La vida tras un accidente
Aproximadamente al año recorro más de 17 mil kilómetros, equivalente a 46.5 kms diarios, tomando 2.30 horas en recorrerlos, lo significa al año 38 días al volante. ¿No cree que estoy vivo por la misericordia de Dios, a quien se lo agradezco?
En tres oportunidades he sufrido accidentes menores. Pero un día de octubre de 1986, mi hermano menor fue violentamente colisionado por un auto cuyo conductor, por distracción y por no chocarse con un autobús que iba delante de él, se cambió al paño contrario, ocasionándole serias lesiones que lo mantuvieron hospitalizado por 330 días. Por lesiones físicas, su esposa, tres hijos y una profesora que les acompañaba fueron también internados, permaneciendo unos más que otros varios días, y requiriendo de algunas intervenciones. Mi hermano fue operado más de cuatro veces, y durante todo ese tiempo requirió de atención y ayuda para movilizarse a las sesiones de rehabilitación y de muchos cuidados.
Pero, ¿qué consecuencias tienen los accidentes en las personas que sobreviven, y sus familiares? ¿Qué consecuencias tienen los accidentes en los lesionados y cómo es la vida en una familia en la cual hubo fallecidos directos o lesionados de gravedad? Los cambios son radicales y deberá pasar mucho tiempo para superar el estrés postraumático, las secuelas legales y económicas.
Los accidentes de tránsito representan para Europa su principal problema de salud pública, debido al enorme número de decesos y lesionados que tiene cada año. Sólo en el 2003 fue de 50,000 muertos y el total de lesionados e inválidos alcanzó la suma de 6,000,000 de personas y $$250,000 millones en pérdidas.
En nuestro país, el año pasado fallecieron 421 personas, estimándose en unas 1500 lesionadas en 35,000 accidentes y en 181,000 infracciones al reglamento. Atendiendo a estas cifras, tenemos un muerto anual por cada 1,110 automóviles del parque automotriz, uno por cada 83 accidentes y uno por cada 429 infracciones. Igualmente, en el 2003 del total de accidentes, 83% fue colisiones, un 3.9% atropellos, 7.9% choques y un 3.3% resultó de vuelcos y caídas.
Según estas estadísticas, nos estamos matando por vía de las colisiones y los atropellos, principalmente. Estas dos causas acumulan el más alto porcentaje de fallecidos desde el 2000, en que del total de 1611, el 33.5% resultó por colisiones y el 38.7% lo fue por atropello, representando el 72.2% del total de muertos para esos cuatro años.
En suma, se puede inferir que una potencial causa de riesgo de morir por accidentes de tránsito está en la creciente tendencia de los conductores a la transgresión del reglamento y a la falta de educación vial de los peatones.
Es una carrera hacia a la muerte y la invalidez prematura que trae consigo el enorme costo psicológico que han de afrontar las familias de los fallecidos y lesionados por esta causa. Además de las pérdidas económicas, a los sobrevivientes y familiares les cambia la vida radicalmente. Por ejemplo, en una investigación realizada en Europa, en una muestra de 10,000 familiares de las víctimas se encontró una amplia gama de trastornos y sufrimientos, como pérdida de interés, ataques de ansiedad, fobias, trastornos alimenticios, ira, resentimiento, sentimientos suicidas, trastornos en el patrón de sueño y una creciente falta de confianza en que podrán normalizar su vida, sobre todo cuando el accidente implicó la mutilación o incapacidad parcial o total para valerse por sí mismos. Cuando han de pasar por la escena del suceso, el pánico se apodera de ellos, generando gran angustia y desesperación. Muchos no vuelven a conducir.
Recientemente, he visto y oído en varios espacios radiales, televisivos y en la prensa escrita una mayor disponibilidad y sensibilidad para buscar una solución a este problema.
Ante la inevitabilidad de esta carrera desenfrenada hacia la muerte, hemos de emprender acciones preventivas y paliativas de variada naturaleza y alcance.
Una actualización del Código de Tránsito y de Seguridad Vial, un plan de educación vial en las escuelas y centros de trabajo, el mejoramiento del sistema de ayuda a las víctimas en el lugar del accidente y, lo más importante, el aseguramiento del proceso terapéutico en los días inmediatos al evento traumático y la creación de un programa de integración psicológica y social a las actividades regulares de la persona, apoyados en procesos legales y de seguro, rápidos y justos.
