Mano a mano por la política exterior de EE.UU.
Ni bien el Senado en pleno estuvo dispuesto a ratificar el nombramiento de Richard C. Holbrooke al cargo de representante permanente de Estados Unidos ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que Trent Lott usó su fuero de líder de la mayoría republicana para bloquearlo.
"No tengo nada personal contra él," señaló el senador de Mississippi con un candor magisterial, al reconocer que se trataba de un mano -a- mano político con el gobierno del demócrata Bill Clinton.
Así él, Lott, y algunos de sus colegas conservadores han dado una demostración más de su repudio a la política exterior del gobierno demócrata de Clinton, especialmente en lo que corresponde a la colaboración con las Naciones Unidas. Esta tendencia indudablemente se acentuará aún más a medida que se aproximan las elecciones presidenciales del año 2000.
"Creo que en este siglo no hemos visto nada semejante," anotó William D. Rogers, un destacado abogado quien fue un alto funcionario del Departamento de Estado en los gobiernos de John F. Kennedy y Gerald Ford, y ahora está asociado con Henry Kissinger, además de fungir como principal socio del afamado bufete Arnold & Porter.
"Me parece que nunca como ahora la política exterior ha estado subordinada a consideraciones partidistas y electorales del momento," añadió. "Está claro que la política exterior bipartidista que tuvimos durante el medio siglo que duró la Guerra Fría ha dejado de existir".
El caso de Holbrooke ha llevado esta tendencia a un extremo. Se trata de un veterano diplomático y banquero que fue embajador en Alemania, secretario adjunto de Estado para Asuntos Europeos, entre otros altos cargos. A comienzos de julio se consideraba que había pasado la "prueba de fuego" al ser aprobado por el Comité de Relaciones Exteriores presidido por el temido Jesse Helms, que después de cinco extensas audiencias terminó por darle el visto bueno. En realidad las cualificaciones de Holbrooke nunca entraron en juego; se trata más bien de una pugna entre el poder legislativo, dominado por la oposición, para controlar los rumbos de la política exterior de Estados Unidos.
Según la Constitución, es el presidente y sus asesores en la Casa Blanca y el Consejo Nacional de Seguridad quienes son los responsables de la formulación de política exterior. Sin embargo, el Congreso tiene a su cargo la apropiación del presupuesto federal además de tener que ratificar los nombramientos más importantes en el servicio exterior, todo lo que le otorga un considerable poder indirecto sobre las pautas de la política internacional.
Sin embargo la actitud cada vez más agresiva de los republicanos del Congreso para imponer sus pautas a la política exterior de Estados Unidos, discrepando de la política de Clinton, se ha hecho sentir no sólo en casos clásicos como el boicot económico de Cuba sino más recientemente en casos como las negociaciones con Panamá para la creación de un Centro Multilateral Antidrogas o ahora con la campaña republicana para aumentar la ayuda militar a Colombia pasando por encima de las objeciones del Departamento de Estado que teme que la ayuda caerá en manos de los grupos paramilitares acusados de graves violaciones de los derechos humanos.
Otro ejemplo de cómo incide el poder legislativo es el virtual veto que Helms impuso al nombramiento de Peter Romero hace ya casi un año al cargo de secretario adjunto de Estado para Asuntos Hemisféricos, así como los nombramientos de embajadores a Argentina y Brasil.
El propio Romero da por descartado que jamás será confirmado, ya que Helms se niega a concederle la audiencia necesaria para que el Comité emita su voto a la vez que la secretaria de Estado Madeleine Albright parece tan intimidada por el poderoso presidente del Comité que hasta el momento se ha negado a salir a pelear, ni por Romero ni Holbrooke.
Eric Schmitt comenta en The New York Times que estas posiciones "reflejan la ira y la desconfianza" que se creó entre el Congreso controlado por los republicanos y el presidente Clinton, tras el proceso sobre el escándalo de Monica Lewinsky, aunque en realidad mucha de esta desconfianza existió desde que Clinton llegó a la presidencia.
Lott, republicano de Mississippi anunció que deseaba las cualificaciones de Holbrooke "desde la "a" hasta la "zeta"", cuando en realidad se trataba de presionar a la Casa Blanca para que acepte el nombramiento de un conservador a la Comisión Federal de Elecciones. Lo desconcertante fue que cuando Larry King, una de las estrellas de la cadena de televisión CNN, le preguntó por el candidato, Lott no podía acordarse de su nombre.
