses que sólo presentan como factible y beneficioso lo que represente "short term material gain" o coimas en su traducción al español panameño? ¿Por qué regalar a otros el mayor conjunto de proyectos que se ha presentado después de la construcción del Canal? ¿Cuándo vamos a aprender a tratar con los grandes y no con los advenedizos en el movimiento del gran capital? ¿Cuándo vamos a pensar en esa "riqueza permanente" que significa progreso duradero para todos?

101 años de Panamá América

 
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