Necesitamos la ONU
El 24 de octubre de 1945 nació la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Deberían celebrarlo los 191 estados que la forman. Aunque tal vez no haya demasiado que celebrar, pues esa ONU, que nació para preservar la paz y asegurar la cooperación entre los Estados, no parece ofrecer una cuenta de resultados muy satisfactoria.
La ONU se dotó del Consejo de Seguridad para preservar la paz, pero quedó inmovilizada, inutilizada, durante los cuarenta años de guerra fría.
Desaparecida la URSS y finalizado el enfrentamiento entre bloques, la ONU acumula muchos errores. Un breve repaso a los tiempos recientes nos permite recordar el atasco del problema del Sahara sin atisbos de solución próxima; también la actuación de Israel ignorando una resolución tras otra de la ONU; así como la actuación de Irán, que avisada de no enriquecer uranio, sigue desafiando la advertencia de la ONU.
La organización mundial no ha sido capaz de impedir el violento desorden de Haití, iniciado con el derrocamiento del presidente Aristide, y más de la mitad de los cascos azules prometidos aún no han llegado a la isla. En Sudán, la actuación del gobierno musulmán ha hecho posible la genocida actuación de las milicias de Jaujawid y el desastre humanitario de Darfur, un gobierno enfrentado a la ONU con el que apenas se ha acordado el desarme de las milicias. A este breve recordatorio telegráfico habría que añadir una considerable relación de guerras olvidadas sin atisbo de salida del túnel.
Pero la perla de actuación insatisfactoria y contradictoria de la ONU es el conflicto de Irak. El Consejo de Seguridad no amparó la ilícita invasión del país ni apoyó la guerra, pero posteriormente respaldó y legalizó la ocupación militar y el gobierno provisional impuesto.
Hoy, dos meses después del final oficial de la ocupación de Irak por el traspaso del poder al gobierno provisional, crece la guerra de guerrillas de los seguidores del clérigo Muqtada Al Sader y la revuelta del triángulo suní que afecta a Faluya, Samarra y Tikrit, en tanto que la inseguridad por golpes de manos y atentados es tal en Bagdad que la propia ONU tuvo que desmontar su delegación en el país. Estas actuaciones de la ONU conforman un paisaje desolador.
A pesar de lo expuesto, necesitamos la ONU, la necesitamos desesperadamente.
La desaparición de la ONU, o su reducción a un papel testimonial o protocolario, como desearía la extrema derecha que gobierna Estados Unidos (EU), sería hacer más cercano el desastre total de la humanidad. "Las Naciones Unidas son indispensables, pero deben reformarse en profundidad", ha escrito el ex Director General de la UNESCO, el español Federico Mayor Zaragoza. No una reforma técnica, que es necesaria; no sólo una reforma que consiga un mejor funcionamiento de la institución y el aprovechamiento óptimo de medios y recursos humanos, sino una reforma hasta el tuétano, una reforma que haga emerger los principios que expone y proclama el preámbulo del establecimiento de la UNESCO, la agencia más progresista de la ONU: justicia, libertad, igualdad y solidaridad.
Reformar la ONU es, sobre todo, reformar el Consejo de Seguridad. Ese es un objetivo arduo y difícil, casi tanto como los trabajos de Hércules, porque los Estados que retienen mayor poder en ese organismo, los Estados fundadores, no van a aceptar con facilidad una reducción de parte del poder que les otorga el derecho de veto.
Por otra parte, es impensable que en los albores del tercer milenio, el Consejo de Seguridad mantenga la estructura creada tras la II Guerra Mundial. Quince Estados miembros son pocos para el mundo actual y es absurdo que Alemania, Japón, India, Brasil, México o Egipto no sean miembros permanentes del Consejo.
Lo más cercano al sueño cinematográfico de las películas de ciencia ficción y a la utopía literaria de un gobierno mundial que garantice la paz y la justicia en la Tierra es la ONU; una ONU profundamente reformada que garantice la seguridad basada en la paz y no una inestable tranquilidad basada en la teología de la seguridad y la agresión preventiva. Una paz basada en el imperio de los derechos humanos. Realmente necesitamos esa ONU o no lo podremos contar.
