Las "Causas Justas" de USA
Usualmente cuando se dan los intervencionismos militares de las grandes potencias siempre se esgrimen toda clase de excusas que pretenden justificar semejante arbitrariedad.
A través de forjarse los Estados Unidos de Norteamérica sus propios enemigos (Noriega, Sadam Hussein, Milosevich, Bin Laden, etc.), que antes fueron sus amigos y aliados y ayudaron a encumbrar para luego conducirlos, cuando ya no le son útiles, a situaciones de claras injusticias y violación de todos los derechos, Estados Unidos ha generado una forma de intervención y relaciones exteriores basadas en la fuerza y poder, desconociendo abiertamente la facultad exclusiva de la ONU para tales efectos.
Desde la operación "Justa Causa", en el caso de la invasión de Panamá en 1989, se ha venido perfilándose, hasta convertirse hoy día en una de las estrategias de injerencia y de legitimación importante para las potencias occidentales, la "intervención libertadora" que se abroga Estados Unidos, matizada de humanitarismo.
En definitiva, "el intervencionismo humanitario" de humanitario no tiene nada. Tiene mucho que ver con la defensa de intereses y con la consolidación de unas formas de relación fundadas en el poder que se consolida e impone frente a la sociedad, generando una dinámica con tendencia a acrecentarse.
No hay duda de que la llamada solución de los llamados "problemas humanitarios" lo que hace es generar otros problemas mayores. La primera víctima es la población civil y en segundo lugar la desaparición de unas relaciones entre Estados fundamentadas en la soberanía e igualdad entre los mismos. El llamado "intervencionismo humanitario" no hace más que aumentar la crueldad, la arbitrariedad, el enfrentamiento, el predominio de la fuerza y el poder disfrazando en derechos, que no son otra cosa que intereses y no precisamente los de las víctimas.
De acuerdo con el Dr. Carlos Taibo Arias, profesor de Ciencias Políticas de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, son cuatro las circunstancias que permiten la ocurrencia del "intervencionismo humanitario" y las explica de la siguiente forma: "La primera la aporta el final de la confrontación entre bloques: se han venido abajo muchas de las reglas del juego que operaban antaño, y en particular las vinculadas con un sistema de contrapesos y de vetos avalado por las grandes potencias. El vacío generado no ha sido colmado por ningún nuevo sistema de reglas, lo cual no ha dejado de suscitar alguna nostalgia por un pasado que nada tenía, tampoco, de saludable. En segundo lugar, y como aparente pero liviana compensación a ese vacío, la Organización de Naciones Unidas (ONU) ha asumido un papel de relativa preeminencia, y ello aun cuando la pujanza creciente de la OTAN ha ido oscureciéndolo. Entre las marcas de ese papel se ha contado en algunos casos el designio de legitimar intervenciones humanitarias, de tal suerte que algo que en el pasado gozaba de escaso predicamento hoy parece recibir de vez en cuando una bendición áurea. Un tercer elemento, éste sólo marginalmente novedoso, es el que remite a una revisión de un viejo principio: el de la soberanía de los estados. Aunque la discusión correspondiente ha estado siempre en el candelero, parece fuera de duda que al amparo de los aires "globalizadores", y de algunas astutas operaciones, han proliferado lecturas más bien propicias a asumir que no es saludable que los estados sean tan soberanos como algunos manuales parecen sugerir. Queda por mencionar, en fin, un cuarto factor: aunque puedan no ser importantes en lo que se refiere a las intervenciones en sí, los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales (ONG) desempeñan hoy un papel inédito en el debate sobre aquéllas. Así las cosas, afirmando, a duras penas puede hablarse de intervenciones sin referirse primero, y con prolijidad, a unos y a otras", concluye el ilustre profesor de Ciencia Política.
