Lluvia de maestrías
El último siglo ha sido uno de los de mayor profundidad y extensión revolucionarias, en todas las esferas de la vida social y en toda la superficie de la tierra. No se necesitan pruebas de etapa tan convulsa y a la vez progresista del género humano, porque todos hemos sido y somos testigos de ella. También hacen la otra cara de la moneda los dolorosos padecimientos de la humanidad y de la parte menos favorecida de todos los pueblos. Pero sólo queremos referirnos al complejo tema de la educación superior, que como casi todo, pasa hoy por etapas críticas, nada fáciles de superar.
Las investigaciones educativas internacionales apuntan un crecimiento global de la demanda y la disminución paralela de los recursos económicos invertidos en los menesteres educativos. En contraste, la demanda espontánea se incrementa, mientras que se reconoce la necesidad de sortear deficiencias muy claras, más en lo relativo al desarrollo económico y social de los países, que debería ser el norte de toda la educación y muy poco lo es, sobre todo la universitaria.
Las líneas anteriores son una apertura al examen del fenómeno local de la presencia de numerosas universidades extranjeras, que tratan de suplir el mercado que ellas mismas han abierto y estimulado. La Universidad estatal ha aumentado sus cortedades y deficiencias. Lo que abre campo al sacrificio de familias de clase media que deben pagar altísimos costos para una profesionalización poco redituable de sus esfuerzos, por varias razones, dentro de las cuales es muy importante una oferta educativa que va muy a contrapelo de las necesidades reales de una sociedad, como la panameña, que es débil por marchar a la deriva.
Pero hay algunos aspectos más perceptibles que deben ser considerados. Ya hemos indicado, entre líneas, que en un país inorgánico, la educación presenta las características generales que alimentan mucho sus resultados deficitarios. El control de la enseñanza privada establecido constitucionalmente, que está plenamente justificado, no se cumple, a causa de las incapacidades eternizadas de su titular; es decir, de la Universidad oficial, que malamente cumple lo suyo y no se preocupa por lo de fuera. Pero ante la avalancha de los postgrados (para comenzar, maestría), en la Universidad privada, la oficial no quiso quedarse rezagada, y concurrió a la mediocracia reinante.
La Maestría no debe ser considerada como algo propio de una "Universidad nocturna", lo que desfigura la eficacia del postgrado. En vez de rebajarse a las conveniencias artificiales y negativas del medio, debe elevarse a una excelencia que beneficiará a los estudiantes, a sus familias y al país. Cuando en éste no había la cantidad actual de universidades privadas, era indispensable que el candidato viajara al extranjero, con una fuerte inversión económica, que podía sufragar con un préstamo del IFARHU o con sacrificios de su bolsillo y de sus familiares. Pero de modo obligatorio se convertía en un estudiante profesional y se dedicaba, en el extranjero, a la maestría y/o al doctorado. Nada le llevaba a perder el tiempo completo que debía dedicar a sus estudios y a graduarse.
La situación del aspirante local al postgrado es muy distinta, por término medio. Sigue viviendo con su familia; sigue haciendo su trabajo para satisfacer todos sus gastos y los de los suyos, sobre todo si está casado y tiene hijos; sigue cumpliendo con sus obligaciones familiares, que incluso comprenden la necesaria distracción, y a veces la especial propia; es decir, su distracción infaltable. Y el resultado general es casi siempre el de un postgrado mediocre o el de fracaso. Además, el medio no propicia el esfuerzo investigativo, que es tan necesario en ese aprendizaje. Sobre todo en materia de humanidades, la bibliografía que se encuentra localmente es muy pobre, lo mismo que en algunas especialidades científicas, abundando más la que se relaciona con profesiones económicas, por razones obvias pero limitadas.
La persona que viaja al extranjero tras un postgrado debe convertirse en estudiante profesional, a tiempo completo, o sea 25 horas o algo más al día, estirando lo más ese material inflamable que es el tiempo. No tiene fines de semana, para pasear, y menos para pachanguear, lo que impone fuerte dedicación al estudio, a la investigación y estar alerta para ir haciendo inventario de todo lo que le puede permitir en avanzar en proyectos para su tesis de graduación, que es algo indispensable y una verdadera prueba de resultado excelente. Incluso, aunque no haya demasiadas exigencias curriculares, la asistencia a clases y a investigaciones resultan indispensables, por razones obvias.
Como profesor de la Universidad de Panamá, por más de 30 años, y de algunas maestrías locales, he podido reflexionar sobre estas situaciones, principalmente por haberlas vivido en cursos de maestría y de doctorado, y concluir que nuestros resultados se circunscriben desfavorablemente, por las circunstancias anotadas. Lo que no dice mucho de las exigencias que se consideran posibles entre nosotros, y que no dan un fruto general de resultados positivos, en la mayoría de los casos, sino en las excepciones. Es lo que hemos llamado lluvia de maestrías, no sólo por su número, sino por lo escaso que rinden aquí, hasta la fecha.
