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Niños de las bananeras sufren de hambre


Recientemente los medios informativos dieron a conocer una triste noticia: los niños de las bananeras viven una tragedia, no tienen qué comer. Es una fatalidad que recorre el mundo. En fecha reciente se llevó a cabo en Roma la Cumbre de Seguridad Alimenticia. Se abordaron las medidas que deben adoptar los países para enfrentar el hambre en la que vive gran parte de la población mundial. El 20% de la población del planeta no tiene acceso a comida suficiente y, en América Latina, 53 millones sufren este mal social. Al leer estas cifras, y al constatarse el tétrico panorama que viven los niños, que es la población más indefensa, tenemos que observar la realidad de nuestro país, en las zonas bananeras, por ejemplo, la cual empeora ante la mirada insensible del gobierno, el mismo que ha pregonado que “Ahora le toca al pueblo”.

Este es uno de los problemas sociales, sin demeritar otros, que exige el mayor compromiso en las políticas públicas. El hambre es el resultado de la pobreza, y la pobreza es la vergüenza de un sistema que postula la riqueza como el leit motiv de su razón de ser, pero que no actúa con equidad. El acceso a los alimentos, el vivir sin padecer esa enfermedad social, es posible si tratamos este asunto con acciones que vayan más allá del protagonismo político y del show mediático. Pero, se necesitan medidas concretas y urgentes. Sin embargo, lo que observamos son medidas que empeoran la situación, que crean un “panorama sombrío” con los incrementos de precios de los alimentos. En noticia publicada en el Diario el Panamá América se dan a conocer los aumentos del precio del arroz en 4 centavos por libra en octubre; de la carne en ocho centavos entre enero y octubre, como de los cereales que registran un ascenso de 63 centésimos. Esto para citar tan solo algunos casos que nos llevan a la certeza que el hambre y la pobreza ampliaran su radio de acción y las acciones para evitarlo brillan por su ausencia. En efecto, después de cinco meses de gobierno, no conocemos respuestas estructurales, ni coyunturales, tendientes a resolver, o por lo menos paliar, la escasez de alimentos en tantas familias panameñas. Al contrario, los aumentos de precios arriba señalados no son ajenos a las acciones que se han tomado tanto en la política arancelaria como aquellas relacionadas con el agro. No se ve una política seria que aborde y resuelva lo que se vive en las zonas bananeras. ¿Cuántos niños de nuestros barrios urbanos, los de las montañas, con sus caritas tristes reclaman comida? ¿Cuántos son de Colón, de San Miguelito, de las zonas indígenas que, como denunció un funcionario de salud hace unos años, vienen muriendo de una enfermedad que se llama “hambre”? La verdad es que vivimos en un mundo en el que si bien se profesa la felicidad, no menos cierto es que se olvida ese principio y somos indiferentes al drama de las familias pobres. La alentamos, además, con discursos electorales cuyas promesas se quedan en los panfletos de los programas de campaña, pero hasta ahí.

101 años de Panamá América

 
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