La horca de la televisión para los niños y los jóvenes
CUANDO comenzaron los primeros ensayos masivos exitosos de ese milagroso medio que se llama televisión, hubo grandes celebraciones entre los preocupados por la educación y por la difusión de la cultura (entendida como una civilización con un grado específico de desarrollo intelectual y con grandes momentos de arte y de literatura). Todavía hace un par de años, duraba el entusiasmo al punto de que el anterior Secretario General de las Naciones Unidas llegó a decir que Internet era la salvación de los pueblos atrasados.
Pues no, señor. No ha sido así ni nada parecido. Basándose en las experiencias de los nazis con la radio y en las de los estadounidenses con el cine, los poderosos del mundo han comprendido que la pantalla del televisor ofrece el medio ideal para manipular a los seres humanos, para embrutecer a las masas y para establecer fórmulas válidas de control del pensamiento.
Así como después de la sacudida del 14 de julio de 1789 y de la decapitación de los capetos, las monarquías europeas y sus sucedáneos en las viejas colonias británicas tomaron medidas drásticas y establecieron la educación en dos niveles (two-tiered education), ahora los poderosos han llegado a la conclusión de que es más efectiva la imbecilización general. Ernst Robert Curtius, en una de sus obras más importantes, escribió que la Revolución Francesa fue el momento en que el idioma dejó de ser lo más importante en la educación europea, y ya los alemanes crearon la palabra Verdummung para indicar ese proceso de imbecilización.
Más aún, los avances de la neurofisiología demuestran que, cuando el cerebro sólo mira imágenes, se atrofian sus funciones racionales. El cerebro se acostumbra a trabajar con el hemisferio derecho, que procesa en bloques, y no con el izquierdo que es la sede del lenguaje y del raciocinio, procesos eminentemente lineales. También hay otros medios embrutecedores como la discoteca sicodélica, con luces en desorden permanente y ruidos ensordecedores, además de otras sutilezas como la promiscuidad aplaudida y la droga como moda elegante.
Ahora bien, ¿a qué viene todo esto? Sencillamente porque, encima del desastre absoluto de la educación y del abrumador porcentaje de analfabetos potenciales que hay en nuestra población, la televisión de cable en Panamá ha eliminado los únicos programas que se podían llamar culturales o educativos, entre ellos el EuroChannel además del canal del Christian Science Monitor que murió hace tiempo sin que nadie monitoreara su defunción y el People & Arts aparece de vez en cuando si su programación no es formativa. De lo poco que queda en el Canal Cinco, menos es lo que se ve porque la gente piensa que es como ir a misa.
Cuando era yo algo joven todavía (cosa que dista mucho del presente) llegué a imaginarme transmisiones del Louvre, de la Galleria degli Uffizi, de la Pinacoteca de Leningrado, del National Gallery de Londres, del Prado y del Lazaro Galdeano de Madrid, así como también oír transmisiones de Wanda Landowska tocando Das wohltemperierte Klavier de Bach o Le Quattro Stagioni de Vivaldi en la incomparable interpretación de los Solisti di Zagreb, y pensé también en clases de gramática y de matemáticas como las de la NHK del Japón hace un cuarto de siglo, en posibles grandes charlas sobre arte e historia como las maravillosas 48 medias horas de The western tradition de Eugen Weber o las de Civilisation de Sir Kenneth Clark, y series bellísimas como la que hicieron los italianos con I promesi sposi de Goldoni. Al igual que muchos de los otros de entonces, vanos y efímeros resultaron esos sueños.
Actualmente, la mitad del tiempo de la televisión está dedicado a anuncios comerciales. Del resto, un tercio es violencia, un tercio son fantasmagorías engañosas llenas de mensajes subliminales para dominar el consumismo y la sumisión en la niñez, en tanto que el tercio restante está dedicado a la pornografía que sólo presenta visiones falseadas del acto sexual, como si esa fuente de placer y de reproducción de la especie necesitara propaganda. Recuerdo que, hace un siglo, el conde León Tolstoi, que fue mujerieguísimo por cierto, en una de sus conversaciones con Máximo Gorki (que leí en inglés porque no tengo idea del ruso), afirmó que el placer sexual había sido objeto de mucha exageración (it has been grossly exaggerated) .
Pregunto, pues, ahora, señores dueños de los canales televisivos y de los sistemas de televisión por cable, ¿se han puesto ustedes a pensar el precio que está pagando el país actualmente y el que pagará en el futuro por las horas sin cuento que pasan niños y jóvenes imbecilizándose frente a la pantalla del televisor? Señores gobernantes, ¿no es tiempo ya de que exijan por lo menos un diez por ciento de programas realmente educativos y realmente culturales? ¿No es tiempo ya de que siquiera le quiten la banda sonora de curacha y salsa que disfraza y ahoga el sonido en los pocos programas realmente buenos del Canal Once?
