La Organización de Estados Americanos ante las crisis
WASHINGTON- Al igual que los gatos, la Organización de Estados Americanos (OEA) parece tener nueve vidas. Cada vez que se avecina una crisis, como la creada por los recientes comicios presidenciales en el Perú, se alza un coro de voces advirtiendo que la nueva crisis constituye "el más grave desafío de su existencia".
Tampoco faltan elementos antagónicos al sistema regional, que no esconden su júbilo de que "finalmente" el sistema interamericano, fundado en Washington en 1898, podría estrellarse contra las rocas del nuevo "desafío" y hundirse. Pero tropiezo tras tropiezo, la nave política regional más antigua del mundo parece seguir su curso sin experimentar el deterioro que muchos anticipaban.
Durante los últimos 50 años, por ejemplo, este corresponsal ha presenciado las siguientes crisis que generaron este tipo de vaticinios apocalípticos:
Tras la condena por "comunismo" al presidente democráticamente electo de Guatemala, Jacobo Arbenz, por la Asamblea General realizada en Caracas en 1954, políticos progresistas, como el escritor dominicano Juan Bosch, denunciaron a la OEA como el "Ministerio de Colonias" de los Estados Unidos.
En 1958 la OEA perdió una importante oportunidad al permitir que Washington bloqueara la iniciativa del presidente de Brasil, Juscelino Kubitschek, de iniciar un vasto plan de desarrollo económico social. La llamada "Operación Panamericana", que diplomáticos de Brasil, Colombia y México consideraron pudo haber frustrado el vuelco de la próxima revolución cubana hacia el comunismo, sirvió de modelo para la Alianza para el Progreso del presidente John F. Kennedy.
Sin haber condenado a Estados Unidos por el apoyo que prestó a los exiliados cubanos en Bahía de Cochinos en 1961, tres años más tarde una reunión extraordinaria en Punta del Este decidió suspender a Cuba del organismo regional causando lo que muchos consideraron una "irreparable" daño a la reputación del organismo regional;
Veteranos diplomáticos, así como historiadores académicos coincidieron en declarar "muerta" a la OEA en 1982, cuando Estados Unidos apoyó a Gran Bretaña en su lucha por recuperar las Malvinas (Islas Falkland) de la Argentina, después que el régimen militar de ese país las ocupo sumariamente.
La posición de Washington se consideró violatorio del Tratado de Seguridad Mutua firmado en Río de Janeiro en 1948, en el que todos los miembros de la OEA se comprometían a asistir a cualquier país amenazado por una potencia extracontinental.
Muchos, sostienen que el fracaso de la OEA en condenar al general Manuel Antonio Noriega en 1989, dio luz verde a que Estados Unidos invadiera a Panamá para realizar su captura por tráfico de drogas.
En aquel momento, Gabriel Lewis Galindo, uno de los líderes de la Cruzada Cívica que trató de obtener las sanciones del Consejo de la OEA contra el régimen de Noriega, expresó su disgusto en privado, "no me vuelvas a hablar de esta organización."
Sin embargo, cuando Panamá recibió la plena soberanía del Canal, el pasado diciembre, fue el mismo Consejo que aclamó el histórico momento, a la vez que el presidente Bill Clinton declinó asistir a las ceremonias.
Nadie mejor que los veteranos diplomático Viron P. Vaky, un ex-secretario adjunto de Estado para Latinoamérica, y Heraldo Muñoz, actual subsecretario de Relaciones Exteriores de Chile, analizaron el problema "sistémico" de la OEA en un libro publicado por el Diálogo Interamericano, apuntalando que su principal defecto es la "asimetría" creada por el preponderante poder de Estados Unidos.
"No obstante de que la Carta de la OEA firmada en Bogotá en 1948 otorga a cada país, pequeño o grande, el mismo derecho de voto, ese principio democrático se reduce a escombros cuando enfrenta situaciones como las que se presentaron durante la Guerra Fría y la lucha contra el comunismo," recordó Vaky durante una reciente conversación. Sin embargo, en este nuevo período de la posguerra Fría, se está creando una nueva correlación de fuerzas con el surgimiento de Brasil y el impacto del Mercosur y la coherencia que ofrece el Grupo de Río, además de la presencia de Canadá en la OEA.
