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Manuel Antonio Noriega


Por mi condición de Gerente de la Cervecería Nacional conocí en 1970 al General Manuel Antonio Noriega cuando era capitán. Tenía en esa época la jefatura militar en la provincia de Chiriquí. Me pareció que era un joven inteligente con grandes posibilidades de ascender en su carrera militar y de poder contribuir en la democratización del país. Su trato conmigo siempre fue cordial y de mutuo respeto –y así se mantuvo nuestra relación por varios años- hasta que observé que conforme iba ascendiendo de rango en el escalafón militar, se iba transformando su actitud y su moral. De una aparente sencillez se transformó con los años en un ambicioso sin límites. Tuve y aún tengo la impresión de que nadie conocía al verdadero Noriega. Algunos estaban al corriente de una parte de su compleja personalidad, pero jamás conocieron a Noriega como un todo.

Hoy en una prisión en Francia, viejo, enfermo y prácticamente solo, aspira a regresar al país y tener casa por cárcel. Debe también responder ante la justicia panameña.

Manuel Antonio Noriega debe arrepentirse, mil y una vez, de no haber aceptado, cuando era Jefe de las FFDD, el generoso ofrecimiento que el gobierno norteamericano le hizo. El mismo consistía en retirar todos los cargos de narcotráfico que contra él había en EE.UU., además, exigía su salida del país por muy poco tiempo (creo que un par de años); y mantenía vigente la institución de la FFDD. Oferta que, por supuesto no, podría ser del agrado de los “civilistas”, que en su abierta lucha por la salida de él de la comandancia de las FFDD, tendrían en un principio que consentirla (la oferta norteamericana). Ese sería el primer paso para los civilistas para que el país volviera al sistema democrático. Noriega de haberla aceptado, no dudamos, que después de pocos años hubiera vuelto a ser el “hombre fuerte” de Panamá. Su ambición pudo entonces más que la inteligencia o aceptó el mal consejo que le dieron algunos de sus allegados.

Noriega en los últimos años persiguió mucho a mi familia y a mí. Siempre, en todas las ocasiones y de distintas formas, tratamos de influir en la necesidad de retornar al país, lo antes posible, a la democracia. A pesar de todo ello, como católico, sabemos perdonar si hay una disculpa de su parte cosa que hasta la fecha no lo ha hecho.

Dios sabe actuar cuando las circunstancias lo demandan y ese es el caso con Noriega.

101 años de Panamá América

 
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