(ccs@solidarios.org.es)
La ONU se dotó del Consejo de Seguridad para preservar la paz, pero quedó inmovilizada, inutilizada, durante los cuarenta años de guerra fría.
Desaparecida la URSS y finalizado el enfrentamiento entre bloques, la ONU acumula muchos errores. Un breve repaso a los tiempos recientes nos permite recordar el atasco del problema del Sahara sin atisbos de solución próxima; también la actuación de Israel ignorando una resolución tras otra de la ONU; así como la actuación de Irán, que avisada de no enriquecer uranio, sigue desafiando la advertencia de la ONU.
La organización mundial no ha sido capaz de impedir el violento desorden de Haití, iniciado con el derrocamiento del presidente Aristide, y más de la mitad de los cascos azules prometidos aún no han llegado a la isla. En Sudán, la actuación del gobierno musulmán ha hecho posible la genocida actuación de las milicias de Jaujawid y el desastre humanitario de Darfur, un gobierno enfrentado a la ONU con el que apenas se ha acordado el desarme de las milicias. A este breve recordatorio telegráfico habría que añadir una considerable relación de guerras olvidadas sin atisbo de salida del túnel.
Pero la perla de actuación insatisfactoria y contradictoria de la ONU es el conflicto de Irak. El Consejo de Seguridad no amparó la ilícita invasión del país ni apoyó la guerra, pero posteriormente respaldó y legalizó la ocupación militar y el gobierno provisional impuesto.
Hoy, dos meses después del final oficial de la ocupación de Irak por el traspaso del poder al gobierno provisional, crece la guerra de guerrillas de los seguidores del clérigo Muqtada Al Sader y la revuelta del triángulo suní que afecta a Faluya, Samarra y Tikrit, en tanto que la inseguridad por golpes de manos y atentados es tal en Bagdad que la propia ONU tuvo que desmontar su delegación en el país. Estas actuaciones de la ONU conforman un paisaje desolador.
A pesar de lo expuesto, necesitamos la ONU, la necesitamos desesperadamente.
La desaparición de la ONU, o su reducción a un papel testimonial o protocolario, como desearía la extrema derecha que gobierna Estados Unidos (EU), sería hacer más cercano el desastre total de la humanidad. "Las Naciones Unidas son indispensables, pero deben reformarse en profundidad", ha escrito el ex Director General de la UNESCO, el español Federico Mayor Zaragoza. No una reforma técnica, que es necesaria; no sólo una reforma que consiga un mejor funcionamiento de la institución y el aprovechamiento óptimo de medios y recursos humanos, sino una reforma hasta el tuétano, una reforma que haga emerger los principios que expone y proclama el preámbulo del establecimiento de la UNESCO, la agencia más progresista de la ONU: justicia, libertad, igualdad y solidaridad.
Reformar la ONU es, sobre todo, reformar el Consejo de Seguridad. Ese es un objetivo arduo y difícil, casi tanto como los trabajos de Hércules, porque los Estados que retienen mayor poder en ese organismo, los Estados fundadores, no van a aceptar con facilidad una reducción de parte del poder que les otorga el derecho de veto.
Por otra parte, es impensable que en los albores del tercer milenio, el Consejo de Seguridad mantenga la estructura creada tras la II Guerra Mundial. Quince Estados miembros son pocos para el mundo actual y es absurdo que Alemania, Japón, India, Brasil, México o Egipto no sean miembros permanentes del Consejo.
Lo más cercano al sueño cinematográfico de las películas de ciencia ficción y a la utopía literaria de un gobierno mundial que garantice la paz y la justicia en la Tierra es la ONU; una ONU profundamente reformada que garantice la seguridad basada en la paz y no una inestable tranquilidad basada en la teología de la seguridad y la agresión preventiva. Una paz basada en el imperio de los derechos humanos. Realmente necesitamos esa ONU o no lo podremos contar.
(ccs@solidarios.org.es)