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Los culpables de lo acontecido


Estamos viviendo una importantísima etapa para el futuro de nuestra nación. Afrontamos elevado desempleo, pobreza, miseria y, también, altos niveles de corrupción e inmoralidad. Necesitamos debatir ampliamente las soluciones a los problemas de nuestro sistema de seguridad social; de nuestro agro; de nuestras relaciones con EE.UU. y de la contaminación que sus militares han dejado no sólo en las áreas canaleras sino en otros sectores de nuestra geografía. El diálogo nacional debe ser robusto y todos debemos participar, colaborar, sin exclusiones.
Insistimos en que la restauración, el mejoramiento progresivo y seguro, de nuestros valores morales y cívicos son de primerísima importancia. Por ello es que los crímenes de la narcodictadura, como el caso Gallego, deben ser esclarecidos al grado máximo para beneficio de nuestra juventud que ha sido expuesta a la propaganda mitómana de un sistema narcófilo, militar y civiloide. Sin duda, nuestros jóvenes deben sentirse engañados y confundidos.
El cúmulo de circunstancias que rodean el horrendo crimen de Gallego no puede menos que llevar a la conclusión razonable, lógica, de que la narcodictadura, desde su más alto dirigente, es responsable y culpable de tal crimen. No hay mayor inmoralidad que segar la vida de cualquier hijo de Dios. Todos lo somos, no sólo los religiosos. A estas alturas es vano e inútil refutar las circunstancias acusadoras con una mera negación de la responsabilidad que tuvo Torrijos en esa tragedia. Eso es totalmente inaceptable y así se palpa claramente en el ambiente.
El colmo es que para desviar la atención pública se quiera mercadear la especie de que la culpa de la invasión de 1989 es de algún opositor, o de los opositores de la narcodictarura PRD. Es irrebatible el hecho de que las locuras del preso de Miami - ayudado por todos los que pelecharon de la narcodictadura - causaron dicha invasión. Esta fue precedida por toda clase de escritos de agencias de seguridad norteña exaltando la gran labor antidrogas de MAN, y se ejecutó después que los norieguistas proclamaran una supuesta declaración de guerra contra EE.UU.
Fue tan ridícula esa declaración - y la llamamos supuesta porque de ninguna manera tal guerra puede gozar de credibilidad dada la correlación de fuerzas - que indujo a uno de los famosos locutores de la TV gringa a decir, después de perpetrada la invasión que "No se le declara la guerra a una superpotencia". Es decir, cualquiera cosa es buena para justificar una invasión del más poderoso, en este caso la única superpotencia mundial. Nadie en EE.UU. se ha preocupado por decir que MAN pudo haber sido secuestrado en un helicóptero y enviado a EE.UU. en cuestión de media hora en una de sus frecuentes estadías en Fuerte Amador.
La higiene moral de nuestra nación exige que debatamos nuestros ingentes problemas, principalmente la inmoralidad existente, con base en circunstancias y hechos sólidos. La mera negación, con afirmaciones simplistas de que Torrijos no tuvo nada que ver con la desaparición o asesinato de Gallego y de que el PRD no tuvo la culpa de la invasión, palidece ante los hechos conocidos.
Estas piadosas negativas o aseveraciones no harán que los panameños pensemos que llegamos al cielo, que debemos olvidar.
Bienvenido sea el diálogo, el escudriñamiento de los hechos y circunstancias, con respecto a lo crímenes de la narcodictadura, particularmente los de Héctor y Hugo. De ese debate moral, de esa comunicación desinteresada y patriótica depende que nuestra juventud esté mejor preparada para luchar por llevar a Panamá a su destino inmortal

101 años de Panamá América

 
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