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La mira torcida


Hemos visto las presentaciones de los candidatos presidenciales en un programa televisivo, que antecedieron a la de Mireya Moscoso. La amabilidad y cortesía que pusieron de relieve las moderadoras ante sus dos primeros invitados, parece que se les terminó con ellos, pues fue evidente el desplante, rigurosidad, cuestionamiento personal y deliberado propósito de humillar a la invitada.
Parecía una "encerrona" como se denomina al planificado cuestionamiento para un expositor que se le pide el favor de contribuir con un programa. Hubo alusión a hechos que denotan la intención de demostrar ignorancia en la invitada. Por ejemplo, la pregunta sobre el número de suscriptores del Tratado de Neutralidad. Si al acucioso de esa pregunta se le hubiese pedido que dijera cuánto dinero en efectivo cargaba en sus bolsillos o cartera, se habría equivocado. La pedantería mostró ignorancia por parte de los escogidos cuestionadores.
La temática sobre Educación trajo a colación un Convenio Internacional, con el que se quiso demostrar que se tienen todos los conocimientos sobre la materia. La desfachatez fue sublime. Pero allí estuvo la habilidad de la candidata triunfadora en las próximas elecciones. Como era de esperarse, y así lo aconseja la más simple lógica, se respondió que el problema educativo concierne a todos. Educadores, padres de familia y Estado. La consulta más amplia conduciría a la mejor solución, sin imposiciones de programas de modernización destinados al fracaso.
No se pudo ocultar el interés del programa por auscultar intimidades de la candidata, casi con irrespeto a su condición de dama, peor aún cuando la dirección del programa estuvo a cargo precisamente de damas. Solo la paciencia y actitud reflexiva de la invitada, evitó respuestas a nivel y en el tono de las preguntas, algunas ofensivas. Era inocultable el afán de encontrar áreas que no pudieran ser abordadas por la candidata. La mira estaba torcida, tenía la dirección fijada hacia otros propósitos distintos de los patrióticos. Había que reducir a toda costa la capacidad de respuesta de la entrevistada.
Cuando se le preguntó sobre su educación personal, la pregunta tenía un mal sabor. Pudo hacerse con elegancia, profesionalismo, capacidad investigativa, pero careció de todo lo que el verdadero periodismo postula. Hubo sencillez en la respuesta, procurando ignorar las fallas lamentables que adornaron la pregunta. No dudo de la capacidad de Doña Mireya para dirigir los destinos del país, implementando un programa que ataque la pobreza educando a la gente para salir de ella, auxiliando con políticas económicas a los pequeños empresarios, para que generen empleos en todo el país, penetrando con caminos a las áreas de producción y revisando las políticas de libre mercado, impuestas para eliminar al competidor en pequeña escala.
El programa fue una tribuna que permitió a la candidata regalarle sintonía a la estación televisiva. Sin Mireya no habrían tenido la atención a nivel nacional que se logró con su presencia. No obstante, también tuvo de positivo el hecho de que la candidata demostró habilidad, sensatez, cordura, prudencia y amor patrio. Hemos tenido presidentes que con un rosario de títulos académicos, algunos dudosos, se han presentado como los más capaces. Los resultados han sido desastrosos. Más pobreza, corrupción generalizada, enriquecimiento de pocos, alto costo de la educación, de la salud, insuficiencia de equipos e insumos médicos, muchos paseos y aumento de gastos suntuarios, despilfarro administrativo, en fin todas las lacras sociales y públicas incontrolables.
Mi apreciación muy personal es que la mira estuvo torcida, que teniendo a alguien como invitada, se estaba fijando el interés del programa en otras direcciones y lo demostró el selecto grupo de invitados, especialmente conocidos promotores de un candidato perdedor por naturaleza. Por ello, el no concurrir al debate con éste candidato, encumbra a Doña Mireya, pues ha sido consistente en su posición. Por otro lado los debates no resuelven nada, y los candidatos ofrecen todo. Recuerden cuando Carter dijo el famoso Never, sobre la devolución del Canal de Panamá. Poco tiempo después firmaba el tratado que lo desmentía. No comparto la idea del debate por lo poco eficaz, mejor es conseguir los votos en otra forma más segura.

101 años de Panamá América

 
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