Todo lo cual indica hasta qué punto ha llegado la política de oposición en su ansia por oponerse a todo lo que tenga aspecto de ser una política del gobierno de Clinton.
"No tengo nada personal contra él," señaló el senador de Mississippi con un candor magisterial, al reconocer que se trataba de un mano -a- mano político con el gobierno del demócrata Bill Clinton.
Así él, Lott, y algunos de sus colegas conservadores han dado una demostración más de su repudio a la política exterior del gobierno demócrata de Clinton, especialmente en lo que corresponde a la colaboración con las Naciones Unidas. Esta tendencia indudablemente se acentuará aún más a medida que se aproximan las elecciones presidenciales del año 2000.
"Creo que en este siglo no hemos visto nada semejante," anotó William D. Rogers, un destacado abogado quien fue un alto funcionario del Departamento de Estado en los gobiernos de John F. Kennedy y Gerald Ford, y ahora está asociado con Henry Kissinger, además de fungir como principal socio del afamado bufete Arnold & Porter.
"Me parece que nunca como ahora la política exterior ha estado subordinada a consideraciones partidistas y electorales del momento," añadió. "Está claro que la política exterior bipartidista que tuvimos durante el medio siglo que duró la Guerra Fría ha dejado de existir".
El caso de Holbrooke ha llevado esta tendencia a un extremo. Se trata de un veterano diplomático y banquero que fue embajador en Alemania, secretario adjunto de Estado para Asuntos Europeos, entre otros altos cargos. A comienzos de julio se consideraba que había pasado la "prueba de fuego" al ser aprobado por el Comité de Relaciones Exteriores presidido por el temido Jesse Helms, que después de cinco extensas audiencias terminó por darle el visto bueno. En realidad las cualificaciones de Holbrooke nunca entraron en juego; se trata más bien de una pugna entre el poder legislativo, dominado por la oposición, para controlar los rumbos de la política exterior de Estados Unidos.
Según la Constitución, es el presidente y sus asesores en la Casa Blanca y el Consejo Nacional de Seguridad quienes son los responsables de la formulación de política exterior. Sin embargo, el Congreso tiene a su cargo la apropiación del presupuesto federal además de tener que ratificar los nombramientos más importantes en el servicio exterior, todo lo que le otorga un considerable poder indirecto sobre las pautas de la política internacional.
Sin embargo la actitud cada vez más agresiva de los republicanos del Congreso para imponer sus pautas a la política exterior de Estados Unidos, discrepando de la política de Clinton, se ha hecho sentir no sólo en casos clásicos como el boicot económico de Cuba sino más recientemente en casos como las negociaciones con Panamá para la creación de un Centro Multilateral Antidrogas o ahora con la campaña republicana para aumentar la ayuda militar a Colombia pasando por encima de las objeciones del Departamento de Estado que teme que la ayuda caerá en manos de los grupos paramilitares acusados de graves violaciones de los derechos humanos.
Otro ejemplo de cómo incide el poder legislativo es el virtual veto que Helms impuso al nombramiento de Peter Romero hace ya casi un año al cargo de secretario adjunto de Estado para Asuntos Hemisféricos, así como los nombramientos de embajadores a Argentina y Brasil.
El propio Romero da por descartado que jamás será confirmado, ya que Helms se niega a concederle la audiencia necesaria para que el Comité emita su voto a la vez que la secretaria de Estado Madeleine Albright parece tan intimidada por el poderoso presidente del Comité que hasta el momento se ha negado a salir a pelear, ni por Romero ni Holbrooke.
Eric Schmitt comenta en The New York Times que estas posiciones "reflejan la ira y la desconfianza" que se creó entre el Congreso controlado por los republicanos y el presidente Clinton, tras el proceso sobre el escándalo de Monica Lewinsky, aunque en realidad mucha de esta desconfianza existió desde que Clinton llegó a la presidencia.
Lott, republicano de Mississippi anunció que deseaba las cualificaciones de Holbrooke "desde la "a" hasta la "zeta"", cuando en realidad se trataba de presionar a la Casa Blanca para que acepte el nombramiento de un conservador a la Comisión Federal de Elecciones. Lo desconcertante fue que cuando Larry King, una de las estrellas de la cadena de televisión CNN, le preguntó por el candidato, Lott no podía acordarse de su nombre.
Todo lo cual indica hasta qué punto ha llegado la política de oposición en su ansia por oponerse a todo lo que tenga aspecto de ser una política del gobierno de Clinton.