La victoria de Chávez
El presidente venezolano, Hugo Chávez, revalidó el domingo pasado su mandato, quedando ahora sí con las manos libres para, como dice, dedicarse a gobernar de veras, tras 18 agitados meses de conducir a empellones a su país hacia lo que denomina es una revolución pacífica de adecentamiento. Es en sumo grado carismático, como lo muestra el haber cosechado su sexto triunfo electoral consecutivo, incluyendo la aprobación de una nueva constitución, que rompió con todos los moldes conocidos. Ni el nombre del país se salvó; ahora se llama República Bolivariana de Venezuela.
De la cárcel al poder por el voto popular, podría intitularse su aventura, que comienza ahora otra etapa decisiva, la de respaldar con hechos su verbo vacío. Se estima que la mitad de los 24 millones de habitantes de la nación vive en pobreza, incluyendo un tipo inédito que los técnicos venezolanos llaman "pobreza atroz", o sea aquellos que viven a la intemperie y comen basura.
A todo esto, Chávez es un hombre con suerte. Los precios del petróleo se elevaron casi al momento mismo en que ganó su primera elección. Hoy son cuatro veces más elevados que entonces y le ha permitido sobrevivir con una economía postrada por la incertidumbre.
Hasta en su peor momento, el de las devastadoras inundaciones del invierno pasado, tuvo suerte. Envió al ejército a repartir ayuda y a sofocar con mano dura los saqueos; y no titubeó en dar la orden de tirar a matar, que según sus detractores, se ejecutó generosamente y se aderezó con torturas.
"La mejor defensa es el ataque", dice cualquier manual militar, y Chávez, coronel golpista, sigue el principio con maestría. Cuando durante una entrevista se le increpó por la excesiva delincuencia, respondió: "¿Qué cree haría usted si sus hijos y su familia mueren de hambre? A las pocas semanas saldrá a matar y robar al primero que encuentre". Nadie le acusó entonces de apología del delito, pues culpó a los corruptos partidos y políticos de antaño. Los pobres lo siguen como su última esperanza. Si falla, la nación podría colombianizarse.
Ni la Iglesia se salvó. Cuando las oligarquías criollas acudieron a ella para detenerlo, se lanzó sobre el clero y lo acusó de aliarse a los enemigos del pueblo. El peligroso mensaje caló y el episcopado retrocedió. Y no era para menos a juzgar los antecedentes de quien, llegado al poder sin mayoría parlamentaria y con todo el poder judicial y demás en contra, se arriesgó por una constituyente que lo rehiciera todo hasta sus cimientos.
¿A dónde irá Chávez? Nadie lo sabe. Su receta es demagógica, pero le resulta infalible. Es de esperar que su categórico triunfo de 60% contra 37% le vacunen por un tiempo contra los sables de sus ex colegas. No se descarta, incluso, que muestre moderación en lo sucesivo. Ha demostrado coraje y habilidad pese a sus limitaciones, o un buen instinto para quienes le niegan crédito. Preferimos no subestimar a quien hasta ahora siempre cae de pie.
De la cárcel al poder por el voto popular, podría intitularse su aventura, que comienza ahora otra etapa decisiva, la de respaldar con hechos su verbo vacío. Se estima que la mitad de los 24 millones de habitantes de la nación vive en pobreza, incluyendo un tipo inédito que los técnicos venezolanos llaman "pobreza atroz", o sea aquellos que viven a la intemperie y comen basura.
A todo esto, Chávez es un hombre con suerte. Los precios del petróleo se elevaron casi al momento mismo en que ganó su primera elección. Hoy son cuatro veces más elevados que entonces y le ha permitido sobrevivir con una economía postrada por la incertidumbre.
Hasta en su peor momento, el de las devastadoras inundaciones del invierno pasado, tuvo suerte. Envió al ejército a repartir ayuda y a sofocar con mano dura los saqueos; y no titubeó en dar la orden de tirar a matar, que según sus detractores, se ejecutó generosamente y se aderezó con torturas.
"La mejor defensa es el ataque", dice cualquier manual militar, y Chávez, coronel golpista, sigue el principio con maestría. Cuando durante una entrevista se le increpó por la excesiva delincuencia, respondió: "¿Qué cree haría usted si sus hijos y su familia mueren de hambre? A las pocas semanas saldrá a matar y robar al primero que encuentre". Nadie le acusó entonces de apología del delito, pues culpó a los corruptos partidos y políticos de antaño. Los pobres lo siguen como su última esperanza. Si falla, la nación podría colombianizarse.
Ni la Iglesia se salvó. Cuando las oligarquías criollas acudieron a ella para detenerlo, se lanzó sobre el clero y lo acusó de aliarse a los enemigos del pueblo. El peligroso mensaje caló y el episcopado retrocedió. Y no era para menos a juzgar los antecedentes de quien, llegado al poder sin mayoría parlamentaria y con todo el poder judicial y demás en contra, se arriesgó por una constituyente que lo rehiciera todo hasta sus cimientos.
¿A dónde irá Chávez? Nadie lo sabe. Su receta es demagógica, pero le resulta infalible. Es de esperar que su categórico triunfo de 60% contra 37% le vacunen por un tiempo contra los sables de sus ex colegas. No se descarta, incluso, que muestre moderación en lo sucesivo. Ha demostrado coraje y habilidad pese a sus limitaciones, o un buen instinto para quienes le niegan crédito. Preferimos no subestimar a quien hasta ahora siempre cae de pie.