Cuando la vida culta desaparece de los pueblos, viene la barbarie como lo ha demostrado la historia varias veces incluso en Europa con el Renacimiento, pero esta vez no habrá trivio ni cuadrivio ni tampoco un Petrarca que venga a rescatar al mundo de las tinieblas de la ignorancia y a salvar al ser humano de la bestialización definitiva que ya hace 150 años vaticinaba el dramaturgo Ludwig Grillparzer.
Pues no, señor. No ha sido así ni nada parecido. Basándose en las experiencias de los nazis con la radio y en las de los estadounidenses con el cine, los poderosos del mundo han comprendido que la pantalla del televisor ofrece el medio ideal para manipular a los seres humanos, para embrutecer a las masas y para establecer fórmulas válidas de control del pensamiento.
Así como después de la sacudida del 14 de julio de 1789 y de la decapitación de los capetos, las monarquías europeas y sus sucedáneos en las viejas colonias británicas tomaron medidas drásticas y establecieron la educación en dos niveles (two-tiered education), ahora los poderosos han llegado a la conclusión de que es más efectiva la imbecilización general. Ernst Robert Curtius, en una de sus obras más importantes, escribió que la Revolución Francesa fue el momento en que el idioma dejó de ser lo más importante en la educación europea, y ya los alemanes crearon la palabra Verdummung para indicar ese proceso de imbecilización.
Más aún, los avances de la neurofisiología demuestran que, cuando el cerebro sólo mira imágenes, se atrofian sus funciones racionales. El cerebro se acostumbra a trabajar con el hemisferio derecho, que procesa en bloques, y no con el izquierdo que es la sede del lenguaje y del raciocinio, procesos eminentemente lineales. También hay otros medios embrutecedores como la discoteca sicodélica, con luces en desorden permanente y ruidos ensordecedores, además de otras sutilezas como la promiscuidad aplaudida y la droga como moda elegante.
Ahora bien, ¿a qué viene todo esto? Sencillamente porque, encima del desastre absoluto de la educación y del abrumador porcentaje de analfabetos potenciales que hay en nuestra población, la televisión de cable en Panamá ha eliminado los únicos programas que se podían llamar culturales o educativos, entre ellos el EuroChannel además del canal del Christian Science Monitor que murió hace tiempo sin que nadie monitoreara su defunción y el People & Arts aparece de vez en cuando si su programación no es formativa. De lo poco que queda en el Canal Cinco, menos es lo que se ve porque la gente piensa que es como ir a misa.
Cuando era yo algo joven todavía (cosa que dista mucho del presente) llegué a imaginarme transmisiones del Louvre, de la Galleria degli Uffizi, de la Pinacoteca de Leningrado, del National Gallery de Londres, del Prado y del Lazaro Galdeano de Madrid, así como también oír transmisiones de Wanda Landowska tocando Das wohltemperierte Klavier de Bach o Le Quattro Stagioni de Vivaldi en la incomparable interpretación de los Solisti di Zagreb, y pensé también en clases de gramática y de matemáticas como las de la NHK del Japón hace un cuarto de siglo, en posibles grandes charlas sobre arte e historia como las maravillosas 48 medias horas de The western tradition de Eugen Weber o las de Civilisation de Sir Kenneth Clark, y series bellísimas como la que hicieron los italianos con I promesi sposi de Goldoni. Al igual que muchos de los otros de entonces, vanos y efímeros resultaron esos sueños.
Actualmente, la mitad del tiempo de la televisión está dedicado a anuncios comerciales. Del resto, un tercio es violencia, un tercio son fantasmagorías engañosas llenas de mensajes subliminales para dominar el consumismo y la sumisión en la niñez, en tanto que el tercio restante está dedicado a la pornografía que sólo presenta visiones falseadas del acto sexual, como si esa fuente de placer y de reproducción de la especie necesitara propaganda. Recuerdo que, hace un siglo, el conde León Tolstoi, que fue mujerieguísimo por cierto, en una de sus conversaciones con Máximo Gorki (que leí en inglés porque no tengo idea del ruso), afirmó que el placer sexual había sido objeto de mucha exageración (it has been grossly exaggerated) .
Pregunto, pues, ahora, señores dueños de los canales televisivos y de los sistemas de televisión por cable, ¿se han puesto ustedes a pensar el precio que está pagando el país actualmente y el que pagará en el futuro por las horas sin cuento que pasan niños y jóvenes imbecilizándose frente a la pantalla del televisor? Señores gobernantes, ¿no es tiempo ya de que exijan por lo menos un diez por ciento de programas realmente educativos y realmente culturales? ¿No es tiempo ya de que siquiera le quiten la banda sonora de curacha y salsa que disfraza y ahoga el sonido en los pocos programas realmente buenos del Canal Once?
Cuando la vida culta desaparece de los pueblos, viene la barbarie como lo ha demostrado la historia varias veces incluso en Europa con el Renacimiento, pero esta vez no habrá trivio ni cuadrivio ni tampoco un Petrarca que venga a rescatar al mundo de las tinieblas de la ignorancia y a salvar al ser humano de la bestialización definitiva que ya hace 150 años vaticinaba el dramaturgo Ludwig Grillparzer.