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La hora de la sangre


Siglo XXI ¡Ha llegado el momento! ¡Torquemadas, agoreros, verdugos medievales! ¡Despertad y salid de vuestras tumbas y vuestros "closets"! La hora de la sangre está aquí. Hoy se han quitado la careta los seudo demócratas, fascistas y explotadores de siempre. Ya no hay por qué fingir. Ignoremos las mojigatas organizaciones de derechos humanos y los alcahuetes defensores de la infancia. ¡Arrasemos con los criminales! bbb¡Viva la pena de muerte!
¡Ahorquemos al que roba; fusilemos al que se levante contra el orden establecido; electrocutemos al que mata; castremos al que viola; eliminemos a los adolescentes que han sucumbido a la violencia que los crió y que ya no tienen remedio! Y luego, cuando ya no quede nadie capaz de robar una miga de pan, nosotros, los impolutos, los dueños de la verdad, volvámonos contra los corruptos detentadores del poder.
¡Lapidemos a las legisladoras! ¡Quememos a los legisladores en una pira gigantesca para halagar a nuestros dioses de las tinieblas! ¡Degollemos a los ministros de Estado y a los y gobernantes de los últimos 30 años! ¡A todos sin excepción, junto a quienes venden nuestra dignidad con privatizaciones y tratados comerciales! ¡Derribemos la Corte de Supremas Injusticias con todos los magistrados habidos y por haber dentro de sus salas! Y después, cortemos las manos de los funcionarios que se han llevado lápices, bolígrafos y hojas de papel a sus casas para dárselos a sus hijos.
Entonces será la hora de los empresarios que no pagan las cuotas de seguro social y de los que explotan a sus trabajadores sin pagar el salario justo y las horas extraordinarias de faena. Nuestra justicia pedirá cuentas a los conductores de buses y taxis que han atropellado madres, niños y ancianas; a los que corren como desalmados por las vías de la ciudad, provocando la muerte de inocentes. Pagarán dueños y programadores de televisión que llenan de sangre, violencia y estupidez las pantallas que ven nuestros hijos.
Y cuando ya no quede nadie a quien culpar, a quien condenar, a quien eliminar, ante nuestros santos e incorruptibles ojos, carguemos contra nosotros mismos. Liquidémonos en una orgía final de sangre que borre de la faz de la tierra, como lo dijo Gaspar Octavio, a quienes traicionaron el sueño de construir una patria solidaria, una sociedad justa y equitativa. Y al que quede de último, al que mate al penúltimo, le tocará el honor de apagar la luz y largarse, bajo juramento de no volver a mencionar el nombre de este pedazo de tierra que alguna vez quiso ser un país.

101 años de Panamá América

 
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