La suerte de Venezuela nos importa a todos
Venezuela no es un país más de nuestra América Latina. Al origen de la independencia de buena parte de nuestros pueblos se encuentra un hijo de Caracas, el Libertador por antonomasia. Y al origen de nuestra vocación integracionista, hoy más que nunca sentida como imperativo realizable, se encuentra el mismo hijo de Venezuela, Simón Bolívar.
Si América Latina por primera vez en su historia vive casi toda entera en democracia, imperfecta y a veces frustrante, pero con más libertades y mayor vigencia de los derechos humanos que en ningún otro momento de su historia, Venezuela ha jugado un papel imprescindible en ello, realizando durante medio siglo una convivencia democrática que nos sirvió de ejemplo, nos ofreció asilo fraterno y nos tendió una mano solidaria.
Ahora que su democracia hace crisis, se juega su destino nacional y se da la paradoja de un ex-militar golpista electo Presidente y convocando plebiscitariamente a la formulación de un nuevo ordenamiento constitucional, no tenemos derecho a olvidar los inestimables servicios democratizadores que nos rindió el pueblo venezolano. Lo hizo a través de sus dos grandes partidos, hoy tan vilipendiados, Acción Democrática y Copei, y de sus dirigentes, hoy tan criticados, Rómulo Betancour y Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns.
Los demócratas latinoamericanos no podemos negar, aunque nos duela, lo que acontece en Venezuela. La crisis económica es manifiesta en uno de los países más ricos de nuestro continente. Las familias venezolanas han perdido en los últimos cinco años el 33% de sus ingresos y el 80% de las mismas no logran cubrir totalmente la canasta básica. La crisis política no es menos manifiesta. La última década ha estado marcada por revueltas populares, intentos de golpe de Estado, la destitución de un Presidente por corrupción y una elección en la cual los candidatos de los dos principales partidos fueron desautorizados para intentar impedir la victoria del ex-militar golpista y con ello sólo se provocó su triunfo más contundente aún.
Venezuela tocó fondo. ¿Resurgirá ahora bajo su nuevo Presidente? Eso es lo que todos nos preguntamos con angustia, al mismo tiempo que lo deseamos por el bien de nuestros hermanos venezolanos. Su discurso de toma de posesión el 2 de febrero recién pasado nos permite evaluar el talante de Chávez, no ya de candidato que aboga por el fin del status quo, ni de recién electo que busca la aceptación de la comunidad internacional, sino de Presidente que inicia la dura tarea de realizar una mutación profunda y de satisfacer las radicales expectativas de su pueblo.
En el discurso impresiona en primer lugar la identificación reverencial con "nuestro Padre infinito, El Libertador". A partir de ella, se dirige no sólo a los venezolanos, sino a los "hermanos del continente, hermanos del mundo entero", y se da un aspecto muy positivo de su mensaje, al proclamarse acelerador de la integración, promotor de "un gran bloque de fuerza" latinoamericano en un mundo multipolar.
Pero a la vez, esta identificación lo hace enfocar la tarea del desarrollo humano según un modelo militar. Llega a plantear la formación de Unidades Especializadas de las Fuerzas Armadas, "para abrir operaciones de guerra contra la miseria, la desnutrición, la desmoralización". Desvirtúa así una concepción adecuada del desarrollo humano, que exige la participación pluralista de la sociedad civil a través de sus asociaciones, gremios, sindicatos, organismos no gubernamentales y también a través de sus partidos. Como consecuencia, afirma la errónea concepción de que no se puede esperar a obtener un título universitario porque urge la lucha social. Concibe el interés del país erróneamente no como realidad que abarca la interacción y conjugación de intereses personales y de grupo, sino como algo colectivo, previo y aparte. Considera que en el fondo la ciencia política y la militar son lo mismo y que "el desarrollo es parte de la defensa". Hay un militarismo implícito en el trasfondo de su enfoque.
En su visión del trauma venezolano, Chávez destaca con razón la crisis moral, la económica, "ahora la galopante y terrible crisis social" y la política. Describe la dimensión social patéticamente, llevado al punto de llorar por el espectáculo de "niños limpiando las tumbas de los cementerios". Frente a este cuadro propone su "proyecto de transición", un proyecto de desarrollo integral, que implica "una democracia verdadera", para la cual se requiere "la revolución política" de refundar una nueva República. Sobre ello no hay marcha atrás.
Pero lo que destaca de esta revolución es una Constituyente y lo que insinúa sobre una nueva Constitución es la posibilidad de la reelección. Dice: "cuando tenga que entregar el gobierno dentro de cinco o diez años, no sé cuántos, o uno o dos..., uno o diez". La "verdadera resurrección" que pregona difícilmente se puede forjar tan sólo con una nueva Constitución, que permita la reelección.
