default

Las tribulaciones de Policarpo Cuaresma


Ciego de cólera, devorado por el rencor y haciendo brillar sus linternas de fósforos en la sombra, un ex vicepresidente de la República, que se dio por aludido en mi artículo, sobre la servidumbre política, me ataca en términos personales con una retórica atenazada por un moralismo en chancletas. Al parecer, quiere asustarme con los estragos del vilipendio y la roña de la ignominia. A pesar de que el texto trata de parapetarse en la seriedad, fue escrito con el hígado, con amargura biliosa y con una pobreza intelectual que sí pondera la mediocridad de manera decidida. En realidad, en su temática subyacen las tribulaciones de Policarpo Cuaresma.
Con un aire tribunicio, ha dejado de lado mis interrogantes sobre META y ha soltado todas las peripecias de su judo moral en un sermonsete que en la hora del espíritu, marca una actitud de Torquemada medieval. En la primera instancia, el ex vicepresidente miente temerariamente cuando me relaciona con pérdidas de piezas arqueológicas y hechos donde estuvieron involucradas otras personas en el museo Reina Torres de Araúz, antes de mi designación como Director General del INAC. Después su discurso sólo merodea el umbral de las presunciones, y los bochinches (me dicen, podría contar lo que me han dicho, de ser ciertas). El problema de fondo aquí es, que a pesar de que mis detractores no han podido probar en los tribunales sus acusaciones, él me las endilga para desacreditarme.
De acuerdo al Manual de los Inquisidores, escrito por Nicolau Eirenic, el ex vicepresidente, con un odio visceral, ha aplicado a mi vida el punto 17 de la práctica inquisitorial que se llama "examen de presunciones". No creo que al final sea un tonto de baba, y no sepa que para los tribunales inquisitoriales el rumor constituye media prueba. Después el interfecto cita mis palabras fuera de contexto y por eso insisto en mis preguntas con relación a META: ¿Burbujea en la gloria pasajera, la perversión moral de la reputación de toda una vida? Tal vez en la indignación de la honorable demócrata Astrid Wolf haya una respuesta. Sea como sea es dable recordar la sagacidad vital de Shakespeare en Cariolano, cuando representa en escena los peligros de la servidumbre política: la pérdida de los valores y la corrupción del alma. Los cuales son el preludio de la tragedia.
Mientras el lector saca sus propias conclusiones, pienso que nadie debe sentirse ofendido, cuando la ofensa se la confieren sus propios actos. Con relación al tejemaneje creado por la amargura biliosa en torno a mi vida, no pretendo defenderme con un catálogo de mis virtudes, ni creo que las insinuaciones de la soberbia me dejen tundido y tasajeado ante la opinión pública.
No tengo esqueletos en el armario, ni he sido condenado por ningún delito, sin embargo sí debo confesar que he sido un hombre de fe y he bajado al infierno de los enamorados en busca de Eurídice; he padecido el invierno sin fuego y la soledad sin amigos, así como el cilicio de los amores que sólo existen en la nostalgia. Por eso, ¿pudo alguien desacreditarme con la roña de sus presunciones? Me alegra constatar que somos moralmente diferentes. No está demás decir que no he cobrado sueldos de ex vicepresidente sin trabajar, tampoco tengo que limpiar mi imagen con sepulcros blanqueados, ni con actitudes de Mesías de guardarropa. Creo en la amistad y guardo con orgullo mi inscripción en el CMLNJNP. Participé en todas las batallas nacionalistas de mi generación y las experiencias de mi vida no me las he ganado por correspondencia.
Mi novela Manosanta (Premio Ricardo Miró 1996), se defiende sola, sin embargo creo que es comprensible que el atufado crítico literario nunca haya leído ninguno de los 10 libros que he publicado, pero sí creo que debe recordar que me negué a recibir de sus manos el Premio Ricardo Miró en 1990, porque para mí el suscrito era la antítesis de los valores de la identidad nacional defendida en mi libro "Vienen de Panamá" (Premio Ricardo Miro de Cuentos 1990).
Felicitemos, pues, al ex vicepresidente, que se da por aludido cuando cuestiono la metáfora garrafal del político oportunista, pongamos a prueba su sagacidad de pesquisante y su agazapada floración de ingenio para identificar en mi vida personal sangre, ruleta y vampiresas. Creo que el moralismo en chancletas es tan viejo como el mundo y su graznido se escucha ya en la frontera del viejo testamento.
Ahora me permito recordarle al amable lector que en la literatura se han representado dramas con tribulaciones parecidas. Policarpo Cuaresma, el personaje de la novela de Lima Barreto, por sus artimañas quedó reducido a ser una pieza más en el monedero falso de los contubernios. De igual forma, en la novela de Carlos Fuentes, el personaje Artemio Cruz, maltrecho y abatido por el oportunismo, desata sus ligaduras de momia política y pretende ser un diamante en la molleja de una gallina. Con estos ejemplos el lector puede sospechar que, tanto en la política como en la literatura, el moralismo en chancleta no puede ocultar el problema de fondo: las acusaciones hay que probarlas, por lo demás no debemos olvidar cuando hay una fisura en el dogma, el cielo se viene abajo.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América