default

Nos urge el Museo Antropológico


EN las naciones grandes, los museos son una referencia permanente, un testimonio de la trayectoria histórica y de la formación de un conglomerado humano, la muestra visual de sus rasgos y atributos propios.
¡Cuánto más han de serlo en países pequeños y frágiles como el nuestro!
El Museo Antropológico -denominado en un principio "del Hombre Panameño"- por su creadora Reina Torres de Araúz fue una vitrina a la cual pudimos asomarnos para conocer y valorar la historia varias veces secular de los panameños.
Desde su instalación en 1976 -han transcurrido treinta años- el Museo, situado en la Plaza Cinco de Mayo, ha sufrido peripecias sin cuento, incluyendo el saqueo de la invasión de 1989. Cerrado y reabierto en diferentes momentos, la colección muda que custodia es invaluable desde las Salas de Síntesis y Arqueología, del Oro, el legado indígena, la formación y asentamiento en el Istmo de numerosas expresiones culturales, el entronque del elemento nativo con el hispano. En pocas palabras, un retrato vívido de lo que fue y es Panamá a lo largo de las épocas.
Los museos, y este en particular, están llamados a cumplir una función didáctica, pedagógica, es decir, mostrar a propios y extraños el Panamá profundo, las auténticas raíces de nuestra condición de pueblo libre y soberano, el camino que hemos recorrido hasta la Nación actual.
Recientemente visité los Museos del Oro y Nacional en Bogotá, Colombia. Incontables grupos de niños y adolescentes recibían explicaciones de sus maestros y expertos museógrafos acerca de los tesoros que eran celosamente exhibidos.
En Panamá, las cosas culturales parecen ir a la inversa. Ya hay varias generaciones de estudiantes que jamás han entrado al Museo Antropológico y, por consiguiente, ignoran buena parte de su identidad, desconocen los valores preciosos del país y las instancias que no pasan, pues se afirman en elementos estables de la cultura y la cultura es para siempre.
Nos urge el Museo Antropológico. Reubicado o no, debe abrir cuanto antes y transformarse en un foco que irradie a todos aquellos intangible pero omnipresente y vigente que es el ser de la panameñidad.
Cada vez que abordo este tema viene a mi memoria la frase que pronunció el Maestro Jaime Ingram la noche inaugural: la antigua estación del ferrocarril, símbolo del tránsito, se ha convertido en el hogar de lo permanente. Reina Torres de Araúz resplandecía de júbilo por su logro insuperable.
En su presunta nueva sede cabe preguntar si el Museo volverá a ser el baluarte de nuestro afianzamiento cultural e histórico, un retrato vívido del rostro legítimo de la Nación la cual, al fin y al cabo, es cada uno de nosotros.
El Estado ha de invertir en el renglón cultura. Ese es mi clamor por décadas y comprender sin reticencias que sin ese factor que nos define continuaremos incompletos, carentes de una institución que nos refleje "de cuerpo entero", espejo en el cual puedan mirarse las próximas generaciones cuya autoestima debe aumentar a través del conocimiento y aprecio de lo que panameños de otrora hicieron, de lo que hay actualmente y de lo que vislumbramos para el porvenir.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América