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Necesitamos buenos políticos


Entre los políticos, al igual que ocurre en otros actores de la vida social, los hay de diferentes calidades. Sin embargo, la opinión de la mayoría del conjunto de nuestra sociedad es que todos los políticos somos una plaga y que la actividad política es esencialmente dañina.
Para ser justos, hay que reconocer que la opinión prevaleciente sobre los políticos y la política no es gratuita. Hay que aceptar que en un altísimo porcentaje la fama esta bien ganada. Por tanto, sobre nosotros, los políticos recae, principalmente, la responsabilidad de devolver dignidad a la actividad que practicamos o de seguir descendiendo en la estimación de nuestros conciudadanos. Pero, si bien es cierto que los políticos somos los principales responsables de nuestra mala reputación, ello no justifica, como está ocurriendo con demasiada frecuencia en nuestro medio, que esa aureola negativa sea utilizada como vía de purificación por algunos que no necesariamente son mejores que la mayoría de los políticos, pero que tratan de posesionarse como los buenos, a base de descalificar a los malos.
La práctica de descalificar a los políticos parece responder a dos objetivos principales: el primero, que ya he notado, es el de alcanzar la purificación por la vía de machacar a los pecadores y el segundo, de adueñarse de los espacios que, tradicionalmente, han ocupado los políticos, pero sin tener la necesidad de pasar por la empresa harto difícil, como muchos han podido comprobar, de constituir un partido político.
Que nuestra actividad política debe mejorarse, de ello no hay la menor duda, pero no creo que esa mejoría pueda lograrse a base de su descalificación y, muchos menos, mediante la sustitución de los "malos" por los supuestamente "no contaminados".
En un sentido amplio, la actividad política comprende mucho más que la que desarrollamos los que militamos en algún partido. También desarrollan actividad política todas las personas y grupos de presión que en forma permanente o esporádica tratan de influir sobre las decisiones de los gobiernos para llevar más agua a su particular molino.
La política, como yo la concibo, no sólo es practicada por los políticos, sino por toda la sociedad. Encuentro que es un error pretender descalificarla o tratar de sustituirla por supuestos apolíticos que, en resumidas cuentas, también están comportándose políticamente y en muchos casos, con mayor capacidad para influir sobre el rumbo del Estado, gracias por ejemplo, al control de los medios de comunicación o de poderosos intereses económicos.
No ignoro que la estructura de nuestro sistema electoral es, en gran medida, responsable del deterioro progresivo de nuestra actividad política. Como consecuencia del monopolio que, tanto nuestra Constitución Política como nuestro Código Electoral establecen a favor de los partidos políticos, éstos no han sentido la necesidad de mejorar y renovarse, porque la parte más importante de la actividad política, que es la electoral, pues es el pasaporte al control del gobierno, está reservada casi que exclusivamente a las organizaciones partidarias.
Ese hecho es también el que ha causado que los otros sectores de la sociedad que tienen intereses políticos, busquen vías alternativas para agenciarse los espacios que ahora les están vedados por la normativa legal vigente.
Creo, firmemente, que el camino para comenzar a mejorar nuestra política y a nuestros políticos, necesariamente tiene que pasar por una modificación profunda de las reglas electorales. En primer lugar, debe romperse el monopolio sobre las postulaciones hasta ahora reservado, exclusivamente, a los partidos, pues son los únicos que pueden postular candidatos a la Presidencia de la República y a la Asamblea Legislativa.
Si existieran las postulaciones independientes, automáticamente surgirían los retos de aquellas personas o grupos de intereses que tratarían de disputarles los cargos de elección. Ese tipo de reto forzaría a las organizaciones políticas a seleccionar mejor a sus postulados, quienes al tener que enfrentar a otros líderes de la sociedad deberán mejorarse para poder competir con éxito por el voto popular.
La actividad política, insisto, no es sólo la que practican los partidos, pero al tener éstos el monopolio de las postulaciones, cierran la posibilidad de que otros líderes de la sociedad puedan acceder a la función de gobernar o de legislar. Esa circunstancia, los forza a buscar vías alternativas para ejercer la defensa de sus intereses, comenzando por descalificar a los políticos, para poder sustituirles de hecho o ejercer mayor presión sobre sus decisiones.
La política no es sólo necesaria sino que, además, la practicamos todos. Lo que se impone es mejorarla, pero para poder hacerlo no debemos esperar a que de los políticos partidarios venga la corriente del cambio que todos reputamos como urgente. El camino para lograrlo es buscar que los otros actores sociales intervengan en ella, pero no únicamente como grupos de presión, sino con posibilidades de acceder a los cargos de elección.
La política tiene que abrirse a una mayor competencia, pero eso no se logrará por la vía de descalificarla como actividad o de desbarrancar indiscriminadamente contra los políticos.

101 años de Panamá América

 
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