Chávez define su proyecto como "buscando un punto intermedio" entre el estatismo y el neoliberalismo, con "tanto Estado como sea necesario y tanto mercado como sea posible". A base de esa fórmula atinada, pero no revolucionaria, trata de "impulsar y arrancar con inversión privada". A base de ella ha mantenido a la Ministra de Hacienda del Presidente Caldera, le ha planteado de inmediato al Congreso una Ley Habilitante para ejercer poderes extraordinarios de modo a rebajar el déficit fiscal de 9% del PIB a por lo menos la mitad en su primer año y piensa entenderse con las IFIs. Pero este propósito ineludible acarrea no un alivio de lo que sufre el pueblo venezolano, sino su continuación todavía.
¿Tendrá el Presidente Chávez el tiempo y la sabiduría para desarmar la "bomba de tiempo" que él mismo dice que le han entregado? ¿O presionado por la imposibilidad de satisfacer rápidamente las expectativas económicas de un pueblo acosado, se verá tentado de concentrar en sus manos todo el poder público, rechazando lo que él tilda de "consenso retrógrado", para promover una nueva Constitución a la medida de su protagonismo unipersonal con enfoque militarista?
"Yo no soy el diablo", reclama con razón y nada se ganaría con demonizarlo. "Yo no soy causa, soy consecuencia" añade en su discurso inaugural, en gran parte improvisado. Allí estriba el fondo del problema. Para "la refundación de la República, la relegitimación de la democracia", que es su objetivo, se necesita ser más causa que consecuencia. Un Bolívar de comienzos del siglo XXI no puede recurrir a ejércitos, ni cruzar los Andes a pie y a caballo, ni librar batallas de Carabobo a Ayacucho. Tiene que lidiar con ciencia y tecnología, alcanzar los equilibrios macroeconómicos con sacrificios colectivos y forjar consenso en la sociedad civil y política para relanzar la democracia e impulsar un desarrollo humano con equidad.
La suerte de Venezuela nos importa a todos los que, con sentido histórico, sentimos aprecio profundo por su aporte al resto de América Latina. Por ello deseamos que el Presidente Chávez actúe más como demócrata que como militar, a imagen y semejanza más del Bolívar civil de la Carta de Jamaica que del Bolívar de la Constitución de Bolivia con su presidencia vitalicia
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Si América Latina por primera vez en su historia vive casi toda entera en democracia, imperfecta y a veces frustrante, pero con más libertades y mayor vigencia de los derechos humanos que en ningún otro momento de su historia, Venezuela ha jugado un papel imprescindible en ello, realizando durante medio siglo una convivencia democrática que nos sirvió de ejemplo, nos ofreció asilo fraterno y nos tendió una mano solidaria.
Ahora que su democracia hace crisis, se juega su destino nacional y se da la paradoja de un ex-militar golpista electo Presidente y convocando plebiscitariamente a la formulación de un nuevo ordenamiento constitucional, no tenemos derecho a olvidar los inestimables servicios democratizadores que nos rindió el pueblo venezolano. Lo hizo a través de sus dos grandes partidos, hoy tan vilipendiados, Acción Democrática y Copei, y de sus dirigentes, hoy tan criticados, Rómulo Betancour y Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns.
Los demócratas latinoamericanos no podemos negar, aunque nos duela, lo que acontece en Venezuela. La crisis económica es manifiesta en uno de los países más ricos de nuestro continente. Las familias venezolanas han perdido en los últimos cinco años el 33% de sus ingresos y el 80% de las mismas no logran cubrir totalmente la canasta básica. La crisis política no es menos manifiesta. La última década ha estado marcada por revueltas populares, intentos de golpe de Estado, la destitución de un Presidente por corrupción y una elección en la cual los candidatos de los dos principales partidos fueron desautorizados para intentar impedir la victoria del ex-militar golpista y con ello sólo se provocó su triunfo más contundente aún.
Venezuela tocó fondo. ¿Resurgirá ahora bajo su nuevo Presidente? Eso es lo que todos nos preguntamos con angustia, al mismo tiempo que lo deseamos por el bien de nuestros hermanos venezolanos. Su discurso de toma de posesión el 2 de febrero recién pasado nos permite evaluar el talante de Chávez, no ya de candidato que aboga por el fin del status quo, ni de recién electo que busca la aceptación de la comunidad internacional, sino de Presidente que inicia la dura tarea de realizar una mutación profunda y de satisfacer las radicales expectativas de su pueblo.
