Nicomaquias
Aristóteles en su "Ética a Nicómaco", escrita dos mil cuatrocientos años atrás, habla sobre la justicia, la moral y la felicidad de los ciudadanos y de la república. La cárcel es un excelente lugar para leer esos diez libros con detenimiento. Cuando este cataclismo financiero llegue a su fin, muchos empresarios premiados por quebrar empresas con regalías multimillonarias, tendrán allí suficiente tiempo. Si por esas cosas de la política y de la economía posmoderna quedaran libres de culpa y cargo, aquí les va un escueto resumen, apropiado para leer en los paraísos fiscales donde cobijan delincuentes de cuello blanco.
El libro V trata sobre El Talión, el dinero y la necesidad. En el capítulo V, el sabio griego admite que la necesidad es la madre del dinero, puesto que el trueque, aunque más justo, en la era del consumismo se hace imposible, uno no puede cambiar una casa de 250 mil dólares, por 2500 pares de zapatos de cien dólares, por más que a uno le hagan falta zapatos y al otro le sobren casas.
Aristóteles, como un moderno socialista, dice que la esencia de las contrataciones tiene que estar basada en una justa apreciación de los valores de intercambio y para regocijo del liberalismo, admite también que esa valoración depende de la necesidad, pero aclara, "el dinero debe ser considerado el fiador según la regla de las apreciaciones justas". El problema ético nace aquí. ¿Quién aprecia o menosprecia una necesidad? ¿Qué consecuencia perceptiva tiene una necesidad vital o una urgente y otra inventada para agrandar un mercado de cosas inútiles que la propaganda vuelve "necesarias"?
La crisis financiera de la economía más grande del mundo fue provocada por la ambición de unos pocos iluminados, ensopados en el dogma de una ideología mercantil éticamente débil, políticamente engañosa y económicamente errónea y por la ausencia irresponsable del Estado en uno de sus deberes primarios: controlar los abusos de unos pocos sobre la seguridad económica y social de la colectividad. Aristóteles dice que la conservación de la república, es decir de la democracia, descansa en darle a uno lo que merece (justicia) según la proporción y no sobre la igualdad basada en el Talión -ojo por ojo, diente por diente-.
Así, quien por necesidad de una casa haya inflado su capacidad de compra no tendría en proporción el mismo castigo de aquel que por enriquecerse acepta y aumenta el dolo poniendo en riesgo a su empresa y a todo el sistema. Tampoco merecería que el gerente que acepta el fraude gane por ello una compensación económica. En el 2007, según el Economic Policy Institute, tal compensación salarial para un alto ejecutivo ha llegado a ser 275 veces el salario promedio de un trabajador estadounidense (en 1975 esa proporción era de 35 salarios).
Para una democracia eficazmente organizada, la justicia retributiva, así como la distributiva, debe descansar en los principios éticos individuales y por sobre todo, en la moral colectiva.
Una democracia sin ética es tan absurda como la ausencia de culpa en una teocracia. Por eso, en un Estado moderno y progresista, más importante que hallar culpables es corregir la causa.