Irónicamente, en estos días muchos diplomáticos dan mejores notas a los esfuerzos por promover a la democracia en el hemisferio, como ante los recientes conatos militares en Paraguay y Ecuador, que a los dudosos esfuerzos por mantener la paz de la Organización de las Naciones Unidas.
Tampoco faltan elementos antagónicos al sistema regional, que no esconden su júbilo de que "finalmente" el sistema interamericano, fundado en Washington en 1898, podría estrellarse contra las rocas del nuevo "desafío" y hundirse. Pero tropiezo tras tropiezo, la nave política regional más antigua del mundo parece seguir su curso sin experimentar el deterioro que muchos anticipaban.
Durante los últimos 50 años, por ejemplo, este corresponsal ha presenciado las siguientes crisis que generaron este tipo de vaticinios apocalípticos:
Tras la condena por "comunismo" al presidente democráticamente electo de Guatemala, Jacobo Arbenz, por la Asamblea General realizada en Caracas en 1954, políticos progresistas, como el escritor dominicano Juan Bosch, denunciaron a la OEA como el "Ministerio de Colonias" de los Estados Unidos.
En 1958 la OEA perdió una importante oportunidad al permitir que Washington bloqueara la iniciativa del presidente de Brasil, Juscelino Kubitschek, de iniciar un vasto plan de desarrollo económico social. La llamada "Operación Panamericana", que diplomáticos de Brasil, Colombia y México consideraron pudo haber frustrado el vuelco de la próxima revolución cubana hacia el comunismo, sirvió de modelo para la Alianza para el Progreso del presidente John F. Kennedy.
Sin haber condenado a Estados Unidos por el apoyo que prestó a los exiliados cubanos en Bahía de Cochinos en 1961, tres años más tarde una reunión extraordinaria en Punta del Este decidió suspender a Cuba del organismo regional causando lo que muchos consideraron una "irreparable" daño a la reputación del organismo regional;
Veteranos diplomáticos, así como historiadores académicos coincidieron en declarar "muerta" a la OEA en 1982, cuando Estados Unidos apoyó a Gran Bretaña en su lucha por recuperar las Malvinas (Islas Falkland) de la Argentina, después que el régimen militar de ese país las ocupo sumariamente.
La posición de Washington se consideró violatorio del Tratado de Seguridad Mutua firmado en Río de Janeiro en 1948, en el que todos los miembros de la OEA se comprometían a asistir a cualquier país amenazado por una potencia extracontinental.
Muchos, sostienen que el fracaso de la OEA en condenar al general Manuel Antonio Noriega en 1989, dio luz verde a que Estados Unidos invadiera a Panamá para realizar su captura por tráfico de drogas.
En aquel momento, Gabriel Lewis Galindo, uno de los líderes de la Cruzada Cívica que trató de obtener las sanciones del Consejo de la OEA contra el régimen de Noriega, expresó su disgusto en privado, "no me vuelvas a hablar de esta organización."
Sin embargo, cuando Panamá recibió la plena soberanía del Canal, el pasado diciembre, fue el mismo Consejo que aclamó el histórico momento, a la vez que el presidente Bill Clinton declinó asistir a las ceremonias.
Nadie mejor que los veteranos diplomático Viron P. Vaky, un ex-secretario adjunto de Estado para Latinoamérica, y Heraldo Muñoz, actual subsecretario de Relaciones Exteriores de Chile, analizaron el problema "sistémico" de la OEA en un libro publicado por el Diálogo Interamericano, apuntalando que su principal defecto es la "asimetría" creada por el preponderante poder de Estados Unidos.
"No obstante de que la Carta de la OEA firmada en Bogotá en 1948 otorga a cada país, pequeño o grande, el mismo derecho de voto, ese principio democrático se reduce a escombros cuando enfrenta situaciones como las que se presentaron durante la Guerra Fría y la lucha contra el comunismo," recordó Vaky durante una reciente conversación. Sin embargo, en este nuevo período de la posguerra Fría, se está creando una nueva correlación de fuerzas con el surgimiento de Brasil y el impacto del Mercosur y la coherencia que ofrece el Grupo de Río, además de la presencia de Canadá en la OEA.
Irónicamente, en estos días muchos diplomáticos dan mejores notas a los esfuerzos por promover a la democracia en el hemisferio, como ante los recientes conatos militares en Paraguay y Ecuador, que a los dudosos esfuerzos por mantener la paz de la Organización de las Naciones Unidas.