Ciertamente, cada vez más, los Estados Unidos de Norteamérica utilizan, con mayor frecuencia, la excusa del "intervencionismo humanitario" para imponer sus intereses particulares, validos de su hegemonía como única superpotencia mundial y "a los ingenuos que siguen pensando en la ONU como una instancia multilateral que se comporta a la manera de un democrático parlamento de Estados y no se han dado cuenta que la ONU es, muy al contrario, uno de los muchos instrumentos, acaso no el más fiel o el más eficaz, al servicio de los grandes del planeta y a duras penas puede separarse esa condición del recorrido final que han asumido algunas intervenciones humanitarias".
Próximamente algún lugar del mundo será víctima de otra intervención, sólo queda por ver si insisten en el "intervencionismo humanitario" o bien deciden, de una vez por todas, hablar claro y aceptar que se trata de la preservación de sus intereses particulares, como parece ocurrir con Irak que ha motivado declaraciones del presidente Bush en el sentido de que "el desplazamiento de Hussein del poder proporcionaría un mundo mucho más tranquilo". A saber Dios a qué tranquilidad y pasividad se refiere este señor. ¿Será acaso la misma que la OTAN adquirió en Yugoslavia?, en la que ha sido necesaria la destrucción de Yugoslavia, tras más de diez semanas de bombardeos, causando enormes padecimientos y muchas víctimas al pueblo serbio y el martirio del pueblo kosovar, que ha sufrido una carnicería bajo las bombas de la OTAN y la acción de los paramilitares serbios, con la secuela de miles de muertos y casi un millón de refugiados hacinados en Macedonia y Albania.
Clinton, Blair, Solana, etc. justifican esta catástrofe bajo el argumento de que era necesaria la intervención para conseguir el objetivo de poner fin al genocidio de los kosovares. En realidad, el acuerdo no significa más que la liquidación de "la justa causa" por la autodeterminación nacional del pueblo albanés de Kosovo, que vuelve a sus hogares destruidos por los bombardeos de la OTAN y las bandas paramilitares serbias para vivir ahora bajo la instauración de un protectorado internacional dividido en cinco zonas bajo control de las potencias hegemónicas en esa guerra: EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia.
A través de forjarse los Estados Unidos de Norteamérica sus propios enemigos (Noriega, Sadam Hussein, Milosevich, Bin Laden, etc.), que antes fueron sus amigos y aliados y ayudaron a encumbrar para luego conducirlos, cuando ya no le son útiles, a situaciones de claras injusticias y violación de todos los derechos, Estados Unidos ha generado una forma de intervención y relaciones exteriores basadas en la fuerza y poder, desconociendo abiertamente la facultad exclusiva de la ONU para tales efectos.
Desde la operación "Justa Causa", en el caso de la invasión de Panamá en 1989, se ha venido perfilándose, hasta convertirse hoy día en una de las estrategias de injerencia y de legitimación importante para las potencias occidentales, la "intervención libertadora" que se abroga Estados Unidos, matizada de humanitarismo.
En definitiva, "el intervencionismo humanitario" de humanitario no tiene nada. Tiene mucho que ver con la defensa de intereses y con la consolidación de unas formas de relación fundadas en el poder que se consolida e impone frente a la sociedad, generando una dinámica con tendencia a acrecentarse.
No hay duda de que la llamada solución de los llamados "problemas humanitarios" lo que hace es generar otros problemas mayores. La primera víctima es la población civil y en segundo lugar la desaparición de unas relaciones entre Estados fundamentadas en la soberanía e igualdad entre los mismos. El llamado "intervencionismo humanitario" no hace más que aumentar la crueldad, la arbitrariedad, el enfrentamiento, el predominio de la fuerza y el poder disfrazando en derechos, que no son otra cosa que intereses y no precisamente los de las víctimas.