Las investigaciones educativas internacionales apuntan un crecimiento global de la demanda y la disminución paralela de los recursos económicos invertidos en los menesteres educativos. En contraste, la demanda espontánea se incrementa, mientras que se reconoce la necesidad de sortear deficiencias muy claras, más en lo relativo al desarrollo económico y social de los países, que debería ser el norte de toda la educación y muy poco lo es, sobre todo la universitaria.
Las líneas anteriores son una apertura al examen del fenómeno local de la presencia de numerosas universidades extranjeras, que tratan de suplir el mercado que ellas mismas han abierto y estimulado. La Universidad estatal ha aumentado sus cortedades y deficiencias. Lo que abre campo al sacrificio de familias de clase media que deben pagar altísimos costos para una profesionalización poco redituable de sus esfuerzos, por varias razones, dentro de las cuales es muy importante una oferta educativa que va muy a contrapelo de las necesidades reales de una sociedad, como la panameña, que es débil por marchar a la deriva.
Pero hay algunos aspectos más perceptibles que deben ser considerados. Ya hemos indicado, entre líneas, que en un país inorgánico, la educación presenta las características generales que alimentan mucho sus resultados deficitarios. El control de la enseñanza privada establecido constitucionalmente, que está plenamente justificado, no se cumple, a causa de las incapacidades eternizadas de su titular; es decir, de la Universidad oficial, que malamente cumple lo suyo y no se preocupa por lo de fuera. Pero ante la avalancha de los postgrados (para comenzar, maestría), en la Universidad privada, la oficial no quiso quedarse rezagada, y concurrió a la mediocracia reinante.
La Maestría no debe ser considerada como algo propio de una "Universidad nocturna", lo que desfigura la eficacia del postgrado. En vez de rebajarse a las conveniencias artificiales y negativas del medio, debe elevarse a una excelencia que beneficiará a los estudiantes, a sus familias y al país. Cuando en éste no había la cantidad actual de universidades privadas, era indispensable que el candidato viajara al extranjero, con una fuerte inversión económica, que podía sufragar con un préstamo del IFARHU o con sacrificios de su bolsillo y de sus familiares. Pero de modo obligatorio se convertía en un estudiante profesional y se dedicaba, en el extranjero, a la maestría y/o al doctorado. Nada le llevaba a perder el tiempo completo que debía dedicar a sus estudios y a graduarse.
La situación del aspirante local al postgrado es muy distinta, por término medio. Sigue viviendo con su familia; sigue haciendo su trabajo para satisfacer todos sus gastos y los de los suyos, sobre todo si está casado y tiene hijos; sigue cumpliendo con sus obligaciones familiares, que incluso comprenden la necesaria distracción, y a veces la especial propia; es decir, su distracción infaltable. Y el resultado general es casi siempre el de un postgrado mediocre o el de fracaso. Además, el medio no propicia el esfuerzo investigativo, que es tan necesario en ese aprendizaje. Sobre todo en materia de humanidades, la bibliografía que se encuentra localmente es muy pobre, lo mismo que en algunas especialidades científicas, abundando más la que se relaciona con profesiones económicas, por razones obvias pero limitadas.
La persona que viaja al extranjero tras un postgrado debe convertirse en estudiante profesional, a tiempo completo, o sea 25 horas o algo más al día, estirando lo más ese material inflamable que es el tiempo. No tiene fines de semana, para pasear, y menos para pachanguear, lo que impone fuerte dedicación al estudio, a la investigación y estar alerta para ir haciendo inventario de todo lo que le puede permitir en avanzar en proyectos para su tesis de graduación, que es algo indispensable y una verdadera prueba de resultado excelente. Incluso, aunque no haya demasiadas exigencias curriculares, la asistencia a clases y a investigaciones resultan indispensables, por razones obvias.
Como profesor de la Universidad de Panamá, por más de 30 años, y de algunas maestrías locales, he podido reflexionar sobre estas situaciones, principalmente por haberlas vivido en cursos de maestría y de doctorado, y concluir que nuestros resultados se circunscriben desfavorablemente, por las circunstancias anotadas. Lo que no dice mucho de las exigencias que se consideran posibles entre nosotros, y que no dan un fruto general de resultados positivos, en la mayoría de los casos, sino en las excepciones. Es lo que hemos llamado lluvia de maestrías, no sólo por su número, sino por lo escaso que rinden aquí, hasta la fecha.