Los accidentes de tránsito acaban con los jóvenes
El pasado fin de semana vimos partir prematuramente a ocho panameños y panameñas, menores de 24 años, y un caso, en extremo lamentable, el de una niña de escasos seis meses de edad. En varias ocasiones me he ocupado de esta epidemia y no pienso detenerme hasta encontrar eco en las autoridades, en la comunidad, en los importadores de automóviles, en las aseguradoras y los organismos cívicos, para que echemos a andar un Plan de Seguridad Vial y de Prevención de los Accidentes de Tránsito.
Según la OMS, el año pasado 1,170,000 personas murieron en todo el mundo a causa de esta epidemia y más de 15,000,000 resultaron lesionados leves y graves. En Panamá, entre 1999 y lo que va de este año, las carreteras han cobrado 1,937 víctimas, con un saldo aproximado de 4000 heridos, entre los cuales hemos de contar un porcentaje de discapacitados de por vida.
Voy a permitirme tomar a 10 residentes de Cerro Viento, para presentarles un detalle importante, al respecto del tiempo de exposición a los accidentes fatales. Supóngase que cada uno, al desplazarse en su automóvil de su casa al trabajo y viceversa, recorriera 20,000 kilómetros por año. En un año habría pasado al volante, 37 días completos, si consideramos que el desplazamiento por día le tomase dos horas y 30 minutos. Estos 10 vecinos míos habrían recorrido linealmente 200,000 kilómetros, distancia suficiente para darle la vuelta a la tierra varias veces y entre todos habrían estado al volante 370 días. Estos 10 vecinos de Cerro Viento habrían estado expuestos a ser colisionados por unos 259 infractores diarios del reglamento del tránsito, según las estadísticas a mayo de este año.
Las infracciones al 31 de mayo hacían un total de 39,505, lo cual indica que por cada 259 infracciones al reglamento de tránsito se produjo la cifra de 1.42 fallecidos. Al concluir mayo el total de fallecidos por accidente alcanzó la cifra de 181 en 152 días transcurridos, lo que reportó 1.19 fallecidos por día. Para efectos comparativos, la aún incurable epidemia del SIDA, en 20 años hasta septiembre de 2003, había producido en nuestro país 4,227 decesos, mientras que los accidentes de tránsito produjeron en solo 10 años casi igual cantidad.
Ambas epidemias son una verdadera amenaza a nuestra población joven y en edad económicamente productiva, pues su mayor incidencia corre entre 16 y 40 años.
Los esfuerzos y recursos que destinan las autoridades de salud para la atención de los enfermos de SIDA son ciertamente encomiables y definitivamente insuficientes; pero desconocemos la cuantía de los que están destinando para la seguridad, educación vial y atención a los lesionados y discapacitados por los accidentes. El dantesco escenario del Majagua, Dolega (Chiriquí) en su doloroso dramatismo, nos indica que los accidentes continuarán cegando valiosas vidas, mientras no hagamos algo más que simplemente endilgar culpas a los infortunados participantes.
Un repaso de las estadísticas de infracciones hasta mayo del presente revela que el 50% de éstas se corresponden con trasgresiones al reglamento de tránsito. De este total, el 74% de las infracciones representa un alto riesgo de accidentalidad, entre las cuales están, en orden de incidencia: desatender señales, manejar con las luces apagadas, velocidad excesiva, conducir sin el cinturón de seguridad, pasar en doble línea amarilla, realizar giro prohibido, hablar por celular y pasar la luz roja. En este conjunto de factores de alto riesgo se incluye el manejo desordenado y con aliento alcohólico; llevar personas en el vagón y ceder el volante a persona no autorizada.
El comportamiento de muchos panameños al volante está orientado hacia la transgresión de las normas de tránsito, caracterizada por una mínima percepción de la vulnerabilidad humana y del riesgo-consecuencia de la fatalidad de su conducta temeraria. El alto porcentaje de accidentes fatales pareciera estar asociado a la sensación de poder que va ligada a la juventud, potenciada por una gran liviandad en la observación de reglas, apalancada por la incapacidad de las autoridades para desarrollar planes de seguridad, educación y prevención, en lugar de la aplicación de medidas correctivas y de endurecimiento de penas o sanciones.
Para muchos jóvenes conductores los autos son percibidos como objetos de lujo y de reconocimiento social, como vía para exhibir agresividad inconsciente, terminando en una incontenible cadena de imprudencias fatales.
