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Los heraldos blancos


Viví como testigo presencial el momento cuando Barak Obama fue elegido el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos. Una amalgama de hastío contra el gobierno republicano de Bush-Cheney y una loca esperanza hacia un futuro pletórico de promesas fue el motor de su victoria. Retirar a los soldados de la guerra de Irak. Terminar con el agujero negro legal de Guantánamo. Revisar la estrategia en Afganistán y centrarse en la aniquilación de los terroristas. Reformar las bases de la economía, del sistema de salud y de la educación fueron sus metas más sobresalientes, además de reconstruir el prestigio perdido durante los ocho años de una política exterior autista y arrogante. Obama comenzó a desandar el camino de los sueños y se dejó envolver por una realidad no menos fantástica. Aprendió que los discursos pueden ganar votos pero no cambian intereses y despiertan pasiones, algunas muy bajas, que los medios, como Fox News, propagan haciendo uso y abuso de una libertad de expresión que al sur del Río Grande se consideraría como terrorismo mediático. Correligionarios demócratas alimentan el insaciable apetito de la falange republicana, que en su blitzkrieg destruyen toda intención de cambio, de progreso, de inserción solidaria con las demás naciones, satanizando la búsqueda del bienestar social como enemiga de la libertad individual, cuando en el mundo civilizado, en la Vieja Europa, la primera es garantía de la segunda.

A un año de la epopeya cívica, esa gran esperanza negra parece estar en manos de los heraldos de la pureza blanca conservadora reunida en los Tea Party o de milicias blancas que juran desobedecer al gobierno en nombre de una constitución que sólo ellos interpretan como superpoder y no como lo que es, una ley fundamental al servicio del Estado. Lo extraordinario es que tal juramento, nacido en Las Vegas, capital del vicio y la corrupción, haya sido tomado también por veteranos de las fuerzas armadas según un reporte amenazador lanzado al aire por CNN. Gente que ha vivido en EE.UU. por mucho tiempo y que conoce muy bien la idiosincrasia del americano medio conservador, me ha dicho que la mayoría blanca de los estados rurales y petroleros jamás permitirán que un gobierno negro y además demócrata, tenga éxito. Las guerras han cambiado su apariencia pero no su tragedia. La Guerra Civil de 1861 también llamada secesionista parece reeditarse nuevamente, esta vez en los cerebros calientes de cabezas rapadas que han llegado a ocupar asientos en el Congreso, en el púlpito, en los medios y en el Pentágono. Una verdadera guerra ideológica desatada por la intolerancia y el revanchismo político que a los ojos de suspicaces observadores foráneos pareciera anunciar el declive de EE.UU. como líder autoproclamado del “mundo libre”. A menos que la situación económica y el desempleo no peguen un vuelco positivo, la bandera de las barras y las estrellas muy pronto será reemplazada por el emblema de la NRA. Los heraldos de la muerte son pocos… pero son, dice Vallejos.

101 años de Panamá América

 
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