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“Mamita déjame dormir, que mañana voy a estar bien…”


Cómo sacar de mi mente esas últimas palabras que me dijiste aquel miércoles 16 de agosto de 2006, noche triste y dolorosa, antes de partir físicamente hacia la casa celestial.

¿Quién lo iba a pensar? En un abrir y cerrar de ojos, mi niña, la princesa de mis sueños, la hija soñada, la consentida de papá, de Gilber y de toda la familia, a la que de pequeña cuando tenía miedo a la muerte le decía: “no tengas miedo, no le temas a la muerte, pues tu vas a vivir muchísimos años más”.

Sin embargo, Dios tenía otros planes para ti. La misión que te encomendó había finalizado y debías partir, dejándonos un profundo dolor en el alma, tan penetrante e inexpresable que perdurará hasta el último día de nuestras vidas.

A Dios, gracias por haberme elegido para ser tu progenitora, por haber escogido mi vientre para darte vida, por permitir que mis pechos te alimentaran, siendo ése el momento más sublime que una madre puede tener junto a un hijo. Gracias Señor porque en esos años que estuviste con nosotros, pocos, muy pocos, conocimos el verdadero significado de la felicidad.

A ti, “mi amada princesa”, gracias por haber llenado nuestro hogar y nuestras vidas con tanta alegría, por esa bella sonrisa que iluminaba el espacio que te rodeaba, por ese amor que nos dabas a manos llenas, por esas caricias sobre mis cabellos tantas veces, por esos abrazos fuertes que me dabas y me hacían sentir que flotaba en el aire, por esos besos con que llenabas el rostro de tu papito y mío todos los días, como presintiendo que pronto partirías y que teníamos que guardarlos para siempre cuando a nuestro lado ya no estuvieras.

Podría escribirte páginas y páginas sobre ti, tus vivencias en tu breve paso por este mundo, tus pensamientos y las huellas imborrables que dejaste en muchas personas que tuvieron la dicha de tratarte y compartir momentos junto a ti, que recibieron ese amor que solías dar con solo conocerlos, porque así eras tu mi princesa, ibas dejando vestigios profundos por donde pasabas, en el vecindario, en el coif, en el colegio …, de tu amor por la vida cada día que amanecía, de tus ilusiones. Pero no, esas vivencias, esos recuerdos, esos sueños los guardo en una cajita que abro en esas noches interminables de tristeza por tu partida, en esos días de desconsuelo, de soledad para que me llenen un poco de ti y me den fortaleza para amar la vida como la amabas tú y luchar por ese ser a quien amabas tanto: tu hermano Gilber.

María Teresa, mi María Teresa, no entristezcas cuando me veas llorar; sé feliz en el cielo como lo fuiste en la tierra porque cumpliste la misión que Dios te encomendó. Tengo fe en Dios que te estrecharé nuevamente entre mis brazos. Te amaré por siempre. Con todo mi amor, tu mamita.

101 años de Panamá América

 
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