Nuestras relaciones con los Estados Unidos
Para nuestro nacimiento como nación independiente el 3 de noviembre de 1903 concurrieron el anhelo independentista de los panameños, del que son prueba los repetidos intentos de emancipación que se dieron durante los casi 82 años que duró nuestra unión a Colombia y el interés estratégico de los Estados Unidos por construir un canal por el Istmo de Panamá.
Para un número significativo de norteamericanos, los Estados Unidos son los dueños de ese canal y eso explica porqué, todavía, algunos sectores retrógrados de ese país, por cierto muy minoritarios, consideran que el traspaso a Panamá del control de la vía interocéanica es un regalo injustificado que nos hicieron el presidente Carter y los senadores que aprobaron los tratados de 1977.
Esos grupos, aunque minúsculos, seguirán manifestando su oposición hasta el día mismo de la transferencia del Canal y también seguirán reclamando que los Estados Unidos mantengan su presencia militar en nuestro país, después de 1999.
Esa es una realidad que no podemos cambiar.
Pero también existen en los Estados Unidos sectores muy calificados que aprueban la reparación de la injusticia que se cometió contra nuestro país en 1903 y, lo que es más importante, que consideran que los intereses de su país estarán mejor servidos cuando la administración del Canal pase a manos panameñas.
En el medio de esas dos posiciones se encuentra la gran masa del pueblo norteamericano, que desconoce o muy poco le importa lo relacionado con el Canal, salvo cuando el tema es convertido en noticia por los grupos ultranacionalistas, como ocurrió con la reciente recolección de firmas para pedir que se suspenda la transferencia pactada en los tratados o cuando esos mismos sectores inventan supuestos peligros para reclamar la permanencia de tropas norteamericanas después del 31 de diciembre de 1999.
Pero, a pesar de esas escaramuzas, la transferencia se producirá y en la fecha prevista Panamá asumirá el control del Canal.
A partir de ese momento comenzará una nueva etapa de nuestras relaciones con los Estados Unidos. El Canal será administrado y operado, exclusivamente, por Panamá, pero no por eso desaparecerán las insatisfacciones de los grupos recalcitrantes de ese país.
Además, habrá que tener cuenta que se trata de una relación que tuvo momentos muy difíciles y de gran tensión; que esa relación no comienza desde cero y que hay antecedentes acumulados que no presagian una luna de miel.
También se inicia esta nueva etapa de nuestras relaciones con los Estados Unidos con problemas pendientes como la descontaminación y limpieza de las áreas que fueron destinadas a usos militares. Y no hay que olvidar la potencial amenaza que representa el omnipresente Tratado de Neutralidad que, según describe con gráfica exactitud la conocida frase, nos colocó "bajo el paraguas del pentágono".
Cómo enrumbar esta nueva etapa es el reto que enfrenta nuestro país y el nuevo gobierno que preside doña Mireya Moscoso.
Muchos pueden ser los enfoques y las concepciones sobre el futuro de nuestras relaciones con los Estados Unidos. En Panamá, al igual que en ese país, existen posiciones extremas. Todavía hay entre nosotros quienes hubieran preferido la prolongación de la presencia militar norteamericana y quienes dudan de que tengamos la capacidad de manejar el Canal de forma eficiente o temen que la politiquería o la corrupción puedan mermar dicha capacidad.
Y también hay quienes consideran que debiéramos repudiar o anular unilateralmente el Tratado de Neutralidad, al día siguiente de la culminación de la transferencia del Canal.
Ninguna de tales posiciones es realista.
La nueva etapa de nuestras relaciones con los Estados Unidos deben ser, ante todo, una prueba de nuestra madurez como nación.
En primer lugar, debemos tener presente que la lucha por la reivindicación de nuestro territorio y por el control del Canal fue compartida por la inmensa mayoría del pueblo panameño y que, por tanto, la nación debe ser tomada en cuenta para estructurar una política de Estado, producto del consenso nacional, sobre nuestras futuras relaciones con los Estados Unidos.
En segundo lugar, nunca olvidar que nuestra fuerza para enfrentar los eventuales problemas que en esas relaciones puedan surgir o los retos y dificultades que puedan plantear quienes dentro de los Estados Unidos añoran nostálgicamente un pasado felizmente superado, radica en la solidez moral y jurídica de nuestra posición.
En tercer lugar, que está en nuestras manos demostrar al mundo que los panameños somos capaces de administrar con eficiencia y con total responsabilidad la operación del Canal. Ese es nuestro seguro contra cualquier intento de menoscabar nuestros derechos soberanos.