En tres oportunidades he sufrido accidentes menores. Pero un día de octubre de 1986, mi hermano menor fue violentamente colisionado por un auto cuyo conductor, por distracción y por no chocarse con un autobús que iba delante de él, se cambió al paño contrario, ocasionándole serias lesiones que lo mantuvieron hospitalizado por 330 días. Por lesiones físicas, su esposa, tres hijos y una profesora que les acompañaba fueron también internados, permaneciendo unos más que otros varios días, y requiriendo de algunas intervenciones. Mi hermano fue operado más de cuatro veces, y durante todo ese tiempo requirió de atención y ayuda para movilizarse a las sesiones de rehabilitación y de muchos cuidados.
Pero, ¿qué consecuencias tienen los accidentes en las personas que sobreviven, y sus familiares? ¿Qué consecuencias tienen los accidentes en los lesionados y cómo es la vida en una familia en la cual hubo fallecidos directos o lesionados de gravedad? Los cambios son radicales y deberá pasar mucho tiempo para superar el estrés postraumático, las secuelas legales y económicas.
Los accidentes de tránsito representan para Europa su principal problema de salud pública, debido al enorme número de decesos y lesionados que tiene cada año. Sólo en el 2003 fue de 50,000 muertos y el total de lesionados e inválidos alcanzó la suma de 6,000,000 de personas y $$250,000 millones en pérdidas.
En nuestro país, el año pasado fallecieron 421 personas, estimándose en unas 1500 lesionadas en 35,000 accidentes y en 181,000 infracciones al reglamento. Atendiendo a estas cifras, tenemos un muerto anual por cada 1,110 automóviles del parque automotriz, uno por cada 83 accidentes y uno por cada 429 infracciones. Igualmente, en el 2003 del total de accidentes, 83% fue colisiones, un 3.9% atropellos, 7.9% choques y un 3.3% resultó de vuelcos y caídas.
Según estas estadísticas, nos estamos matando por vía de las colisiones y los atropellos, principalmente. Estas dos causas acumulan el más alto porcentaje de fallecidos desde el 2000, en que del total de 1611, el 33.5% resultó por colisiones y el 38.7% lo fue por atropello, representando el 72.2% del total de muertos para esos cuatro años.
En suma, se puede inferir que una potencial causa de riesgo de morir por accidentes de tránsito está en la creciente tendencia de los conductores a la transgresión del reglamento y a la falta de educación vial de los peatones.
Es una carrera hacia a la muerte y la invalidez prematura que trae consigo el enorme costo psicológico que han de afrontar las familias de los fallecidos y lesionados por esta causa. Además de las pérdidas económicas, a los sobrevivientes y familiares les cambia la vida radicalmente. Por ejemplo, en una investigación realizada en Europa, en una muestra de 10,000 familiares de las víctimas se encontró una amplia gama de trastornos y sufrimientos, como pérdida de interés, ataques de ansiedad, fobias, trastornos alimenticios, ira, resentimiento, sentimientos suicidas, trastornos en el patrón de sueño y una creciente falta de confianza en que podrán normalizar su vida, sobre todo cuando el accidente implicó la mutilación o incapacidad parcial o total para valerse por sí mismos. Cuando han de pasar por la escena del suceso, el pánico se apodera de ellos, generando gran angustia y desesperación. Muchos no vuelven a conducir.
Recientemente, he visto y oído en varios espacios radiales, televisivos y en la prensa escrita una mayor disponibilidad y sensibilidad para buscar una solución a este problema.
Ante la inevitabilidad de esta carrera desenfrenada hacia la muerte, hemos de emprender acciones preventivas y paliativas de variada naturaleza y alcance.
Una actualización del Código de Tránsito y de Seguridad Vial, un plan de educación vial en las escuelas y centros de trabajo, el mejoramiento del sistema de ayuda a las víctimas en el lugar del accidente y, lo más importante, el aseguramiento del proceso terapéutico en los días inmediatos al evento traumático y la creación de un programa de integración psicológica y social a las actividades regulares de la persona, apoyados en procesos legales y de seguro, rápidos y justos.