De acuerdo con el Dr. Carlos Taibo Arias, profesor de Ciencias Políticas de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, son cuatro las circunstancias que permiten la ocurrencia del "intervencionismo humanitario" y las explica de la siguiente forma: "La primera la aporta el final de la confrontación entre bloques: se han venido abajo muchas de las reglas del juego que operaban antaño, y en particular las vinculadas con un sistema de contrapesos y de vetos avalado por las grandes potencias. El vacío generado no ha sido colmado por ningún nuevo sistema de reglas, lo cual no ha dejado de suscitar alguna nostalgia por un pasado que nada tenía, tampoco, de saludable. En segundo lugar, y como aparente pero liviana compensación a ese vacío, la Organización de Naciones Unidas (ONU) ha asumido un papel de relativa preeminencia, y ello aun cuando la pujanza creciente de la OTAN ha ido oscureciéndolo. Entre las marcas de ese papel se ha contado en algunos casos el designio de legitimar intervenciones humanitarias, de tal suerte que algo que en el pasado gozaba de escaso predicamento hoy parece recibir de vez en cuando una bendición áurea. Un tercer elemento, éste sólo marginalmente novedoso, es el que remite a una revisión de un viejo principio: el de la soberanía de los estados. Aunque la discusión correspondiente ha estado siempre en el candelero, parece fuera de duda que al amparo de los aires "globalizadores", y de algunas astutas operaciones, han proliferado lecturas más bien propicias a asumir que no es saludable que los estados sean tan soberanos como algunos manuales parecen sugerir. Queda por mencionar, en fin, un cuarto factor: aunque puedan no ser importantes en lo que se refiere a las intervenciones en sí, los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales (ONG) desempeñan hoy un papel inédito en el debate sobre aquéllas. Así las cosas, afirmando, a duras penas puede hablarse de intervenciones sin referirse primero, y con prolijidad, a unos y a otras", concluye el ilustre profesor de Ciencia Política.
Ciertamente, cada vez más, los Estados Unidos de Norteamérica utilizan, con mayor frecuencia, la excusa del "intervencionismo humanitario" para imponer sus intereses particulares, validos de su hegemonía como única superpotencia mundial y "a los ingenuos que siguen pensando en la ONU como una instancia multilateral que se comporta a la manera de un democrático parlamento de Estados y no se han dado cuenta que la ONU es, muy al contrario, uno de los muchos instrumentos, acaso no el más fiel o el más eficaz, al servicio de los grandes del planeta y a duras penas puede separarse esa condición del recorrido final que han asumido algunas intervenciones humanitarias".
Próximamente algún lugar del mundo será víctima de otra intervención, sólo queda por ver si insisten en el "intervencionismo humanitario" o bien deciden, de una vez por todas, hablar claro y aceptar que se trata de la preservación de sus intereses particulares, como parece ocurrir con Irak que ha motivado declaraciones del presidente Bush en el sentido de que "el desplazamiento de Hussein del poder proporcionaría un mundo mucho más tranquilo". A saber Dios a qué tranquilidad y pasividad se refiere este señor. ¿Será acaso la misma que la OTAN adquirió en Yugoslavia?, en la que ha sido necesaria la destrucción de Yugoslavia, tras más de diez semanas de bombardeos, causando enormes padecimientos y muchas víctimas al pueblo serbio y el martirio del pueblo kosovar, que ha sufrido una carnicería bajo las bombas de la OTAN y la acción de los paramilitares serbios, con la secuela de miles de muertos y casi un millón de refugiados hacinados en Macedonia y Albania.
Clinton, Blair, Solana, etc. justifican esta catástrofe bajo el argumento de que era necesaria la intervención para conseguir el objetivo de poner fin al genocidio de los kosovares. En realidad, el acuerdo no significa más que la liquidación de "la justa causa" por la autodeterminación nacional del pueblo albanés de Kosovo, que vuelve a sus hogares destruidos por los bombardeos de la OTAN y las bandas paramilitares serbias para vivir ahora bajo la instauración de un protectorado internacional dividido en cinco zonas bajo control de las potencias hegemónicas en esa guerra: EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia.