Los 73 años de Fidel Castro
El 13 de agosto pasado, el presidente cubano Fidel Castro cumplió 73 años, que es una edad más que suficiente para recordar a cualquiera que la vida no es eterna y que en cualquier momento se apaga. Mas parece que no es así para la mayoría de los sectores conservadores de Estados Unidos, a juzgar por su insistencia en mantener el embargo económico a Cuba.
La medida no tiene efecto alguno en la supervivencia del régimen socialista, como lo demuestra el hecho de que el dictador cubano ha pasado la mayor parte de su vida, -40 años -, en el poder. En cambio, el embargo provee a su gobierno del pretexto perfecto para restringir el ejercicio de las libertades individuales. Y de hecho, cada vez que se hace más severa la represión contra la escasa disidencia interna.
Tampoco sirven las medidas de fuerza. Por ejemplo, cada vez que se inicia contra el régimen de la isla una escalada en ese sentido, Castro responde desproporcionadamente, jugándose en cada ocasión la vida, como lo demostró Bahía de Cochinos, la crisis de Mariel y Hermanos al Rescate. No podía esperarse otra cosa de un gobernante asediado, que no tiene dónde ir ni más alternativa que la de defender su régimen con uñas y dientes, cual león arrinconado, perecer o pelear a morir, cada vez.
El embargo, por otra parte, impide la interacción social, comercial y humana, indispensable para propiciar un cambio o para preparar la inevitable era post-Castro. Porque, repetimos, Fidel no es eterno y su régimen tampoco. ¿Cuál es el empeño entonces de insistir en un método que no hace más que enconar las penurias del pueblo cubano?
Fuera de lo anterior, el embargo además de inútil, es una tontería comercial, que permite a productores de trigo franceses vender 560 mil toneladas de grano cada año por valor de 200 millones de dólares, transportándolo desde miles de kilómetros hasta la isla; estando las más económicas fuentes norteamericanas a menos de 145 kilómetros de ella. Esta es una situación que los frustrados inversionistas estadounidenses padecen, mientras observan impotentes cómo en sus narices, se llenan los bolsillos y toman posiciones sus socios de Canadá, España y Europa en general, en su otrora paraíso vacacional particular.
La medida no tiene efecto alguno en la supervivencia del régimen socialista, como lo demuestra el hecho de que el dictador cubano ha pasado la mayor parte de su vida, -40 años -, en el poder. En cambio, el embargo provee a su gobierno del pretexto perfecto para restringir el ejercicio de las libertades individuales. Y de hecho, cada vez que se hace más severa la represión contra la escasa disidencia interna.
Tampoco sirven las medidas de fuerza. Por ejemplo, cada vez que se inicia contra el régimen de la isla una escalada en ese sentido, Castro responde desproporcionadamente, jugándose en cada ocasión la vida, como lo demostró Bahía de Cochinos, la crisis de Mariel y Hermanos al Rescate. No podía esperarse otra cosa de un gobernante asediado, que no tiene dónde ir ni más alternativa que la de defender su régimen con uñas y dientes, cual león arrinconado, perecer o pelear a morir, cada vez.
El embargo, por otra parte, impide la interacción social, comercial y humana, indispensable para propiciar un cambio o para preparar la inevitable era post-Castro. Porque, repetimos, Fidel no es eterno y su régimen tampoco. ¿Cuál es el empeño entonces de insistir en un método que no hace más que enconar las penurias del pueblo cubano?
Fuera de lo anterior, el embargo además de inútil, es una tontería comercial, que permite a productores de trigo franceses vender 560 mil toneladas de grano cada año por valor de 200 millones de dólares, transportándolo desde miles de kilómetros hasta la isla; estando las más económicas fuentes norteamericanas a menos de 145 kilómetros de ella. Esta es una situación que los frustrados inversionistas estadounidenses padecen, mientras observan impotentes cómo en sus narices, se llenan los bolsillos y toman posiciones sus socios de Canadá, España y Europa en general, en su otrora paraíso vacacional particular.