La seguridad no se alcanza cercando el problema, como está sucediendo en Brasil con el muro proyectado para cerrar las favelas. En los últimos años se han realizado avances, pero la apuesta ha de ser mayor. Si la juventud es el futuro, Latinoamérica se merece un futuro mejor.
Según la OMS, el año pasado 1,170,000 personas murieron en todo el mundo a causa de esta epidemia y más de 15,000,000 resultaron lesionados leves y graves. En Panamá, entre 1999 y lo que va de este año, las carreteras han cobrado 1,937 víctimas, con un saldo aproximado de 4000 heridos, entre los cuales hemos de contar un porcentaje de discapacitados de por vida.
Voy a permitirme tomar a 10 residentes de Cerro Viento, para presentarles un detalle importante, al respecto del tiempo de exposición a los accidentes fatales. Supóngase que cada uno, al desplazarse en su automóvil de su casa al trabajo y viceversa, recorriera 20,000 kilómetros por año. En un año habría pasado al volante, 37 días completos, si consideramos que el desplazamiento por día le tomase dos horas y 30 minutos. Estos 10 vecinos míos habrían recorrido linealmente 200,000 kilómetros, distancia suficiente para darle la vuelta a la tierra varias veces y entre todos habrían estado al volante 370 días. Estos 10 vecinos de Cerro Viento habrían estado expuestos a ser colisionados por unos 259 infractores diarios del reglamento del tránsito, según las estadísticas a mayo de este año.
Las infracciones al 31 de mayo hacían un total de 39,505, lo cual indica que por cada 259 infracciones al reglamento de tránsito se produjo la cifra de 1.42 fallecidos. Al concluir mayo el total de fallecidos por accidente alcanzó la cifra de 181 en 152 días transcurridos, lo que reportó 1.19 fallecidos por día. Para efectos comparativos, la aún incurable epidemia del SIDA, en 20 años hasta septiembre de 2003, había producido en nuestro país 4,227 decesos, mientras que los accidentes de tránsito produjeron en solo 10 años casi igual cantidad.
Ambas epidemias son una verdadera amenaza a nuestra población joven y en edad económicamente productiva, pues su mayor incidencia corre entre 16 y 40 años.
Los esfuerzos y recursos que destinan las autoridades de salud para la atención de los enfermos de SIDA son ciertamente encomiables y definitivamente insuficientes; pero desconocemos la cuantía de los que están destinando para la seguridad, educación vial y atención a los lesionados y discapacitados por los accidentes. El dantesco escenario del Majagua, Dolega (Chiriquí) en su doloroso dramatismo, nos indica que los accidentes continuarán cegando valiosas vidas, mientras no hagamos algo más que simplemente endilgar culpas a los infortunados participantes.
Un repaso de las estadísticas de infracciones hasta mayo del presente revela que el 50% de éstas se corresponden con trasgresiones al reglamento de tránsito. De este total, el 74% de las infracciones representa un alto riesgo de accidentalidad, entre las cuales están, en orden de incidencia: desatender señales, manejar con las luces apagadas, velocidad excesiva, conducir sin el cinturón de seguridad, pasar en doble línea amarilla, realizar giro prohibido, hablar por celular y pasar la luz roja. En este conjunto de factores de alto riesgo se incluye el manejo desordenado y con aliento alcohólico; llevar personas en el vagón y ceder el volante a persona no autorizada.
El comportamiento de muchos panameños al volante está orientado hacia la transgresión de las normas de tránsito, caracterizada por una mínima percepción de la vulnerabilidad humana y del riesgo-consecuencia de la fatalidad de su conducta temeraria. El alto porcentaje de accidentes fatales pareciera estar asociado a la sensación de poder que va ligada a la juventud, potenciada por una gran liviandad en la observación de reglas, apalancada por la incapacidad de las autoridades para desarrollar planes de seguridad, educación y prevención, en lugar de la aplicación de medidas correctivas y de endurecimiento de penas o sanciones.
Para muchos jóvenes conductores los autos son percibidos como objetos de lujo y de reconocimiento social, como vía para exhibir agresividad inconsciente, terminando en una incontenible cadena de imprudencias fatales.
La seguridad no se alcanza cercando el problema, como está sucediendo en Brasil con el muro proyectado para cerrar las favelas. En los últimos años se han realizado avances, pero la apuesta ha de ser mayor. Si la juventud es el futuro, Latinoamérica se merece un futuro mejor.