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Los activistas brillaron por su ausencia en Qatar


Los manifestantes contra la globalización apenas si se vieron durante la reunión de la Organización Mundial del Comercio, realizada en Qatar del 9 al 13 de noviembre.
La razón no fue la lejanía de este pequeño país del Golfo Pérsico. Planeaban llegar a bordo de seis barcos al puerto de Doha. Esa dramática aparición hubiera sido transmitida por televisión a todo el mundo, pero las protestas contra la globalización no cuadran muy bien en medio de una guerra contra el terrorismo y los activistas temían que sus manifestaciones callejeras se parecieran mucho a la de los árabes extremistas que demuestran su enemistad hacia Occidente en Palestina, Egipto y Pakistán. Por su parte, los jóvenes activistas contra la globalización no saben nada de pobreza y mucho menos de cómo combatirla.
Sólo recientemente los países con escasez de tierras cultivables, como China e Indonesia, han logrado tener ingresos suficientes para poder importar carne, leche y alimentos para el ganado, pero entonces aparecieron las hordas de activistas tratando de impedirlo.
El mensaje antiglobalización parece ser que debemos dejar a los pobres del mundo que "disfruten" de su tradicional pobreza, sin interferencia extranjera. Pero Klaus Toepfer, director del Programa Ambiental de las Naciones Unidas, advirtió después de los ataques terroristas del 11 de septiembre que la pobreza, la insalubridad y la falta de esperanzas pueden "azuzar las llamas del odio y encender la creencia que el terrorismo es la única solución a los males de la comunidad o del país".
El corresponsal del Washington Post en Qatar, Paul Blustein, se quejó de la ausencia de manifestaciones y protestas, alabando a los activistas, quienes en su opinión "obligan a la prensa y a miembros de las elites poderosas a confrontar las quejas sobre el poder de las corporaciones multinacionales y el creciente libre intercambio de bienes y dinero a través de las fronteras".
Sin embargo, la historia nos demuestra que el estímulo competitivo del libre comercio generó mayores ingresos para más gente en más países en los últimos 50 años que a lo largo de 500 años de proteccionismo. El Banco Mundial mantiene que la liberalización del comercio internacional incrementaría los ingresos de las naciones en desarrollo entre 200 mil y 500 mil millones de dólares al año, con el mayor beneficio yendo a aquellos países que más faciliten el comercio internacional.
El economista favorito de los activistas antiglobalización es Dani Rodrik de Harvard. Pero Rodrik recientemente dijo en una ponencia para el Programa de Desarrollo de la ONU que "ningún país tuvo éxito en su desarrollo dándole la espalda al comercio internacional".
¿Acaso el crecimiento económico beneficia más a las empresas que a la gente pobre? Parece que no. Rodrik dice que "el número de gente viviendo en la pobreza ha disminuido en todos los países en desarrollo que han logrado un rápido crecimiento económico en las últimas décadas".
Rodrik sí mantiene que el comercio internacional ayuda poco a un país que sufre de corrupción gubernamental, conflictos civiles y débiles instituciones legales y políticas. Pero eso parece ser más bien un argumento a favor del libre comercio y de buenos gobiernos.
Los activistas ambientales insisten en que el comercio en alimentos perjudica a los campesinos del tercer mundo. La realidad es que la agricultura tradicional de bajo rendimiento perjudica tanto a los campesinos como a sus miles de millones de consumidores con bajos ingresos. En la India, la gente paga el doble del precio mundial de los cereales y tres veces el precio mundial de la leche, sin que sus campesinos logren mejorar su nivel de vida.
El "medio ambiente sostenible" que exigen los activistas es uno en que cada región produzca sus propios alimentos. En el desierto de Qatar tal pretensión es un chiste malo. Un país pobre como Bangla Desh sufre frecuentes pérdidas de sus cosechas por sequía y por los tifones.
Si no importan alimentos, quienes sufren no son las empresas multinacionales sino la gente pobre de ese país.
La mitad de los pobres del mundo ahora viven en países con alta densidad de población, donde no se pueden aumentar las áreas de cultivo sin talar las junglas donde viven las especies de animales salvajes. Por el contrario, Europa y el hemisferio occidental sí pueden cosechar más alimentos de lo que necesitan. ¿Por qué, entonces, los activistas tratan de impedir que se intercambien los productos manufacturados del tercer mundo por alimentos del primer mundo, lo cual aumentaría el nivel de vida para todos y, además, salvaría a los bosques tropicales?
(c)* Académico del Hudson Institute.
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