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No merecemos morir así..


EL 11 DE MARZO de 2004 las circunstancias me hicieron vivir de cerca la terrible tragedia que la barbarie, la intolerancia y el fanatismo protagonizaron en la estación de Atocha, en Madrid.
Ese día hubo rostros de desesperación que se quedaron grabados, quizás para siempre, en mi memoria; rostros de quienes, casi sin posibilidades se refugiaban en la última esperanza de encontrar con vida a sus familiares. Estos rostros, los he llevado impresos en mi memoria con una atrocidad que sólo el tiempo y el amor a la vida se han encargado de arrinconar en un recóndito lugar de mi ser. Pero cada vez que capto aquellas mismas miradas en otros rostros, en otras circunstancias, no puedo evitar que mi mente se pueble de esos recuerdos tristes.
Las condiciones de lo acaecido en la tarde aciaga del lunes 23 de octubre, con "el autobús de la muerte" son muy distintas a aquellas otras a las que hago referencia; las motivaciones también.
Pero, qué importa el lugar y el día, y hasta la motivación, cuando el luto y el dolor se apoderan de tantos hogares. La muerte en sí es un despropósito, pero lo son más sus causas. Cuando éstas son variables en principio controlables, fuera de control, mayor es el dolor de quienes sufren de cerca la tragedia y debe serlo de todos, en este caso, de todos los panameños que callamos día tras día ante situaciones tan cotidianas como la imposibilidad de trasladarnos seguros y cómodos de un sitio a otro dentro de nuestras propias comunidades en un servicio de transporte precario e ineficiente sin ninguna vocación de servicio público. Silencio cómplice porque sólo cuando la tragedia y el terror campean de un lado a otro, entonces reaccionamos.
El dolor que nos produjo la muerte de estos panameños y panameñas, gente humilde, que como tantos otros panameños utilizaba el tristemente célebre sistema de transporte público, tiene obligatoriamente que llevarnos a una reflexión profunda: ¿A quién hay que pedirle cuentas de esta última desgracia y a quién hay que exigirle que responda por los muertos por envenenamiento precisamente en los sitios a donde se va a procurar salud? ¿Qué hay detrás de estas dos tragedias? ¿Quién dará la cara por tantos desatinos?
Pocas horas después de esta nueva tragedia apareció en los medios de comunicación una serie de dirigentes (que en el fondo no representan más que a sus propios intereses) excusándose a lo Pilatos, con lo cual nos están dando indicios de que otra vez, como tantas veces en el pasado, nada pasará; lo que traerá como consecuencia que el panameño común y corriente, conmovido por las imágenes terribles que desplegaba la televisión, se resigne también a ese otro dolor suyo, el de que nada cambiará nunca y mirará entonces al mañana engañándose con falsas esperanzas, adormecido en el sueño de moda: la redención proveniente de las próximas elecciones, en las que como "buenos panameños" pasaremos factura, porque es que ahora resulta que nuestro mayor acto de civismo y de convivencia democrática consiste en remplazar a los gobiernos de turno por otro más de igual tendencia cada cinco años, sin importarnos la trayectoria de unos ni otros, con lo cual hemos convertido a nuestra costosa democracia es un esperpento.
Exijamos una investigación con transparencia y sin titubeos, exenta de excusas que ofendan la inteligencia y el sentido común del panameño; una investigación con contundencia, que aporte luces en esta especie de andar a ciegas de nuestra sociedad y de nuestro tiempo. Una investigación a fondo de cada una de estas coyunturas lamentables que vivimos los panameños en estos momentos. Esta exigencia debe ser al mismo tiempo una plegaria al Señor por las almas de los ausentes y por la resignación de las familias. También por nosotros, para que no nos ganen el silencio ni el olvido, porque no merecemos morir así.

101 años de Panamá América

 
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