¡La moral del presidente!
Hablemos con dignidad y con firmeza a los candidatos a la Presidencia de la República para el período 2004-2009. Hagámoslo con el ruego de que tomen muy en serio el mandato del pueblo, el interés patrio y del bien común, lamentablemente vulnerados por el desgobierno mireyista. Que tomen nota y no lo olviden: Los bienes del Estado son bienes del pueblo. Es menester arraigar en el ciudadano el concepto de que hay que tratar esos bienes con consideración y cuidado, porque todo daño a los mismos incide en la economía y el patrimonio general.
Quien, como Presidente del país convierte la función pública en un pretexto para satisfacer sus caprichos, en un trampolín para sus menguadas ambiciones, en un instrumento para su enriquecimiento ilícito o en un laboratorio de deshonestas maquinaciones en las que son ingredientes fatales el nepotismo, el favoritismo, la prebenda, el peculado y el soborno; burla el mandato conferido y traiciona la confianza prodigada, incurriendo en un delito de lesa dignidad patriótica.
Así como no hay moral pública sin moral privada, de la misma manera puede afirmarse que nada compromete más la moral de los de abajo que el mal ejemplo que les ofrecen los de arriba, sobre todo el Presidente. La moral es indivisible. Sólo Maquiavelo se atrevió a afirmar que hay dos morales: una pública y una privada.
La Constitución Nacional prevé el juicio político para el primer magistrado de la Nación, como también a los ministros de Estado y a los miembros del Organo Judicial, pero es necesario tener presente que son muchas las personas que intervienen para la marcha del complejo mecanismo de un gobierno administrando cuantiosos intereses. Por eso conviene seleccionar, mediante concursos, a los funcionarios de la Administración Pública.
La fe en el destino de nuestro Panamá es una de las formas del bien; las oscuras fuerzas que conspiran contra ese destino son uno de los semblantes del mal.
El quehacer panameño debe estar en todo momento comprometido con la responsabilidad de no malograr el futuro, cuya realización no depende de factores sobrenaturales ni obedecen a una necesidad inexorable, sino a lo que el hombre y la mujer panameños hagan o dejen de hacer en su favor. Por supuesto que la responsabilidad primera y mayor corresponde al hombre o la mujer de gobierno, que está obligado(a), como ningún otro, a regir los actos de su vida oficial y privada con arreglo a los principios que en todo lugar y en todo tiempo y circunstancia define una conducta intachable. De él (o ella) pudiera decirse lo que de la mujer del César, que aparte de ser honrada, debe parecerlo. Entre sus virtudes cardinales se hallan la probidad más celosa y la austeridad más acrisolada.
Probidad consistente no sólo en el escrupuloso manejo de los caudales del fisco y en el acatamiento estricto de la Ley, que lo tiene de principal custodio y encargado de hacerla respetar a todos los ciudadanos, sino en permanecer al margen de todo aquello que pueda llevarlo a utilizar la influencia de su alto cargo en provecho de sus intereses personales. Austeridad para no comprometer el decoro de la investidura con exhibiciones equívocos, ni adquirir compromisos; así sean los nacidos de los simples vínculos amistosos, capaces de apartarlo del recto cumplimiento de sus obligaciones.
Quien ocupa o quien ocupe el cargo de Presidente de la República (lo tenemos dicho) con espíritu desaprensivo, pensando sólo en la retribución material o en las ventajas personales que el mismo pueda proporcionar, interpreta equivocadamente la función y usurpa un sitio que está reservado para un semejante mejor dotado y más útil en el terreno del orden general.
La autoridad del Presidente debe ejercerse por virtud de sus valores intelectuales, morales y espirituales. Su poder no puede ampararse en los fueros de la demagogia ni en la magia del caudillismo. Aquellas prácticas nefastas del pasado, no tienen cabida en el presente y futuro de la nación panameña.
Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!
Quien, como Presidente del país convierte la función pública en un pretexto para satisfacer sus caprichos, en un trampolín para sus menguadas ambiciones, en un instrumento para su enriquecimiento ilícito o en un laboratorio de deshonestas maquinaciones en las que son ingredientes fatales el nepotismo, el favoritismo, la prebenda, el peculado y el soborno; burla el mandato conferido y traiciona la confianza prodigada, incurriendo en un delito de lesa dignidad patriótica.
Así como no hay moral pública sin moral privada, de la misma manera puede afirmarse que nada compromete más la moral de los de abajo que el mal ejemplo que les ofrecen los de arriba, sobre todo el Presidente. La moral es indivisible. Sólo Maquiavelo se atrevió a afirmar que hay dos morales: una pública y una privada.
La Constitución Nacional prevé el juicio político para el primer magistrado de la Nación, como también a los ministros de Estado y a los miembros del Organo Judicial, pero es necesario tener presente que son muchas las personas que intervienen para la marcha del complejo mecanismo de un gobierno administrando cuantiosos intereses. Por eso conviene seleccionar, mediante concursos, a los funcionarios de la Administración Pública.
La fe en el destino de nuestro Panamá es una de las formas del bien; las oscuras fuerzas que conspiran contra ese destino son uno de los semblantes del mal.
El quehacer panameño debe estar en todo momento comprometido con la responsabilidad de no malograr el futuro, cuya realización no depende de factores sobrenaturales ni obedecen a una necesidad inexorable, sino a lo que el hombre y la mujer panameños hagan o dejen de hacer en su favor. Por supuesto que la responsabilidad primera y mayor corresponde al hombre o la mujer de gobierno, que está obligado(a), como ningún otro, a regir los actos de su vida oficial y privada con arreglo a los principios que en todo lugar y en todo tiempo y circunstancia define una conducta intachable. De él (o ella) pudiera decirse lo que de la mujer del César, que aparte de ser honrada, debe parecerlo. Entre sus virtudes cardinales se hallan la probidad más celosa y la austeridad más acrisolada.
Probidad consistente no sólo en el escrupuloso manejo de los caudales del fisco y en el acatamiento estricto de la Ley, que lo tiene de principal custodio y encargado de hacerla respetar a todos los ciudadanos, sino en permanecer al margen de todo aquello que pueda llevarlo a utilizar la influencia de su alto cargo en provecho de sus intereses personales. Austeridad para no comprometer el decoro de la investidura con exhibiciones equívocos, ni adquirir compromisos; así sean los nacidos de los simples vínculos amistosos, capaces de apartarlo del recto cumplimiento de sus obligaciones.
Quien ocupa o quien ocupe el cargo de Presidente de la República (lo tenemos dicho) con espíritu desaprensivo, pensando sólo en la retribución material o en las ventajas personales que el mismo pueda proporcionar, interpreta equivocadamente la función y usurpa un sitio que está reservado para un semejante mejor dotado y más útil en el terreno del orden general.
La autoridad del Presidente debe ejercerse por virtud de sus valores intelectuales, morales y espirituales. Su poder no puede ampararse en los fueros de la demagogia ni en la magia del caudillismo. Aquellas prácticas nefastas del pasado, no tienen cabida en el presente y futuro de la nación panameña.
Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!