En el discurso impresiona en primer lugar la identificación reverencial con "nuestro Padre infinito, El Libertador". A partir de ella, se dirige no sólo a los venezolanos, sino a los "hermanos del continente, hermanos del mundo entero", y se da un aspecto muy positivo de su mensaje, al proclamarse acelerador de la integración, promotor de "un gran bloque de fuerza" latinoamericano en un mundo multipolar.
Pero a la vez, esta identificación lo hace enfocar la tarea del desarrollo humano según un modelo militar. Llega a plantear la formación de Unidades Especializadas de las Fuerzas Armadas, "para abrir operaciones de guerra contra la miseria, la desnutrición, la desmoralización". Desvirtúa así una concepción adecuada del desarrollo humano, que exige la participación pluralista de la sociedad civil a través de sus asociaciones, gremios, sindicatos, organismos no gubernamentales y también a través de sus partidos. Como consecuencia, afirma la errónea concepción de que no se puede esperar a obtener un título universitario porque urge la lucha social. Concibe el interés del país erróneamente no como realidad que abarca la interacción y conjugación de intereses personales y de grupo, sino como algo colectivo, previo y aparte. Considera que en el fondo la ciencia política y la militar son lo mismo y que "el desarrollo es parte de la defensa". Hay un militarismo implícito en el trasfondo de su enfoque.
En su visión del trauma venezolano, Chávez destaca con razón la crisis moral, la económica, "ahora la galopante y terrible crisis social" y la política. Describe la dimensión social patéticamente, llevado al punto de llorar por el espectáculo de "niños limpiando las tumbas de los cementerios". Frente a este cuadro propone su "proyecto de transición", un proyecto de desarrollo integral, que implica "una democracia verdadera", para la cual se requiere "la revolución política" de refundar una nueva República. Sobre ello no hay marcha atrás.
Pero lo que destaca de esta revolución es una Constituyente y lo que insinúa sobre una nueva Constitución es la posibilidad de la reelección. Dice: "cuando tenga que entregar el gobierno dentro de cinco o diez años, no sé cuántos, o uno o dos..., uno o diez". La "verdadera resurrección" que pregona difícilmente se puede forjar tan sólo con una nueva Constitución, que permita la reelección.
Chávez define su proyecto como "buscando un punto intermedio" entre el estatismo y el neoliberalismo, con "tanto Estado como sea necesario y tanto mercado como sea posible". A base de esa fórmula atinada, pero no revolucionaria, trata de "impulsar y arrancar con inversión privada". A base de ella ha mantenido a la Ministra de Hacienda del Presidente Caldera, le ha planteado de inmediato al Congreso una Ley Habilitante para ejercer poderes extraordinarios de modo a rebajar el déficit fiscal de 9% del PIB a por lo menos la mitad en su primer año y piensa entenderse con las IFIs. Pero este propósito ineludible acarrea no un alivio de lo que sufre el pueblo venezolano, sino su continuación todavía.
¿Tendrá el Presidente Chávez el tiempo y la sabiduría para desarmar la "bomba de tiempo" que él mismo dice que le han entregado? ¿O presionado por la imposibilidad de satisfacer rápidamente las expectativas económicas de un pueblo acosado, se verá tentado de concentrar en sus manos todo el poder público, rechazando lo que él tilda de "consenso retrógrado", para promover una nueva Constitución a la medida de su protagonismo unipersonal con enfoque militarista?
"Yo no soy el diablo", reclama con razón y nada se ganaría con demonizarlo. "Yo no soy causa, soy consecuencia" añade en su discurso inaugural, en gran parte improvisado. Allí estriba el fondo del problema. Para "la refundación de la República, la relegitimación de la democracia", que es su objetivo, se necesita ser más causa que consecuencia. Un Bolívar de comienzos del siglo XXI no puede recurrir a ejércitos, ni cruzar los Andes a pie y a caballo, ni librar batallas de Carabobo a Ayacucho. Tiene que lidiar con ciencia y tecnología, alcanzar los equilibrios macroeconómicos con sacrificios colectivos y forjar consenso en la sociedad civil y política para relanzar la democracia e impulsar un desarrollo humano con equidad.
La suerte de Venezuela nos importa a todos los que, con sentido histórico, sentimos aprecio profundo por su aporte al resto de América Latina. Por ello deseamos que el Presidente Chávez actúe más como demócrata que como militar, a imagen y semejanza más del Bolívar civil de la Carta de Jamaica que del Bolívar de la Constitución de Bolivia con su presidencia vitalicia
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