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Lo ancho y lo angosto


Las relaciones internacionales deben regirse por principios de absoluta reciprocidad en un mundo que reclama igualdad de oportunidades, proclamando derechos humanos universalmente reconocidos, bajo preceptos que garantizan presuntamente el debido proceso, garantías procesales irrenunciables y la seguridad judicial y legal, como sustentadores de un Estado de derecho. La realidad es otra en todo el planeta. Los poderosos imponen reglas que sujetan a las ayudas condicionadas que ofrecen, luego de haber explotado y aprovechado los recursos de los más débiles económica y militarmente.
La justicia ha sido desnaturalizada en acuerdos o convenios aceptados con inusitada alegría o con imperturbable sumisión, cuando el gran país decide que están peligrando sus intereses, lacerados desde su propio territorio; pero cuya protección, en su criterio, corresponde a otras latitudes que son obligadas a la aprobación de procedimientos que el supuesto ofendido, no admite ni decreta en su propio territorio.
Las banderas que se han izado en defensa de esas campañas impuestas por el poder superior, fueron matizadas con la necesidad de combatir el comunismo, luego se modificaron porque se pretendían relaciones con los países bajo ese régimen, lo que se sustituyó por el tráfico de estupefacientes, para luego alegar el lavado de dinero, una vez que los capos decidieron invertir cuantiosas sumas acopiadas en bancos norteños, en países al sur de Río Grande o Río Bravo. Fue ese el principal motivo para instituir el uso del dinero proveniente de actividades relacionadas con el narcotráfico como delito y colateralmente se creó en cada país una agencia que responde a los dictámenes del Tío Sam, con facultades incluso para llevar arrestos y realizar registros, seguimiento y allanamientos con la colaboración de autoridades locales.
Los actos del 11 de Septiembre alertaron sobre la ineficacia de las medidas de seguridad en Estados Unidos, y demostraron la vulnerabilidad de todos los procedimientos supuestamente inefables, sobre los que se había edificado la seguridad de la mayor potencia bélica mundial. El terrorismo ha retomado el asta y levanta el pendón a nivel mundial, con medidas que ahuyentan el turismo hacia el norte, desalientan las relaciones comerciales con las empresas ubicadas en su territorio, restringen el número de pasajeros y los que viajan allá, son objeto de minuciosas requisas, algunas muy incómodas e insoportables, pero las que estimen necesarias para garantizar que los terroristas no llegarán nuevamente a sus puertos.
Han creado mecanismos legales que sujetan a los países sumisos, a la entrega selectiva de delincuentes, incluyendo a los nacionales de éstos, mientras ignoran a los suyos, además de rehusar recibir al resto de los involucrados, cuando hay autoría colectiva. En el caso de Castrellón Henao, sólo requirieron su persona, en el reciente e incipiente proceso y detención de Henao Montoya, nos dejan a los demás detenidos, que ahora ni siquiera Colombia los querrá aceptar, como tampoco recibe a los cientos de detenidos en nuestros centros penitenciarios que causan desorden, exigen derechos y adiestran e incorporan a los nuestros a esas faenas ilícitas.
Es tiempo ya de que nuestras autoridades máximas reclamen la real soberanía y de igual a igual exijan que así como toman lo ancho para ellos, también lo hagan de la parte angosta, para que sientan los efectos de las políticas absurdas con que se manejan estos delicados asuntos.
Así como reclamaron a Henao Montoya, debimos endosarles a todos los demás detenidos, y en caso de no aceptar, debimos entregarlos al gobierno colombiano para no tener que alimentar, cuidar, vigilar, medicar y atender a tantos delincuentes, como si nos sobrara espacio, como si tuviéramos facilidades y equipos o recursos disponibles.
No señores. Las relaciones entre países hay que equipararlas. Ellos tienen dinero o ayudas condicionadas, pero necesitan de nuestra cooperación en su lucha contra el narcotráfico, blanqueo de capitales, terrorismo, etc., por lo cual no se trata de una ayuda desinteresada, sino de una inversión para fines de su interés particular. Que no continúe lo ancho para ellos y lo angosto para nosotros.

101 años de Panamá América

 
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