Y, en cuarto lugar, no tener reparos en recalcar que así como garantizaremos que el Canal sea un servicio público internacional eficiente y seguro, también tenemos el derecho como nación propietaria del mismo, a derivar los beneficios justos de su operación y mantenimiento.
Para un número significativo de norteamericanos, los Estados Unidos son los dueños de ese canal y eso explica porqué, todavía, algunos sectores retrógrados de ese país, por cierto muy minoritarios, consideran que el traspaso a Panamá del control de la vía interocéanica es un regalo injustificado que nos hicieron el presidente Carter y los senadores que aprobaron los tratados de 1977.
Esos grupos, aunque minúsculos, seguirán manifestando su oposición hasta el día mismo de la transferencia del Canal y también seguirán reclamando que los Estados Unidos mantengan su presencia militar en nuestro país, después de 1999.
Esa es una realidad que no podemos cambiar.
Pero también existen en los Estados Unidos sectores muy calificados que aprueban la reparación de la injusticia que se cometió contra nuestro país en 1903 y, lo que es más importante, que consideran que los intereses de su país estarán mejor servidos cuando la administración del Canal pase a manos panameñas.
En el medio de esas dos posiciones se encuentra la gran masa del pueblo norteamericano, que desconoce o muy poco le importa lo relacionado con el Canal, salvo cuando el tema es convertido en noticia por los grupos ultranacionalistas, como ocurrió con la reciente recolección de firmas para pedir que se suspenda la transferencia pactada en los tratados o cuando esos mismos sectores inventan supuestos peligros para reclamar la permanencia de tropas norteamericanas después del 31 de diciembre de 1999.
Pero, a pesar de esas escaramuzas, la transferencia se producirá y en la fecha prevista Panamá asumirá el control del Canal.
A partir de ese momento comenzará una nueva etapa de nuestras relaciones con los Estados Unidos. El Canal será administrado y operado, exclusivamente, por Panamá, pero no por eso desaparecerán las insatisfacciones de los grupos recalcitrantes de ese país.
Además, habrá que tener cuenta que se trata de una relación que tuvo momentos muy difíciles y de gran tensión; que esa relación no comienza desde cero y que hay antecedentes acumulados que no presagian una luna de miel.
También se inicia esta nueva etapa de nuestras relaciones con los Estados Unidos con problemas pendientes como la descontaminación y limpieza de las áreas que fueron destinadas a usos militares. Y no hay que olvidar la potencial amenaza que representa el omnipresente Tratado de Neutralidad que, según describe con gráfica exactitud la conocida frase, nos colocó "bajo el paraguas del pentágono".
Cómo enrumbar esta nueva etapa es el reto que enfrenta nuestro país y el nuevo gobierno que preside doña Mireya Moscoso.
Muchos pueden ser los enfoques y las concepciones sobre el futuro de nuestras relaciones con los Estados Unidos. En Panamá, al igual que en ese país, existen posiciones extremas. Todavía hay entre nosotros quienes hubieran preferido la prolongación de la presencia militar norteamericana y quienes dudan de que tengamos la capacidad de manejar el Canal de forma eficiente o temen que la politiquería o la corrupción puedan mermar dicha capacidad.
Y también hay quienes consideran que debiéramos repudiar o anular unilateralmente el Tratado de Neutralidad, al día siguiente de la culminación de la transferencia del Canal.
Ninguna de tales posiciones es realista.
La nueva etapa de nuestras relaciones con los Estados Unidos deben ser, ante todo, una prueba de nuestra madurez como nación.
En primer lugar, debemos tener presente que la lucha por la reivindicación de nuestro territorio y por el control del Canal fue compartida por la inmensa mayoría del pueblo panameño y que, por tanto, la nación debe ser tomada en cuenta para estructurar una política de Estado, producto del consenso nacional, sobre nuestras futuras relaciones con los Estados Unidos.
En segundo lugar, nunca olvidar que nuestra fuerza para enfrentar los eventuales problemas que en esas relaciones puedan surgir o los retos y dificultades que puedan plantear quienes dentro de los Estados Unidos añoran nostálgicamente un pasado felizmente superado, radica en la solidez moral y jurídica de nuestra posición.
En tercer lugar, que está en nuestras manos demostrar al mundo que los panameños somos capaces de administrar con eficiencia y con total responsabilidad la operación del Canal. Ese es nuestro seguro contra cualquier intento de menoscabar nuestros derechos soberanos.
Y, en cuarto lugar, no tener reparos en recalcar que así como garantizaremos que el Canal sea un servicio público internacional eficiente y seguro, también tenemos el derecho como nación propietaria del mismo, a derivar los beneficios justos de su operación y mantenimiento.